Colaboraciones externas

De Deba a Zumaia, San Sebastian

de Alfonso Lorenzo

Fin de semana en Gipuzkoa. Empezamos por una conocida y espectacular ruta entre las localidades de Deba y Zumaia. En este recorrido son famosos los acantilados del Flysch. Es esta una formación de tipo sedimentario que se formó en la cuenca oceánica que existió, en su tiempo, entre lo que más tarde sería la península Ibérica y el sur de Europa. Al presionar la placa continental de aquella sobre la placa europea, los sedimentos, ya petrificados en capas alternas blandas y duras, afloraron hasta casi la vertical ofreciendo el perfil característico de estas costas. Estas mismas formaciones se observan muy tierra dentro en las zonas donde el sedimento posterior ha desaparecido descubriendo la roca.

El día, aunque no soleado, es luminoso y despejado, con lo que nuestra vista se expande tanto hacia el mar como hacia el interior. Y si espectacular es la vista de la costa, no lo es menos lo que nos ofrece el interior. El laborioso e imaginativo pueblo vasco ha conservado en parte la estructura económica basada en el caserío de forma que aún muchos de ellos permanecen en explotación casi sin interrupción desde tiempos inmemoriales. Las praderas, de un verde intenso, alternan con las zonas boscosas: los robledales dejan paso a los pinares y donde estos han desaparecido aparece la landa, caracterizada por la presencia de brezo, brecinas y helechos de los que el casero vasco saca buen partido.

Todo ello, sobre un suelo ondulado salpicado por blancos caseríos, enmarcado, a lo lejos, por las montañas más altas, y perfumado por mil plantas, ofrece un conjunto armonioso, cuidado, como si de un jardín se tratara. Nos sentimos relajados, en compañía de una naturaleza respetada y generosa.

Al día siguiente, domingo, el plato fuerte: recorrido urbano por San Sebastián.

Los primeros años de mi vida lo fueron en San Sebastián. Siempre encuentro un motivo para volver. En esa ciudad fui feliz. Hasta donde yo recuerdo mi vida discurría plena entre amigos y en un lugar seguro y amable donde los niños jugábamos cómo si de un parque de atracciones se tratara. Nuestros padres, despreocupados, nos dejaban ir y venir ante la total ausencia de peligros. En San Sebastián, tuve la suerte de vivir los últimos meses de mi vida profesional, hasta mi jubilación, ya que, casualmente, en esta ciudad tenía la sede mi empresa en España. En esos días y de una forma inmediata, me reencontré con esa parte de mi vida que creía pérdida. San Sebastián, como un útero generoso, volvía a acogerme en mis recuerdos. Los edificios; los olores; la luz, el permanente sonido del mar; aquel bar donde compraba mi bocadillo de media mañana en los días de colegio; los juegos en el Paseo de los Fueros; el discurrir perezoso del rio; las olas golpeando las paredes del Paseo Nuevo; los juegos de invierno en las arenas de la playa; y tantas y tantas cosas. Todos esos recuerdos estarán siempre conmigo recordándome quien soy y a donde pertenezco sean cuales sean las personalidades que haya adoptado a lo largo de mi vida.

Me hice una foto al lado de un pequeño tobogán (txirristra le llamábamos aquellos días en los que el euskera era un misterio más de la vida) formado en las paredes de piedra del Buen Pastor, lustrado por el continuo rozar de las culeras infantiles y en donde, al igual que tantos niños, estoy seguro que he dejado mi impronta.

 Anastasia Beunza, Buenos Aires,Argentina. Pintora, poeta y Arquitecto por la Universidad de Buenos Aires. Cursa ahora la carrera de Psicología en la Universidad de Palermo.
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