GRANDES REPORTAJES Javier Figuero

“ALEMANIA SOLO HAY DOS”: Así viví la caída del muro

     Jueves 9 de noviembre de 1989, fecha clave en la historia contemporánea, asociación que justificaré enunciando el hecho con el desnudo lenguaje del titular periodístico: “Cae el Muro de Berlín”. Mi presencia en el lugar de los hechos en representación de Televisión Española resultaría una de las experiencias personales más emocionantes que viví como periodista.

       Fue símbolo de la posguerra mundial, para ser luego un montón de escombros bajo la piqueta de la rabia, el peso de unos hombres que ascendían a la mayor altura de su soñada libertad... A pocos metros de ellos, vi aquel día sus rostros sudados de esfuerzo e ilusión en el riguroso frio otoñal y escuché con respeto la algarabía que provocaban. Los siento aún con la verosimilitud del testigo cuando visiono el video del programa que registró el trabajo. El Muro fue símbolo antes que arqueología. Como muchas otras personas enfrentadas a la escena, me hice entonces con un pequeño cascote del mismo que, casi tres décadas después, mantengo en una repisa de mi estudio de Madrid, reliquia de una época que alcancé a vivir. Su cara lisa mantiene los restos de pintadas con colores azul, verde y rojo difuminados por el tiempo. A uno y otro lado de la fea alineación de espinos y ladrillos, dos pueblos que fueron el mismo pueblo, confluían ahora en el abrazo ante nuestra mirada privilegiada. Eran todavía dos mundos, dos naciones, dos estados, y todos nos preguntábamos si pronto serían también, una sola Alemania.

Política ficción

       Cuatro años atrás, la cuestión hubiera sido tan extemporánea como la que suscitara el sexo de los ángeles. Gorbachov, secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) no vivía aún el Kremlin como Jefe de su Estado (llegaría en 1988) y el Este y el Oeste de Europa, enfrentados al fin de la Guerra Mundial en la Guerra Fría que la sucedió, eran bloques de hielo sin esperanza alguna de derretirse en un cauce común. Aún tres meses atrás la polémica resultaba caprichosa. Entonces no había empezado todavía el éxodo pertinaz de alemanes orientales a Occidente que forzaban las costuras de la gran cicatriz continental a través de Hungría, una primera brecha en el telón de acero al suprimir las restricciones fronterizas con Austria, y mostraban el descrédito de los dictadores comunistas, sin que gobernante alguno en Occidente sintiera la sincera necesidad de impugnar el status quo. Llegaban a lomos de sus Trabant, coches con carrocería de resina fenólica y motores de dos tiempos que disfrutaban los privilegiados tras solicitud oficial y espera de hasta 10 años. Y, sin embargo, ciertas publicaciones occidentales empezaban a preguntarse sobre las posibilidades de reunificación de las dos Alemanias y los estadistas de las grandes potencias se veían obligados a abordar el problema, conscientes de que su solución podría cambiar el mundo. Georges H. W. Bush, el presidente norteamericano, señaló por esos días que la idea no le producía ningún temor y Françoise Mitterrand, presidente de la Francia que sufrió en propia carne el violento expansionismo germano más reciente, tampoco quería obviar la cuestión. Al término de una nueva cumbre franco/alemana en Bonn, capital de la República Federal Alemana (RFA) y, ante la presión de la prensa internacional, el mandatario galo aceptaba, asimismo, que la posibilidad no le producía ningún vértigo.

      Mientras, esos mismos políticos confesaban su recelo particular en privado, pues, al fin, se especulaba con asuntos que podrían mover los cimientos geopolíticos del mundo. Así, plantear desde los medios de comunicación la posibilidad de que cayera el Muro de Berlín resultaba una osadía. Lo hice en los despachos oportunos de TVE y conseguí que se me permitiera trabajar sobre un reportaje de gran formato para el programa En Portada. Con mis argumentos, cite al poeta germano Heinrich Heine, pues me resultaba evidente que, de nuevo, Alemania mantenía “su sueño de unidad por la noche, mientras el mundo” se estremecía “de pensarlo durante el día”. La primera persona de prestigio con la que intenté contactar en la RFA fue el excanciller Willy Brandt, pero, las palabras que, en su nombre, me transmitió la secretaria, fueron un jarro de agua fría: “En mi opinión, usted hace política ficción”.

Miedo al pasado

       Estrasburgo, Francia, frontera con la RFA. La mayoría de la gente con la que hablé confesó a cámara el miedo que le producía la hipótesis planteada. En la memoria colectiva perduraba la agresividad del vecino germano en épocas pasadas. Un hombre de mediana edad se manifestó a favor de la reunión de los pueblos, pero la mayoría aludía a la fragilidad de las fronteras, mientras recordaba el mal que propagó Alemania cuando intentó dominar Europa. “Sin su división”, nos dijo una señora, “Francia no existiría”. Y luego agregó, en consideración a nuestros orígenes: “Y España, tampoco”. En la frontera de Bélgica encontramos a antiguos prisioneros de los nazis que jamás aceptarían al lado al gigante que fue. Un estudiante se manifestó de manera contraria porque se necesitaba “una gran Europa frente al imperialismo de Estados Unidos”.

       La actualidad de la reunificación alemana tenía entonces un claro desencadenante: la política de apertura de Gorbachov en la URSS modificaba ya las relaciones de dependencia de los países del otro lado del telón de acero con el soviético, mientras estimulaba en sus habitantes un sueño de libertad impensable desde el fin de la Guerra Mundial donde nada de lo establecido tenía que aceptarse indefinidamente. Porque sus autoridades fueron incapaces de dar respuesta a tales sueños, los germanos del Este buscaban el exilio a Occidente desde semanas atrás en aquellos ridículos coches fabricados en la República Federal Alemana (RDA) con tal insistencia que algunos comentaristas aventuraban una reunificación por pura ósmosis. Para que fuera posible, las leyes de la RFA contemplaban la consulta libre y pacífica de todos los alemanes por la unidad, pero era evidente que los refugiados llegados desde más allá del Muro votaban ya la unidad con su huida. Los desplazamientos del ejército de Hitler hicieron asimismo ley en su día en una parte considerable del continente durante un tiempo de tragedia y su locura llevó a la división de la nación con la que quiso dominar al mundo. Soñó un pangermanismo en cuyos dominios no se pusiera el sol y la condenó a un largo invierno a la luz de las velas. Pero la Historia no estaba obligada a repetirse.

       En el inicio de mi reportaje se vivía el cincuenta aniversario (1 de septiembre/ 6 de octubre de 1939) de la invasión de Polonia por las tropas del führer, comienzo de la Guerra Mundial. Para entonces, el territorio de los dos países alemanes sumaba un cuarto menos que el que tuvo siendo uno en 1937, perdida a la que no todos los ciudadanos de la RFA renunciaron jamás. Parte de su derecha política y, sobre todo, de su extrema derecha, volvía ahora sus ojos a Polonia para reivindicar fronteras del pasado, pero el escalofrío de los recuerdos recorría también de nuevo la espina dorsal del mundo.

      “Cuando habla de reunificación alemana”, pregunté ante la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo a su diputado Franz Schönhuber, fundador y jefe del Partido Republicano de la RFA, su extrema derecha, ¿de qué Alemania habla en realidad? … “De la codificada en las leyes”, contestó sin disimulo, “es decir, la Alemania dentro de las fronteras del 37” … Le hablé del miedo al antiguo gigante que pulsara en los ciudadanos de los espacios fronterizos. Sin exculparse en absoluto, prefirió repartir responsabilidades. La CSU (Unión Social Cristiana de Baviera) y la CDU (Unión Demócrata Cristiana) estaban en la onda. Por eso, si se tenía miedo de su partido, había que temer “a todos los alemanes”. El de autodeterminación era un derecho que también valía para ellos, “no solo para los Países Bálticos, los independentistas españoles, los irlandeses… Lo que pueden pedir estos, podemos pedirlo nosotros” … “Ya”, intervine, “pero ustedes solo han reivindicado hasta ahora la parte alemana de Polonia. ¿Por qué no también la de Francia, por ejemplo?” … Un tema que le resultaba claramente incómodo, quizá por la buena vecindad postbélica entre Bonn, capital de la RFA, y París, que él no se atrevería a violentar: “No”, dijo, “se lo digo con claridad, esa parte a la que alude es francesa y tiene que quedar dentro de Francia”… Seguimos la conversación en el terreno de la hipótesis: “Si usted fuera canciller de una Alemania unida”, planteé, “¿aceptaría indefinidamente otras limitaciones impuestas por los aliados, las que condicionan, por ejemplo, la posibilidad de un armamento nuclear propio?”… Mi interlocutor no disimuló: “Rotundamente, no. Estamos contra la cláusula de la ONU que reserva derechos de veto. Todavía tenemos la idea de que Alemania es un país ocupado y queremos ser independientes. Nuestra fortaleza vendrá de las decisiones alemanas, no de las de los aliados”. Miembro de las SS en la época nazi, Schönhuber me había advertido, antes de iniciar nuestra conversación, de que, ante la mínima alusión a este capítulo de su biografía, se volvería de espaldas a la cámara y la daría por concluida. Su posición política parecía ponerle ya de espaldas a la Historia.

       En mayo de 1945 la rendición sin condiciones de los últimos bastiones de Hitler daba fin a la Guerra Mundial. Alemania era para entonces un gran montón de escombros que soportaban la ocupación de hecho de los aliados. El mapa del gigante centroeuropeo sería nuevamente recortado. El doctor Hildebrand, catedrático Historia de la Universidad de Bonn, nos recordó las componendas del mapa: “La Guerra Mundial dejó una situación completamente distinta a la Gran Guerra. El imperio germano terminaba de existir de facto. Amplias zonas del Este se perdieron. La Prusia del área quedó bajo administración polaca y soviética. Parte de la del oeste y la Silesia se integraron también en Polonia como consecuencia de los Acuerdos de Postdam. Luego se procedió a la división del país en cuatro zonas que quedaron bajo la administración de los aliados”. La soviética se nombraría pronto como República Democrática Alemana. Las zonas del Oeste bajo administración francesa, británica y estadounidense y el territorio conjunto conformarían la República Federal de Alemania”. Y así continuaba siendo en los días de nuestro trabajo

       Con Berlín Oriental por capital, la RDA pasó a ser un estado satélite de la URSS. Fusión del Partido Comunista de Alemania y el Partido Socialdemócrata de Alemania, el Partido Socialista Unificado llegaría pronto a contar 3 millones de militantes. Pero la represión no se hizo esperar. A finales de 1946 habían sido asesinadas 1.136 personas presuntamente comprometidas con el nazismo y otras 45.000 eran encarceladas, de las que murieron cerca del 40%. En junio de 1953 manifestaciones de protesta contra el nuevo orden político comunista fueron sofocadas con la ayuda de tanques soviéticos que dejaron docenas de muertos y 13.000 detenidos. Para contener el éxodo hacia la Europa occidental, que para entonces llevó allí a más de 3 millones de alemanes del Este, en 1961 se construyó el Muro de Berlín, pronto conocido como muro de la vergüenza, 155 kilómetros de hormigón y alambrada con más de 300 torres de vigilancia y 11.500 soldados alrededor del perímetro. En sus casi treinta años de existencia, intentarían saltarlo más de 100.000 personas, pero apenas lo conseguirían 5.000, mientras alrededor de 1.200 caerían abatidas por las balas de los vigilantes.

       Pero tenía razón Franz Schönhuber cuando nos dijo que los republicanos no estaban solos en la ignorancia de la historia. Theo Weigel, ministro de Hacienda en el gobierno de Bonn, capital de la RFA, y presidente del CSU, ala bávara de la CDU del canciller Kohl, escandalizaba al mundo semanas antes de nuestra visita al decir que los territorios dentro de las fronteras de 1937 formaban parte de la cuestión alemana. Arrastrado a una pérdida de popularidad con reflejo en las confrontaciones electorales pasadas, el mandatario desenterraba asimismo un lenguaje nacionalista que trataría de evitar la sangría de votos, cara a las generales del próximo año. A su juicio, la voluntad de los alemanes por la unidad no había cambiado desde los años de la contienda. Pese a las imprevisibles consecuencias que pudieran tener ciertos gestos, el tema de la reunificación era materia electoral de primera mano en la RFA. Me lo confirmó Kurt Biedenkopf, diputado del Bundestag, Parlamento Federal, por la misma CDU. No se trataba de una ilusión, era tema de la política del día y lo sería hasta que se terminase con la división de Europa y, así, con la división de Alemania.

       Siempre desacralizadores, Otto Schily, diputado del Bundestag por Los Verdes, me dijo que su partido acababa de adoptar una decisión formal contra la misma reunificación alemana. Sin embargo, su opinión era menos concluyente. Nada de estigmatizar la unidad bajo cualquier condición. La evolución de Europa a su unidad política marcaría la de Alemania, como la asimilación en esta de los antiguos territorios perdidos tras la Guerra Mundial que no podrían seguir para entonces en el bloque comunista.

      Finalmente, en Bonn, el Partido Socialdemócra de Alemania (SPD), heredero aún de la ostpolitik de los años 70 del viejo canciller Willy Brandt, era responsable del reconocimiento expreso de la RFA a las actuales fronteras de Polonia. La famosa apertura al Este pareció durante un tiempo la vía más seria para el acercamiento entre las dos Alemanias, pero, en los días en que yo realizaba este trabajo, se le adivinaba como el partido menos apropiado para capitalizar las expectativas del nuevo nacionalismo emergente. Su diputado Freimuth Duve en el Bundestag consideraba que no se debía utilizar a la gente de aquellos territorios como instrumento de una campaña electoral interna. “Si otros lo hicieran”, me dijo, “sería su responsabilidad”. Para él, los cambios que se estaban operando en la Unión Soviética, en Polonia u otros países del Este, tenía mucho que ver con la política que iniciará Willy Brandt.

      En unas u otras voces, el tema de la reunificación se abría camino en las conciencias de los alemanes. Al fin, la misma carta magna de la RFA se autodefinía como un texto transitorio, a la espera de la consagración de la unidad. Para entonces, según recogía expresamente la ley fundamental, desaparecería esta en beneficio de la constitución que habría de adoptar el pueblo, libre para tomar decisiones. Los que en el resto de Europa cerraban sus ojos a lo inevitable, lo hacían a su propio riesgo, porque Alemania nunca había renunciado a la unidad. Cuando el 25 de mayo de 1949 se fundaba la RFA sobre los territorios ocupados por Inglaterra, Francia y EEUU, dando al traste con el compromiso de los aliados establecido en el Tratado de Postdam, Adenauer, su primer canciller, había expresado formalmente la esperanza de reunificación, que plasmaron las leyes. Pero la división perduraba en los días de mi visita. Faltaba saber por cuánto tiempo.

Última foto de la gerontocracia comunista

      El 7 de octubre de 1989, un mes antes de la caída del Muro de Berlín, en los actos del 40 aniversario de la fundación de la RDA su líder Erich Honecker, antiguo militante antifascista, creyó ver una oportunidad de reafirmar el sentido del país, nacido del equilibrio de la postguerra. Con una constitución ideológica, antes que nacional, sin mención a los orígenes, la Alemania que representaba era “un estado socialista de obreros y campesinos”. Pero ahora se sucedían protestas populares a lo largo y ancho del país en demanda de reformas políticas y libertades individuales de corte liberal, como la de expresión y prensa, mientras la gente que podía hacerlo, huía, como dijimos, por Hungría. Invitados a la gran celebración, el día anterior fueron llegando al Berlín Oriental los grandes líderes comunistas del Pacto de Varsovia, el rumano Ceaucescu, el polaco Jaruzelski… y, sobre todo, la estrella de la fiesta, el esperado mandatario soviético Gorvachov que, depositario de las esperanzas de evolución iniciadas en la URSS, fue recibido con vítores a lo largo del trayecto entre el aeropuerto y el lugar de hospedaje. Pero los observadores visualizamos también entre la multitud la ortodoxia estalinista del régimen en las camisas azules de miembros de las juventudes del partido único y en los uniformes de los policías. En la noche, ciudadanos atrevidos intentaban conectarnos a los periodistas acreditados y, cuando lo conseguían, nos transmitían toda una guía de movimientos para evitar ser descubiertos por los agentes de seguridad. Cosas como estas:

       “… Pasaron por la salida y volvieron bruscamente a la derecha. Estaban en una calle estrecha en una oscuridad absoluta.

         --¡Apague las luces!

       Leamas apagó y avanzó lentamente hacia el primer farol. Delante, veían apenas el segundo farol. Quitando el contacto, siguieron impulsados lentamente hacia delante, hasta que, a unos veinte metros de él, distinguieron la confusa silueta de una boca de incendios. Leamas frenó y el coche acabó quedándose quieto.

       --¿Dónde estamos?, susurró Leamas. Hemos cruzado la Leninallee, ¿no?

       --En Greifswalderstrasse. Luego hemos doblado al norte. Estamos al norte de Bernauerstrasse.

       --¿En Pankow?

       --Por ahí. Mire.

      El hombre señaló una bocacalle a la izquierda. En el extremo vieron un breve techo de muro, pardo gris en la fatigada luz de los focos. Por encima corría una triple barrera de alambre de espino”

      Son líneas sacadas de la novela El espía que surgió del frío del escritor inglés John Le Carré. Porque, el día que contamos, como los que ambientaron el texto del inglés, el Berlín en el que yo me movía era todavía un lugar de espías y de frío y, el Muro, la frontera emblemática del llamado telón de acero, división oportunista entre la Europa democrática y la comunista, marcadas por temperaturas políticas, culturales y sociales diferentes.

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