GRANDES REPORTAJES Javier Figuero

ALEMANIA SOLO HAY UNA: Así viví la caída del Muro

Pese al cordón policial dispuesto a su alrededor, tras depositar una corona de flores en el monumento a las víctimas del fascismo en la avenida de Unter der Linden, Gorvachov se dirigió inesperadamente a los periodistas que el 7 de octubre de 1989 cubríamos el 40 Aniversario de la RDA. Invocaba el dialogo entre las fuerzas sociales del país anfitrión acerca de las reformas políticas y económicas que le convenía emprender. Como venía haciendo en la URSS, el soviético planteó su necesidad, pero, contra la tradición de tutelaje de Moscú, señaló que “cada país” debía “decidir por sí mismo” lo necesario. “El auténtico peligro”, señaló con palabras que recorrerían el mundo, llegaba “cuando uno no aprende de las experiencias de la vida”. Y es que, “aquellos que sacan sus impulsos de la vida y de la sociedad, no deben tener miedo”. Pocas horas después, en un discurso en el Palacio de la República, Honecker advirtió a quienes querían “revisar el status quo creado después de la guerra mundial”, pero reconoció que seguía “con atención las experiencias ajenas”, porque “sin la URSS”, los alemanes orientales no eran “nada”. 

       Decía la verdad, raro sería el habitante de los países satélites de los soviéticos en Europa que se hubiera creído entonces “algo” sin la protección de Moscú. La identidad esperaba solo fuera del bloque. Mientras los mandatarios comunistas se miraban el ombligo en el Palacio de la República, los periodistas de los medios internacionales llegados al frío escribíamos nuestra propia novela con no menos dificultades que los personajes de Le Carre. En las calles de Berlín Este la mayoría de los ciudadanos que interpelé se mostraban cautelosos. Unos identificaban la RDA como el país por el que habían luchado y decían estar dispuestos a seguir haciéndolo desde el socialismo. La aventura de la unidad a la RFA se antojaba a otros arriesgada, aunque no dejaban de confiar en los antiguas naciones aliadas para consumar la aventura. Gorvachov tenía nombre de esperanza. Solo los más atrevidos pedían la exterminación de los comunistas que habían cercenado las libertades de varias generaciones. Sin radicalizar su mensaje, el movimiento tolerado del Nuevo Foro se presentaba como reformista sin cuestionar realmente el sistema oficial. Hablamos con su portavoz el profesor Jens Teich: “Queremos glasnost (apertura)”, nos dijo, “queremos un diálogo abierto, libre, donde la gente abra el cascarón del miedo y pueda manifestar su opinión. La gente quiere participar más en el desarrollo del sistema socialista” … Tras su comentario, hice ver a mi interlocutor que ese proceso de reformas conduciría necesariamente a la unificación con la RFA, pero rechazaba considerar mi tesis. “La reunificación”, dijo, “no es tema de hoy. Yo tampoco la deseo y no creo que la lógica histórica lo pida” … Tras una escena de la mejor novela de espías, con cambio de coches incluido, entrevisté seguidamente al representante de la Iglesia Evangélica Pharrer Scheneider en un apartamento que daba sobre el mismo Muro de Berlín, una visión que me resultó sobrecogedora, sensación que mi interlocutor subrayó al señalarme puntos del mismo donde habían caído a lo largo de los años algunos compatriotas que intentaron superarlo para buscar la libertad. Me confirmó que, en los últimos tiempos, emergía en la RDA una oposición más atrevida al régimen político que buscaba establecer conexiones con Occidente, gente que arriesgaba su estabilidad, “personas dispuestas a afrontar la represión, convencidos de que los cambios solo llegarían haciéndose oír” … Así y todo, me dijo que no quería “la abolición del socialismo sino el verdadero establecimiento del socialismo”. 

       Con las inmensas avenidas de concepción nacional socialista de la capital tomadas por la policía y el ejército, los soldados desfilaron ese 7 de octubre de 1989 junto a los tanques y misiles en la tarde del Aniversario. Instalada en la tribuna de honor, cerca de contundentes edificios racionalistas de la época hitleriana, la gerontocracia del bloque comunista quería ignorar quizás que vivía su canto del cisne. Esa misma noche comenzaron las primeras manifestaciones multitudinarias en la RDA, en Leipzig las más significadas. Al tiempo que los mandatarios iniciaban el camino de regreso a sus reinos respectivos, el día siguiente me trasladé al Berlín Oeste.


 

     Dinero y sentimiento 

      Las formalidades del paso por el famoso checkpoint Charles no iba a distorsionar mi impresión de que la nueva y la anterior eran ciudades complementarias de mundos diferentes que convergían ahora en las mismas cuestiones: ¿Serían una en un futuro próximo? ¿Llegarían la RFA y la RDA a formar pronto una sola Alemania?

       Walter Momper, el alcalde de Berlín Oeste no vislumbraba el porvenir que le planteé. Miembro del SDP, como el antiguo canciller Willy Brandt, quizá pensara también que yo “estaba haciendo política ficción”, palabras que en su nombre me transmitiera la secretaría de este cuando intenté entrevistarle para mi trabajo. “A mi modo de ver”, me dijo Momper, “esas charlas sobre la reunificación no llegarán a ningún fin y es que hay razones históricas para la separación, apoyadas, además, por otros países, tanto en el Este como en el Oeste” … Aceptar su evidencia llevaría a la RFA a ajustar su política interior. Pensaba que la RDA elegiría un camino distinto. “No creo que estén por un capitalismo como el nuestro”, siguió, “aunque tampoco por el socialismo burocrático que padecen ahora. Buscarán un tercer camino que permitirá un realidad sin la influencia de las multinacionales, pero tan democrático y tan social, tan pacífico como el nuestro” … El munícipe basaba su posición en los comentarios de los grupos reformistas de la Alemania socialista, ajeno, quizás a que llegaban a Occidente matizados por la precaución. O por el miedo.

      Diputado del Bundestag por el mismo partido que el alcalde del Berlín Oeste, en Bonn tuve ocasión de hablar con Uwe Holtz. Para él, la RFA, que pasaba por ser el motor de la Comunidad Económica Europea, podría llegar a jugar el mismo papel en una unión política de Europa, y eso se ajustaba más a los sueños de los alemanes libres que una Alemania unida. Así, pedía hablar de una posible “unificación”, que no “reunificación” en el sentido de lo que fue la Alemania de Hitler, de una Alemania militarista, no democrática. “Nosotros”, enfatizó, “pensamos, primero, en la democracia; segundo, en una Europa democrática y, tercero, en Alemania”. Por si quedaba duda, concluyó: “Alemania solo hay dos”.

        Aunque entendía que mi curiosidad podía parecer demasiado temprana, me dirigí en Colonia a la Asociación de Empresarios de la RFA para saber si se evaluaba el costo de una hipotética reunificación. Me la atendió el Dr. Gross: “Yo no hablaría de costos”, rectificó. “Como uno de los países más ricos de Europa, nos hicimos la misma pregunta en los inicios del Mercado Común Europeo. Pero hablar de sacrificios no lleva a ninguna parte. Estar unidos vuelve a ser, seguramente, un deseo de corazón para los alemanes, y eso vale también para los empresarios”.

      De nuevo en Bonn, el Secretario de Estado para Asuntos Interalemanes, Dr. Hennig, me transmitió la opinión oficial del gobierno federal sobre la cuestión: “Aceptaríamos”, admitió, “cualquier forma de reunificación, mientras no impida nuestra libertad, pero no podemos imaginar ese proceso fuera de una solución europea”.

         Todavía en Frankfurt tuve la oportunidad de encontrarme con Daniel Cohn Bendit, consejero de Cultura entonces del Ayuntamiento por los Verdes, referente siempre para mí, como el “Dani el Rojo” que fue, por su papel de liderazgo de los movimientos estudiantiles franceses de Mayo del 68. En mi mente permanecía aún una famosa imagen, recogida entonces por buena parte de los medios internacionales, en la que su testa aparecía enfrentada, en el París de aquella revolución libertaria, a escasos milímetros de la de un policía oculta bajo el correspondiente casco. La primera pregunta que le formulé tenía que ver con la iconografía que rememoro: 

           -- ¿Qué siente usted, señor Cohn Bendit, cuando ve la imagen de un manifestante de la RDA a pocos milímetros de un policía del país socialista con la cara de pocos amigos?

         -- Siento lo mismo que siempre que veo hombres confrontados con la fuerza del Estado. Tengo un sentido de solidaridad frente a todos ellos. Entiendo perfectamente cuando dicen que ya están hartos de ese sistema socialista, tal y como existe allí, con su enorme tendencia autoritaria. Me motiva emocionalmente cuando veo las imágenes y también cuando escucho que 70.000 personas en Leipzig gritan eso de “nos quedamos aquí, pero queremos una RDA completamente distinta”. 

          -- Cuando usted era rojo, “Dani el rojo”, creíamos que era posible acabar definitivamente con la burguesía. Ahora que usted es verde, “Dani el verde”, sabemos que, solo en este último mes, han llegado 50.000 nuevos aspirantes a burgueses desde Checoslovaquia, Polonia y Hungría a la RFA, cuyas leyes reconocen instantáneamente la ciudadanía a toda persona de origen alemán. ¿Qué ha pasado, Dani?..

      -- Estos 50.000, tanto como los 100.000 que vinieron antes, no quieren pertenecer a la burguesía alemana, lo que quieren es un cierto nivel de vida y eso se puede comprender. Yo tampoco quería acabar en aquellos tiempos del Mayo del 68 con la burguesía. Me daba igual, lo que quería era cambiar la sociedad que estaba determinada por una cierta insolidaridad. Es decir, si el socialismo, como existe ahora, ha mostrado su fracaso, como lo ha hecho; aun reconociendo eso, no quiere decir que haya que aceptar el capitalismo como existe aquí. Yo digo, como decía hace veinte años, que el capitalismo, como existe ahora, es mejor que el socialismo, como existe ahora. Pero el capitalismo solo sirve para ser reformado.

         Mi periplo en la ocasión por ambas Alemanias estaba a punto de concluir. Pero no podía olvidar que estaba haciendo televisión. Pensé pues que, para cerrar el reportaje, precisaba de una imagen que resumiera su sentido, la especulación sobre la reunificación de ambos países después de los años pasados desde el fin de la Guerra Mundial. De nuevo en Berlín Este acudí al director de cine Hark Blohm:

     -- “Busco una imagen, un símbolo que, en su mente de creador, pueda identificar la conjunción…”.

         -- No va a ser “positivo”, será un símbolo de derrota de un sistema: la destrucción del Muro, no podría ser otro... Vamos a destrozar el pasado que nos impusieron desde fuera. La división de Berlín, en concreto, es el resultado de la imposición de dos sistemas. Hacer desaparecer el Muro sería el mejor símbolo para el futuro. Luego, si tuviera tres minutos para explicar lo que se me propone, cogería una cámara y preguntaría a la gente lo que imagina sobre la reunificación. No inventaría una forma creativa, trabajaría mediante el método documental…


 

         Sueño de Alemania, estremecimiento del mundo 

        De vuelta a Madrid, pedí a los técnicos apropiados de Televisión Española que simularan el efecto, tal como sugirió el cineasta. Antes, tal como sugirió, asimismo, había preguntado a la gente en las calles del Berlín occidental sobre lo indicado. Contaminada por el futuro, de nuevo hubo manifestaciones de miedo ante lo que podría suponer el futuro que proponíamos. Los más atrevidos apostaron por la reunificación, siempre bajo el sistema democrático liberal de Occidente.

       En Madrid tuve tiempo de contrastar datos, pues no apremiaba el montaje y emisión del reportaje, a la espera de algún acontecimiento que lo actualizara ante la audiencia. Antes de la construcción del Muro de Berlín en 1961, dos millones y medio de germanos del Este habían optado por Occidente y en los veinte años siguientes cerca de 600.000 personas abandonaron su país de modo ilegal, asumiendo muchas veces un riesgo incongruente que dejó en el camino vidas e ilusiones de otros compatriotas.

        Mientras, seguía con atención las noticias que llegaban del mundo del que acababa de regresar. Estimulados por las palabras del reformista Gorvachov durante los actos del 40 Aniversario de la RDA sus habitantes parecieron de pronto perder el miedo y en las principales ciudades se registraban manifestaciones que el régimen era incapaz de detener, consciente de que había pasado el tiempo de los métodos de contención violentos. Cediendo a las presiones de Praga, Honecker decidió el cierre de la frontera con Checoslovaquia que dejó aislada a la RDA pues lo estaba ya la que la separaba de Polonia para evitar las malas influencias reformistas del sindicato Solidaridad de Lech Walesa. El domingo 8 de octubre se prohibió la Rogativa por la Paz que se venían organizando desde semanas atrás en Leipzig desde la iglesia de Santo Tomás, artimaña para el cuestionamiento del régimen. La situación se radicalizó y las autoridades locales pidieron ayuda a los antidisturbios soviéticos estacionados en el área, pero la mano aperturista de Gorvachov se dejó sentir con la negativa. El 17 de octubre Honecker se vio obligado a dimitir y el Politburó lo sustituyó el 6 de noviembre por Egon Krenz, más joven y de talante reformista, que ordenó de inmediato la apertura de la frontera con Checoslovaquia antes de publicar una nueva reglamentación de salidas al extranjero a través exclusivamente de la misma. Dos días después el Ministerio del Interior envió el borrador al coronel Harald Lauter para que hiciera la redacción final del texto, pero lo hizo extensivo, por error, a todos los ciudadanos del país. Sorprendidos, muchos berlineses del Este se agolparon ante el famoso Checkpoints de la calle Bornholmer. A las 21,15 horas un policía interpretaba correctamente el texto equivocado para dirigirse a aquella gente con estas insólitas palabras: “Pueden pasar” … Veintiocho años después de su construcción, la apertura del Muro equivalía a su caída, que no tardaría en hacerse efectiva. La sorpresa superó a los presentes y se extendió rápidamente por el mundo. Incapaz de controlar los hechos el régimen de Egon Krenz terminó por aceptar la libre circulación de personas a Occidente. Esa misma noche volé de nuevo a Berlín para testimoniar el ambiente que se vivía en torno a aquella cicatriz que marcó por décadas la cara de Europa. La alegría de los desilusionados del socialismo se juntaba con la de los familiares en el Oeste que buscaban encontrarse con los suyos, con quienes mantuvieron a lo largo de los años la conciencia de pertenecer a una misma ciudad, una misma nación. Fueron horas inolvidables. Creo recordar que en el avión de vuelta en que volé a Madrid al día siguiente di alguna que otra cabezada porque aquella noche en Berlín no era para dormirla. Luego estuve con el operador en la cabina de montaje del TVE durante no menos de veinticuatro horas ininterrumpidas antes de la emisión del reportaje. 

       Más allá del mismo y, por buscar su epílogo, la dimensión que alcanzaría el éxodo de alemanes del Oeste al Este dejaría atrás en pocos días consecuencias funestas para la RDA: centros hospitalarios y de educación cerrados, comercios e industrias con la continuidad amenazada por la sangría de trabajadores especializados imposibles de sustituir a corto plazo… Pero también en la RFA se dejaría notar el problema. Ávida siempre de desarrollo, resolvería esta en los primeros momentos la demanda del nuevo proletariado, pero la situación no podría alargarse indefinidamente. Si días antes de la caída del Muro el 76% de los germanos occidentales se manifestaron en una encuesta a favor de la reunificación, pronto acuñarían la expresión turcos del Este para nombrar despectivamente a los que llegaban del frío. El gran tema de conversación interno iba a ser el precio que estaría dispuesto a pagar la RFA por la unidad de Alemania.

       La apertura del Muro abrió también una serie de incógnitas en el mundo, que apenas enuncio para evocar la inquietud consiguiente. Motor económico de la entonces Comunidad Europea, la RFA enviaba cada año a fondo perdido 2,6 billones de dólares a sus hermanos del Este para favorecer su desarrollo. Con acelerones y retrocesos Europa occidental caminaba hacia una unidad supranacional, pero ¿hacia dónde caminaba Alemania? ... Para salir de aquel embrollo entre lógico y fortuito del país que lideraba, el estalinista Egon Krenz anunciaría su intención de favorecer elecciones libres sin condiciones que pudieran significar, en paralelo con la evolución política en Hungría y Polonia, el retroceso geográfico del comunismo. Entonces, ¿qué sentido tendría una Alemania del Este con procedimientos participativos propios de una democracia burguesa? ... Por otra parte, no se olvidaba que Alemania era todavía un país ocupado: tropas soviéticas en el Este; francesas, inglesas y americanas en el Oeste. En la Alemania occidental cabía aún la posibilidad de ver una carrera de tanques tan insólita como la que parodiaron un día la primera ministra británica Thatcher y el canciller germano Kohl, pero ¿por cuánto tiempo tales divertimentos? ... La URSS de Gorbachov se replegaba cada vez más sobre sus propias posiciones, agobiada por unos gastos que no podía soportar y en los EEUU, por análogos condicionantes, soñaban ciertos políticos con retirar los 325.000 soldados que mantenían en el continente. Por su parte, los alemanes de uno y otro lado del superado Muro soñaban con liberarse de la pesada carga de ser eternamente el potencial campo de batalla de Europa. Los Verdes de la RFA pasaban de posiciones pacifistas a otras abiertamente anti OTAN. Por el momento, estaban en el gobierno de Berlín y no resultaba impensable que estuvieran un día en el de Bonn en alianza con los socialdemócratas, como en el de Berlín en una Alemania unificada. También el neutralismo centroeuropeo era opción al alcance de la mano, un gran paso para la reunificación. A partir de ahí todos era especulación. La historia entre las dos Guerras Mundiales ofrecía enseñanzas de difícil repetición. Definitivamente, la idea del poeta Heinrich Heine se hacía actualidad. Pues, de nuevo, “Alemania mantenía su sueño de unidad por la noche, mientras el mundo se estremecía de pensarlo durante el día”. 

El 3 de octubre de 1990 se alcanzaría la reunificación alemana cuando la RDA quedó absorbida por la RFA

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