Colaboraciones externas

Diario de mi viaje a NUEVA ZELANDA

                             (noviembre 2019)

de Alfonso Lorenzo

Días 1 y 2 de noviembre.

Habíamos formado un grupo de washap para intercambiar información sobre el viaje que nos proponíamos hacer. Como siempre pasa en estos casos, las comunicaciones con los datos importantes quedan sepultados por una sucesión casi infinita de otras que no lo son, con el resultado, no deseado, de que aquello que interesaba ya nadie sabe dónde quedó y hay que volver a empezar. Según se acercaba la fecha de salida, los mensajes arreciaban y los muchos que aparecían, productos de los nervios y la excitación, hundían más y más en el olvido la información que nos interesaba. Sólo el buen humor y el buen rollito salvaron la situación.

Por fin llegó el día en que, nueve amigos, algunos entre sí y todos del senderismo y la montaña, viajaríamos a Nueva Zelanda para hacer un viaje de naturaleza en el que, para practicar nuestro deporte común y conocer los lugares más emblemáticos, nos proponemos recorrer de punta a punta ese país que, según dicen, goza de una naturaleza espectacular.

El viaje lo hemos hecho con un tránsito de 20 horas en Pekín ó Beijin. Salimos de Madrid a las 11.00 h de la mañana del día 1 y llegamos a Pekin después de un incómodo y somnoliento viaje de 10 horas. Viajamos hacia el este atravesando Rusia a media altura. Para cuando en España ya era casi hora de acostarse nosotros iniciábamos nuestra programada visita a las 04.00 horas local del 2 de noviembre pues nos costó más de cuatro horas salir del aeropuerto, y esto porque a la poca eficacia de los funcionarios se unían las interminables colas necesarias para pasar todo tipo de controles y obtención de permisos de estancia. Eso sí: el aeropuerto enorme y modernísimo.

Primera visita, lo han adivinado: La Gran Muralla la cual se visita en la localidad de Mutianyu a unos 150 km de Pekin. La muralla fue construida entre los siglos V y XVI y llegó a tener 21.200 km en total de los que se conservan unos 7000 km y en esta zona se visitan 3 de ellos. Está hermanada con la muralla de Lugo. Ahí lo dejo.

La parte que visitamos es una increíble construcción hecha, en su mayor parte, a base de miles y miles ladrillos de terracota de una dureza y solidez increíbles. Su trazado sigue la cuerda de los montes locales que son particularmente empinados lo que hace que muchos tramos lo sean escalonados y su recorrido requiera un esfuerzo importante. Al menos el día estuvo nublado. El acceso se hace mediante telesilla o telecabina. Hay un largo y culebreante tobogán, como propuesta de bajada, que algunos de nosotros no pudimos utilizar porque chispeaba y eso lo hace inseguro ¡qué pena!

Desde los puntos más elevados, la vista de la muralla se pierde, zigzageando, hasta el horizonte. Sólo los elevados torreones que la jalonan cada 200 mts permiten adivinar su presencia aún en la lejanía ¡el espectáculo es asombroso! Es otoño y los árboles, que todavía no han perdido sus hojas, pintan el paisaje circundante con todos los tonos imaginables de ocre. La neblina desdibuja los contornos a lo lejos. Tengo que detenerme de vez en cuando para ser consciente de que estoy aquí, que no es una ilusión.

Finalizada la visita comimos en, adivine usted, un chino. Y comimos bien. No encontré mucha diferencia con la comida china que comemos en España.

Teníamos programada una segunda visita al Palacio de Verano, pero no nos daba tiempo, así que el grupo decidió ir a conocer la Ciudad Olímpica. Para entonces mi cuerpo pedía siesta por lo que se la concedí mientras mis amigos rendían culto a los dioses griegos.

Desde allí nos fuimos al aeropuerto a esperar la hora de salida del avión que nos llevaría a Nueva Zelanda. Ya es domingo día 3 nos esperan otras 12 horas de vuelo.

Días 3 y 4.

Como estaba previsto, las 12 horas de vuelo nos las metimos entre pecho y espalda como campeones. Cuando llegamos a Auckland, teníamos el cuerpo vapuleado. Eran cerca de las 7 de la tarde cuando aterrizábamos; teníamos que recoger el equipaje; retirar los vehículos que previamente habíamos alquilado desde Madrid y llegar al cutre-hotel que también habíamos reservado previamente. Y eran las 10 de la noche cuando un taxi venía a recogernos para llevarnos a otro cutre-hotel pues en el primero no tenían habitaciones para todos y es que -No sabían que había podido pasar, <<mirusted>> como lo siento-. Por lo menos, el taxi lo pagó el hotel que, imagino, vio aliviado como nos íbamos sin más problemas.

El caso es que, entre pitos y flautas, y como a eso de las 6 de la tarde empiezan a cerrar los restaurantes y establecimientos similares, eran las 11 de la noche y no sabíamos ni donde ni cuando íbamos a cenar. Nos echamos a la calle dispuestos a entrar donde fuera y fuimos a dar con el único establecimiento abierto en los alrededores y era, mire usted y no lo adivinarían nunca, ¡un chino!

Esa noche dormí como un lirón, un lirón español, claro.

El día siguiente lo habíamos reservado para visitar Auckland. En un solo día no se puede hacer uno idea de una ciudad como ella. En cualquier caso, el centro de la misma me pareció un conjunto abigarrado de torres de cristal, acero y aluminio salpicado de edificios de estilo decimonónico que no me pareció especialmente atractivo. Lo realmente atractivo, además del buen trato de la gente, es que la ciudad se ubica en torno a una extensa bahía con algunas islas interiores. Desde la Auckland Tower, donde subimos para ver la ciudad desde lo alto, pudimos constatar la belleza del conjunto. La ciudad se extiende en barrios de casas unifamiliares de madera rodeadas de árboles. El terreno se aparece plano con algunos montes sin urbanizar. Uno de ellos, Eden Mountain, al que subimos en los coches, a ver que os habéis pensado, es el más alto de la ciudad y en su cúspide se observa lo que fue el cráter de un volcán, ahora apagado y cubierto de verde.

También visitamos el Domain Auckland que es un parque de 80 Ha. precioso con enormes praderas de césped al estilo inglés, como no podía ser menos, arboleda, jardines e invernaderos. También visitamos el Museo de las Guerras Neozelandesas en las que participaron los kiwis, sobrenombre que adoptan los naturales del país, respondiendo al llamado del rey, como ellos mismos explican.

El museo es también etnográfico y contiene una interesantísima colección de enseres y herramientas fabricadas por los aborígenes del Pacifico. Hay una fotografía con una serie de maoríes en una ceremonia "tradicional". Todos vestidos a la europea y uno de ellos, en particular, luce un alzacuello. Juzguen ustedes.

Ya de anochecida nos dimos una vuelta en coche en torno a la gran bahía donde un crepúsculo multicolor despidió el día.

Hablando de multicolor, la población es multiétnica y, además de europeos, maoríes y polinesios; se hace notar la relativa cercanía de países como India, Japón y China.

Día 5

Nada presagiaba el palizón que nos íbamos a dar ese día.

Salimos de Auckland temprano por la mañana, como corresponde a todo turista que se precie, camino de la península del Coromandel que se encuentra al otro lado del estuario del Thames en la Isla Norte que es la que tiene forma de botín.

Por el camino, al sur de Auckland, atravesamos un anchuroso valle ocupado por inmensas granjas de ganado vacuno, que parece es uno de los recursos económicos más importantes del país, que pasta en unos prados de hierva apretadísima que ya la quisiéramos en casa. A lo lejos veíamos montes de baja altura, crestas picudas separadas por collados bajos; nada que ver con el paisaje al que estamos acostumbrados. Todo de un verdor eitenso, obsceno, profundo, prieto. Una vez rodeado el estuario por el sur, nos adentramos, hacia el norte, en la dicha península atravesando el Coromandel Forest Park, una de las muchas reservas naturales que ocupan el 30 % de la superficie del país que, dicen, es uno de los más respetuosos con el entorno y menos contaminado del mundo.

Por fin llegamos a la zona de aparcamiento que daba comienzo a nuestra ruta. La primera sorpresa fué que, a la entrada de la senda que deberíamos recorrer, se situaba un portal perfectamente acondicionado para la limpieza y desinfección de las suelas de nuestras botas. Ya en el aeropuerto nos las habían inspeccionado para determinar su estado de limpieza. El motivo es la contaminación de los bosques del país por bacterias y/o hongos foráneos que están amenazando la vida de un árbol, el kauri, importante para la economía y el ecosistema del país. Se trata de un pino gigante que puede alcanzar más de 30 metros de altura y 3 de diámetro. Su explotación comenzó allá por el 1860 cuando se descubrieron las propiedades de su madera. Aún sigue en explotación.

Comenzamos nuestra andadura, cuyo objetivo era la cumbre del Pinackle, por un camino de tierra prensada, a dos aguas, bordeado por canales de desagüe, que nos llevaba a través de un bosque lujurioso. De todas las plantas que nos encontrábamos la que me fascinó definitivamente fué el helecho arborescente. Es una como especie de árbol cuyo tronco está formado por los de helechos gigantes que cooperan entre sí para formar un soporte sólido donde prosperan, en lo alto, las hojas de las plantas. A medida que crecen, unos helechos mueren cediendo su tronco para reforzar el conjunto. Es una increíble muestra de cooperación entre plantas. Imagino que así fue como comenzó la evolución que dió origen a los árboles.

Y así seguíamos la senda asombrados por el paisaje. Pero comenzamos a subir y el soporte para tal menester eran unas escaleras ora de piedras, ora de troncos, ora esculpidas en la propia roca con escalones de medio metro de altura como poco. Decenas de escalones, muchos escalones. Así hicimos 600 metros de altura que a mí me dejaron las piernas destrozadas. Afortunadamente y antes de abordar los últimos 200 metros en altura, un oportuno albergue ofrece reposo al visitante. Marisa y yo decidimos quedarnos en el sitio mientras nuestra alegre compañía acometía la parte más dura de la jornada. Al cabo de hora y media, lo que supone un tiempo récord, volvían el que más y el que menos espantado de tamaño esfuerzo. Esfuerzo que está pasando factura en los días siguientes.

La vuelta no fue mejor. Bajar esos escalones no es poca cosa. Lanzas una pierna al escalón inferior mientras la otra mantiene a pulso todo tu peso. Llega un punto en que esta ya no puede más y te dejas caer al escalón inferior con un golpe que te repercute por todo el cuerpo. Y así escalones y más escalones. El resultado: acabas molido. Ese día terminé cansado de verdad, fuera de límites y muy frustrado. Un par de lesiones me han tenido alejado del deporte durante algún tiempo y no me encuentro nada en forma. Por eso he dejado pasar un día para escribir este cuento, para poner distancia y ser discreto.

Día 6

Es posible, sólo posible, que nuestro programa de visitas sea un poco ambicioso: ayer, día 6, no nos dió el día para todo.

Seguíamos en la península de Coromandel. Hemos pasado la noche en un camping en la localidad de Hot Water Beach llamada así porque, en su playa singular, si prácticas un agujero entre las dos horas anteriores y posteriores a la marea baja, este se llena de agua templada y te puedes dar un baño termal. Era nuestra primera actividad prevista para el día; que tuvimos que dejar de lado pues suponía ocupar un tiempo que no teníamos.

El día ha sido mas bien de contemplación de la naturaleza que en este país no decepciona. De allí nos fuimos a la playa de Cathedral Cove en la reserva Marina de Wanganu-A-Hei; mirador del monte Paku con increíbles vistas a la bahía; garganta de Karangahake donde unas antiguas instalaciones mineras han dejado túneles, puentes y pasarelas que ahora permiten la contemplación directa del entorno. Desde allí nos fuimos al albergue. A algunos de nuestra Alegre Compañia todavía nos crujen las articulaciones del esfuerzo del otro día y subimos y bajamos de los coches entre gruñidos y resoplidos.

En el albergue, después de ducharme, tuve mi momento de gloria sentado en una butaca en el jardín del alojamiento paladeando un chardonay frío con unas patatas fritas que me supieron a gloria.

Día 7

Hoy ha tocado madrugón pues a las 08.30 teníamos reservada la hora de visita para el Hobbytown. Estos son los decorados de La Comarca según aparecen en la película de El Señor de los Anillos de Peter Jackson. El lugar es la hermosísima finca Alexander de 2500 acres. Terrenos verdes y ondulados, con agua, muy a propósito para lo que la producción requería. El propietario cedió la finca a cambio de quedarse con los decorados. Por supuesto que desconozco los términos del contrato pero el resultado es un negocio espectacular con cantidad de empleados, edificios, zonas de aparcamiento y autobuses que salen cada diez minutos hacia el lugar. La visita merece la pena y excita la imaginación de los que hemos disfrutado con las películas. El realismo es increíble y sin embargo, el conjunto te transporta a un mundo de fantasía. Es una obra de auténticos artistas.

Lo que ya no me pareció nada artístico fue la visita al pueblo mauri de Whakarewarewa. Uno se cree que va a encontrar algo auténtico y se encuentra con un pueblo de casas coloniales de madera que se aproximan, sólo en la idea, a las bonitas casas neozelandesas que vemos por doquier; un entorno descuidado y un ambiente asfixiante y húmedo, cargado de vapores sulfurosos provenientes de las fuentes termales que hay por todas partes. Nos dieron de comer una especie de segundo vuelco de un cocido pobre con carne y verduras cocinado al vapor en una de las fuentes; todo ello regado con agua del grifo incluida en el precio. De cerveza ni hablamos, aquí, eso, es un bien escaso. Después de un "espectáculo típico" ¿que pintaba una guitarra ahí? nos hicimos una foto con gesto terrible y aguerrido y nos dieron una vuelta por el pueblo, que como fué en perfecto inglés no me enteré de nada. Una cosa me ha sorprendido: el sobrepeso de muchos maoríes, no me parece normal.

Después nos fuimos a ver unas cascadas en un río próximo donde se practica el rafting. Paseo forestal por su orilla.

Y con esto se terminó el día para Marisa y para mi porque La Alegre Compañía, como a las 8 de la tarde no habían tenido suficiente, se fué a hacer tirolinas nocturnas, o algo así, a no sé qué bosque ¡pa'bernos matao!

Día 8

Hay que decir algo: aparte de haber comido en dos o tres sitios de comida rápida, el resto de comidas las hemos hechos con los alimentos que compramos todos los días en los supermercados. Algunos de estos tienen los productos apilados en estanterías hasta casi el techo y el ambiente está refrigerado hasta lo indecible por lo que hemos de entrar abrigados. A algunos empleados se les ve "pelaitos" con semejantes condiciones laborales.

La comida está bien pero no es lo nuestro y así estamos situados muy fuera de nuestra zona de confort. Pero bueno, esto forma también parte del conocimiento del país, aunque, yo pienso, que con tantísimo ganado vacuno que pasta en esos prados esmeralda con esa yerba que le llega hasta las orejas, en algún lugar tiene que haber un entrecot esperándome, con patatas fritas, por supuesto.

Los albergues en los que dormimos me recuerdan a los del Camino con mucha gente joven muy adaptable y viajera pues se comportan como si llevarán viviendo en estos lugares toda la vida.

Nuestro contacto con la gente del país es, por ahora, muy superficial ya que se limita a contactos comerciales en albergues, tiendas y centros turísticos. Pero hay que decir que es amable, paciente con el tema del idioma y muy, muy profesional.

Las ciudades aparecen limpias y bien ordenadas. Todo está bien indicado y la circulación rodada es tranquila, sin carreras ni pitidos. Muchas casas son unifamiliares, hechas de madera y con un pequeño jardín. No hemos visto agentes de policía por ninguna parte. Los jóvenes y niños se comportan con mucha educación.

Algo sorprendente es que el monte está muy cuidado y las rutas de senderismo lo están hasta la saciedad. El piso de estas está adaptado con salidas de agua y tierra apisonada. Además, hay carteles y elementos de seguridad por todas partes. Pero sobre todo hay....¡escaleras! A la mínima cuestecita ¡ala! una escalera.

Hoy ha sido un día muy interesante. Primero hemos visitado el área geotermal de Wai-O-Tapu cerca de la ciudad de Rotorua. Es una zona geotermal de 18 kilómetros cuadrados. Se formó hace unos 160.000 años y está cubierta de cráteres de colapso; charcas de lodo y agua frías y calientes y fumarolas de vapor sulfuroso y maloliente por todas partes. Los cráteres se forman al ser corroída la roca del subsuelo por el agua ácida lo que provoca el colapso de la capa de roca superior.

De allí nos fuimos a ver un espectáculo bien turístico consistente en un geiser al que se le provoca la expulsión de agua echando jabón por el orificio, ¡mir'usted que cosas! Al rato empieza a echar una babilla blanco-enfermiza para después de unos segundos y de unas convulsiones o arcadas, expulsar el geiser artificial o geiser-fake. Una serie de bancos dispuestos en semicírculo facilitan la contemplación del fenómeno.

Pero la visita que realmente me encantó fue la que hicimos al Valle de Waimangu. Es una zona con actividad hidrotermal y volcánica dominada por el monte Tarawera. Todo el Valle estaba cubierto de vegetación hasta que el 10 de junio de 1886 se produjo una violenta explosión en la parte norte de monte arrasando toda la vegetación y vida silvestre. A partir de entonces el valle ha ido recuperando su aspecto anterior. Los cráteres apagados son ahora lagos alimentado alguno por agua de lluvia.

Es asombroso como en menos de cien años el lugar se haya cubierto de una espesa selva. El paseo es muy agradable y la vista se entretiene en los muchos efectos que ofrece la naturaleza del sitio. Terminamos a la orilla del lago Rotomahana al que llegan las aguas de los muchos manantiales que existen en la zona. Está poblado con muchas especies de aves y en particular la del cisne negro.

Un autobús nos devolvió al centro de interpretación en cuyo bar me regalé con una hamburguesa local: el huevo a la plancha y la carne bien churruscadita, en fin.

De allí nos fuimos de visita al lago Tapia y ya nos pusimos camino de Waitomo donde pasamos la noche en una casa típica de madera. Hubo un momento que considero particular: durante la cena, que hicimos alrededor de una mesa, hubo comunicación, complicidad, risas y muy buen ambiente en el grupo que hizo honor a su nombre: La Alegre Compañía. Fué un buen momento.

Día 9

Hemos dejado nuestro feliz alojamiento comunal en la zona de Waitomo para dirigirnos a visitar unas cuevas en la misma zona. Son las cuevas de Glowworm, Aranui y Ruakuri. Si por done pasaban los hunos no crecía la hierba, por donde pasamos nosotros no queda cosa por ver, lo cual me parece muy bien, no nos hemos venido hasta aquí para nada. El país es espectacular y lo merece. Bueno, el caso es que las cuevas tienen sus singularidades que no me entretendré en explicar, para no ser tedioso, salvo una. Allí donde hay agua aparecen en las paredes y techos de las cuevas unos gusanitos microscópicos que irradian una luz verdosa, cual si de un led se tratara, que atrae a otros insectos que constituyen su menú. Desde estos gusanos cuelgan unos hilos que ellos producen, impregnados de un líquido pegajoso donde son atrapadas sus víctimas. Luego no tienen más que absorber el líquido el cual arrastra el alimento consigo. Es prodigioso ver las mil estrategias que la evolución, sin propósito ni plan alguno, ha elaborado para que algunas especies salgan adelante. Digo algunas porque imagino las miles que se habrán quedado en el camino con método tan azaroso.

El recorrido ha de hacerse en silencio y sin luces para no perturbar a los dichos cazadores. La contemplación de sus lucecitas en el techo da la ilusión de estar ante un cielo estrellado. Mola.

De allí nos fuimos a ver el Puente Natural de Mangapohue. Es un puente natural situado a 17 metros de altura sobre un rio, formado como resultado del hundimiento del techo de unas cuevas que dejaron esa estructura que ahora une los laterales de las hoces así formadas. Su visita no es más que otra excusa para contemplar la maravillosa naturaleza de esta isla como lo es la visita que hicimos posteriormente a la catarata de Marokopa.

Dos horas de viaje más y ya estamos en Kuratau, ciudad a las orillas del lago Taupo. Estamos alojados en una casa estupenda con jardín cerca del lago. Aquí la tierra es tan feraz y hay tanta agua que los coches se aparcan en el césped sin menoscabo de este. ¡Es canteo tu!

Día 10

Hoy era el gran día pues la Compañía se disponía a acometer la ruta del Tongariro. Este es el nombre a un parque nacional de carácter volcánico, todavía activo, y de una singular belleza. Allí es donde se sitúa el mundo de Mordoc en la saga cinematográfica del Señor de los Anillos. Marisa y yo hemos decidido no hacer esta ruta pues son 20 kms muy exigentes. Yo, al menos, no estoy en forma y arrastró una pequeña lesión que me limita bastante.

Nuestros amigos se han levantado a las 05.30 para regresar a las pocas horas sin haber podido hacer la ruta debido a un tiempo inclemente. Ha estado lloviendo todo el día y nos hemos quedado en la casa tan ricamente. Nos hemos preparado unas carnes y hemos comido como campeones. Y "tras de los cristales llueve y llueve"

Día 11

Ha amanecido lloviendo, pero La Alegre Compañía, inasequible al desaliento, ha decidido volver a intentar la ruta del Tongariro así que hemos madrugado todos y para allá que nos hemos ido. Marisa y yo hemos pensado en hacer sólo 2 horas de ruta, hasta que empiecen los grandes repechos, y luego volvernos al coche por el mismo camino. El día es frio, lluvioso y muy nublado. Empezamos a caminar a las 9 de la mañana. La senda es buena y bien trazada y acondicionada. El principio no ofrece gran dificultad, caminamos a través de un páramo con una vegetación que no nos resulta para nada familiar pero muy variada. A partir de los primeros 4 kilómetros el terreno se vuelve volcánico y el paisaje es lunar. La roca es claramente de origen volcánico y todo está lleno de escombros que en su día arrojara el volcán. La niebla le da a todo un aire fantasmagórico. Comienza a llover y en ciertos tramos el terreno se hace más abrupto. Es fácil reconocer que, en determinado momento, hemos caminado sobre lo que debió de ser una gran lengua de lava. La lluvia y el viento arrecian y comienza a caer un granizo pequeño, como granos de arroz. La ropa empieza a estar empapada y empezamos a estar realmente incómodos por lo que decidimos volver a la hora y media de haber comenzado a andar. Tenemos un pensamiento para nuestros compañeros que, imaginamos, ya cerca del primer cráter en condiciones peores que las nuestras. Cuando llegamos al coche empezaba a despejar y nos alegramos por ellos.

El resto del tiempo lo dedicamos a recorrer un poco la zona y a las 4 de la tarde nos reencontrarnos con la Compañía y emprendimos el viaje a la capital, Wellington, donde mañana cogeremos un ferry que nos llevará a la Isla Sur. Nuestros amigos están exultantes y muy satisfechos de su hazaña que nos refieren entre risas y cervezas en un pub irlandés de la capital donde hemos cenado.

Día 12

Hoy hemos cogido el ferry que nos ha llevado a la Isla Sur. Hemos hecho el trayecto desde Wellington a Picton en tres horas y media. En la cubierta de pasajeros y a cubierto del fuerte viento del estrecho de Cook que atravesamos, he conversado un rato con una pareja de neozelandeses de mediana edad que ha preguntado por nuestra procedencia. Entre otras cosas me dijeron que, si nos había gustado la Isla Norte, todavía no habíamos visto nada. También me informó que la población del país es de 4 millones de habitantes ¡en una superficie algo mayor que la mitad de España! y que pastorean nada menos que 60 millones de ovejas. ¡Ahí es nada!

Picton es una agradable ciudad situada en un enclave paradisíaco. La costa en esta zona es muy irregular y fracturada y forma grandes bahías. En el fondo de una de ellas está Picton. El centro de esta lo constituyen edificios de baja altura y la población se distribuye a lo largo de la costa en las típicas casas unifamiliares sumergidas en una vegetación lujuriosa.

Comimos en un restaurante atendido por una mujer filipina que sabía algunas palabras de español, que pronunciaba correctísimamente, y que, según decía, le había enseñado su abuela.

Después de comer nos dimos un paseo hacia la Queen Charlotte View que se sitúa en un cabo que se adentra en la gran bahía de Marlborough y desde la que se disfruta de unas vistas magníficas.

De vuelta del paseo, montamos en los coches para dirigirnos a nuestro siguiente destino: Marahau. La primera parte del recorrido la hicimos siguiendo la línea de la costa formada por una sucesión de fiordos y pequeñas bahías donde la vegetación llega hasta el mismo borde de la playa. Algunos afortunados tienen por ahí sus casas. Se ven botes de pesca y embarcaciones deportivas. Es el paraíso.

Día 13

Hoy nos hemos vuelto locos y nos hemos levantado tarde, tan es así que a las 08.30 horas ya estábamos desayunando.

Ya desayunada, la Compañía en bloque nos hemos dirigido a la oficina del camping, donde estamos alojados, dispuestos a volver loco al empleado que se nos pusiera por delante.

La idea era hacer un paseo en kajak y deseábamos saber que opciones teníamos. Opciones hay muchas, pero, claro, a una hora más temprana. Carol es la intérprete oficial del grupo y la que se suele dirigir a los empleados (yo también a veces, que uno es muy leído) pero eso no quita para que nos pongamos todos alrededor sugiriendo mil preguntas. Hasta ahora todos los empleados han resistido el embate hispano a pie firme y sin torcer el gesto para nada. Aquí viven tan bien, que nada les perturba.

Nos tuvimos que decantar por la única opción posible que era la de una ruta andando de 9 kms hasta una playa donde embarcaríamos en unos kajak con los que volveríamos remando de nuevo al camping. Yo no sé cómo serán las otras opciones, pero no creo que sean mucho mejor.

Estamos en el Parque Natural de Abel Tasman. La ruta a pié ha sido espectacular: a un lado la selva y al otro el mar. En estas selvas no hay depredadores ni los ha habido nunca, por lo que no hay riesgo que te salga un tigre o algo así. El único depredador actual son los descendientes de las ratas que venían en los barcos europeos y que tratan de erradicar sembrando el monte de trampas.

Llegamos a una playa paradisíaca donde teníamos la cita con las guías que habrían de conducirnos de vuelta al camping para lo cual se supone que tendríamos que remar durante 4 horas.

El equipo para kajak es aparatoso pues has de enfundarte en una falda de neopreno, sujeta al pecho, que cierra el habitáculo donde te sientas para que no entre el agua, luego un impermeable y luego el voluminoso chaleco salvavidas. Y con eso ponte a remar.

El paseo en kajak ha sido una experiencia estupenda. Primero nos acercamos a una isla donde vimos leones marinos y focas. Luego seguimos adelante pasando cerca de una colonia de cormoranes y de otras aves desconocidas para nosotros, pero también pescadoras a lo que parecía. Las rocas llenas de mejillones. La costa, rocosa, es interrumpida por una sucesión de playas desiertas donde la vegetación llega hasta su borde mismo. Una vegetación tupida formada por mil especies de plantas y de árboles. Los mil tonos de verde serían la locura de un pintor. Oímos el continuo cantar de las muchas especies de aves que viven aquí.

A algunos del grupo lo de conducir un kajak no es que sea lo suyo exactamente, si hubiera sido un tanque nos hubiera pasado por encima. Pero eso ha sido un motivo más para la risa.

Estamos en el Parque Natural de Abel Tasman. La ruta a pié ha sido espectacular: a un lado la selva y al otro el mar. En estas selvas no hay depredadores ni los ha habido nunca, por lo que no hay riesgo que te salga un tigre o algo así. El único depredador actual son los descendientes de las ratas que venían en los barcos europeos y que tratan de erradicar sembrando el monte de trampas.

Hemos llegado pronto al camping: duchas; lavado de ropa; descansar un poco; cena y a la cama. Mañana nos esperan 500 km hasta Arthur Pass con una ruta de por medio no vaya a ser que nos aburramos. Son esas cosas que tiene el organizador de este viaje, Juanfran, que se desvela por nosotros.

No me puedo resistir a exponer aquí dos comentarios que mi amigo Alejandro Mujica Aristizabal ha tenido a bien hacerme, escribiéndome desde España. Los dos tienen que ver entre sí, y si no, juzguen ustedes mismos.

Primero:

Me decía mi amigo, a propósito de nuestra visita al Parque Natural de Abel Tasman, que este personaje fué quien dio a conocer NZ al mundo. En efecto: Abel Janszoon Tasman fue un marino y explorador holandés, que entre los años 1642 y 1644 exploró estas latitudes para la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Se trataba de explorar un territorio entonces conocido como Nueva Holanda y ahora como Australia. De paso exploraron y cartografiaron Nueva Zelanda y otras islas del Pacífico.

Sin embargo, nuestra guía maorí nos dijo que, el bueno de Abel, era un señor que pasó por aquí con intención de hacerse con la zona, pero los maoríes lo echaron. Cada cual cuenta la historia como mejor le encaja a su ego, eso está claro.

Segundo:

Transcribo aquí literalmente las palabras de mi amigo:

"Te voy a contar algo que te va a sorprender.

En NZ , y solo en NZ , se dá un árbol que se llama “ puhutukawa “ un metrosídero. Es enorme y originario de esas islas.

Pues resulta que en España tenemos un único ejemplar enorme de ese árbol ? ?? ?Sabes dónde? en La Coruña, en el centro de un gran patio de un antiguo cuartel.

Alguien tuvo que traer ese árbol de NZ en algún momento de la historia porque no existe en ningún otro sitio del planeta.

En Galicia ( supersticiosa) le llaman el árbol de las brujas. Quieren datarlo y no se ponen de acuerdo en el método a usar para no dañar al árbol. Si tiene 500 años, que lo parece, sería la prueba fehaciente de que algún español anduvo por esas islas y se trajo un retoño. Dicen que es el eslabón perdido que demuestra que antes de Abel Tasman, nosotros ya estuvimos por ahí.

Científicos neozelandeses lo visitan regularmente y algunos maorís le han hecho ofrendas.

Un joyero en Christchurch me puso al corriente de esta historia y me fascinó."

Día 14

Hoy nos esperaban 500 kms de carretera hasta Arthur Pass; pero eso no ha sido ningún inconveniente para hacer algunas visitas.

La primera era al Parque Nacional de Nelson Lakes donde contemplar los lagos Rotoroa y Rotoiti, primero a su nivel, unos 660 metros, y luego pensando en hacer una ruta, un tanto exigente, que nos llevaría a la cumbre del monte Robert Walk a 1447 metros. Llovía, hacia viento y frío así que decidimos no subir. La verdad es que de sólo contemplar el monte y el consiguiente repecho a superar me temblaban las canillas, por lo que, confieso, me alegré mucho del tan inclemente clima. Nos contentamos con alcanzar con los coches la mayor altura y desde un mirador contemplar el increíble panorama que, en 360 grados ofrecían, lagos, valles y selva que desde allí pudimos admirar. Uno pretende, ingenuamente, atrapar le magnitud del paisaje a base de hacer fotos, pero es vano intento: no hay nada como la visión directa; los colores; las formas; los sonidos; los olores; el viento y la certeza de estar allí.

Despues de comer en un merendero donde unos incómodos mosquitos nos apresuraron para terminar cuanto antes, continuamos viaje en parte acompañando al río Pororari que, para algunos, evoca el mundo perdido de Parque Jurásico pues discurre a través de una frondosa selva subtropical.

Despues visitamos, ya en la costa, Pancake Rocks en el Parque Nacional de Paparoa. Allí unas capas superpuestas de sedimento petrificado han sido esculpidas por la fuerza de las olas formando figuras caprichosas de gran belleza. El mar estaba encrespado y azotaba las esculturas aumentando el efecto visual. La espuma se paseaba impulsada por el viento y con el ruido del mar el conjunto resultaba un espectáculo increible.

Un tanto mojados y después de reconfortarnos con una taza de chocolate caliente, nos dispusimos a cubrir la última etapa del día. Esta fué en el Parque Natural de Arthur Pass. La carretera circula paralela al río Baeley que recorre el fondo de una increíble garganta entre altos montes cubiertos de selva. Durante kilómetros la ausencia total de señas de civilización, la grandeza del lugar, el viento, la lluvia, la niebla y la oscuridad nos daban la sensación de dirigirnos al extremo del mundo. Por fin llegamos a nuestro hotel, el Bealey Hotel, situado a orillas del río Waimakariri, formado por un edificio principal con varios estupendos bungalows de los que tres fueron ocupados por la Alegre Compañía.

Es un lugar aislado del que disfrutaremos mañana, que será otro día.

Día 15

Pues hoy nos hemos despertado en las camas de unos bungalós de lujo que gracias a un error de Booking.com, los buenos oficios de Gemma y la profesionalidad del nuevo propietario del lugar, hemos podido disfrutar por un más que módico precio.

El día amaneció soleado y luminoso y el espectáculo de la naturaleza entorno nuestro nos dejó mudos. Delante de nosotros una llanura aluvial que señorea el río Waimakariri, ya mencionado y detrás las montañas que un día, hace 14.000 años, fueron cuna de orgullosos glaciares.

La mañana la hemos pasado haciendo senderismo por el Parque Natural de Arthur's Pass. Es un valle que en su día conformó la lengua de un glacial que a su vez se alimentaba de otros más pequeños provenientes de las montañas del entorno. No hay que ser geólogo para distinguir los restos de escombros y rocas sueltas en el cauce que socaban las lenguas de los glaciares o la forma de los circos origen de las mismas. Muchas veces echo de menos tener los conocimientos suficientes para leer en la naturaleza todo lo que esta nos cuenta. Lo comparo con la música, por ejemplo, cuyo conocimiento te acerca más a la magia de una melodía.

Después de comer, dos horas de viaje hasta la garganta del Hokitika, un río cuyas aguas son de color turquesa debido a los minerales que arrastra.

Seguimos camino y salimos de las montañas para llegar a otra llanura aluvial regada por los ríos Whataroa y Waitangitaona de cauce incierto pues el terreno es tan llano que los rios parece como que se deshilachan. Allí nos encontramos de nuevo con grandes praderas donde pasta el ganado, tan abundante aquí.

Pasados los lagos Wahapo y Mapourika llegamos a otra llanura de características similares a la anterior, regada por el río Waiho.

Y por fin llegamos a nuestro destino: Frank Josef Glaciel en el Parque Nacional de Westland Tai Poutini (y ya van...) donde hemos contratado un viaje en helicóptero para ver los glaciares. Pero eso será mañana, otro día.

Día 16

Hoy el día ha amanecido muy desapacible: lluvia intensa, viento y frío. Nuestro paseo en helicóptero se pospone para mañana con la esperanza de que el tiempo mejore. A pesar de todo y armados con paraguas, capas y chubasqueros, hemos ido a empaparnos un poco en torno al lago Matheson que entre sus muchas virtudes paisajísticas tiene la de que las montañas del fondo, que aquí llaman Alpes, se reflejan en sus aguas como si de un espejo se tratara. Claro que en un día como hoy ni espejo, ni montañas, ni nada. Como al lago lo rodea un circuito peatonal hemos decidido chapotearlo todo él, con lo que no hemos perdido detalle del lago ni de su entorno.

Hasta ahora a las vacas las hemos visto siempre de lejos, pero, dejando el camino del lago, hemos pasado cerca de un grupito de ellas y les puedo confirmar que tienen el mismo mirar entre desconfiado y alucinado que tienen las de nuestra tierra.

En la cafetería próxima al susodicho lago nos hemos regalado un chocolate caliente (aquí lo llaman así, que quieres que te diga) con una magdalena tamaño XXL que se llama muffin.

Después de lo cual y como ya estábamos hechos al moje nos hemos dirigido al glaciar Fox que resultó estar cerrado al público dada la inclemencia del tiempo y el peligro de desplomes del terreno y de que, en este país, menos mal, hay gente que utiliza la cabeza.

Inasequibles al desaliento, los miembros de la Alegre Compañía nos hemos dirigido hacia el glaciar Franz Josef en medio de un aguacero importante. Al llegar al lugar, parte del grupo, con uno de ellos al frente, que no a la cabeza porque esto es de no tener cabeza, no han dudado y convenientemente pertrechados se han dispuesto a acercarse al glaciar.

El resto nos hemos vuelto al hotel y al llegar a éste hemos sentido la llamada de la selva, pues la cabra tira al monte, y nos hemos vuelto al glaciar.

Han querido los cielos, nunca mejor dicho, que, al llegar, la lluvia hubiera remitido y la niebla pertinaz se hubiera levantado un poco.

El camino, después de un engañoso y cómodo tramo de selva subtropical, discurre sobre la morrena de fondo del glaciar constituida por cantos y bloques de piedra. El rio proveniente de este, discurre sinuoso y torrencial a lo largo de aquella. Un cartel señala el retroceso del hielo desde el 1908 y realmente resulta alarmante. Otro cartel advierte de la conveniencia de no traspasar ese límite por riesgo de desplomes y lo reafirmaba con una barrera disuasoria: la traspasamos.

Anduvimos, pues, sobre la morrena todo lo que pudimos hasta que el río se nos atravesó y no pudimos avanzar más. Desde ese punto pudimos atisbar parte del circo del glaciar con sus enormes grietas y bloques de hielo de un color verde-azulado. Me invadió por un momento un sentimiento de frustración mezclado con la fascinación del espectáculo que se ofrecía a mis ojos.

Volvimos al albergue donde comimos todos juntos en alegre compañía y después de una siesta reparadora, Marisa y yo nos hemos quedado por aquí tan ricamente. El resto del grupo, que no puede estarse quieto, se ha ido a un spa a mojarse un poco más.

Cuando han vuelto nos hemos ido a tomar unas cervezas por ahí, hemos recalado en un garito donde ofrecían unos mejillones en salsa y como todos habían leído los consejos de mi amigo Alejandro sobre las bondades de dicho molusco y aunque no era el lugar que él aconsejó nos pedimos una buena ración para quitarnos el capricho.

Contentos de vino y cerveza locales nos hemos vuelto al albergue: cena y a la cama, que mañana hay que madrugar.

Esperemos que mañana mejore el tiempo para lo del helicóptero dichoso.

Día 17

¡bien! El tiempo, está mañana, ha querido darnos una tregua y el día ha despertado bastante despejado y luminoso. En las cimas de las montañas más altas hay nubes, pero el resto está bañado por el sol y la vista es un regalo. Nos hemos dirigido a la agencia de helicópteros preparados para dar nuestro gran paseo por los glaciares Fox y Franz Josef y codearnos con el monte Cook que señorea la zona. Para algunos del grupo era la primera experiencia en helicóptero así que había cierta excitación en el ambiente.

Los paseos en helicóptero no decepcionan pues, además de ofrecerte una vista panorámica, su velocidad controlada te da la sensación de estar suspendido en el aire y la observación es más detenida.

La vista de los glaciares ha sido emocionante. Recuerdo de niño haberlos estudiado en los textos de SM con esos dibujos tan detallados y descriptivos. Era uno de los fenómenos de la naturaleza, con los volcanes, que más llamaban mi atención entonces. Y aquí pude ver el circo y sus alrededores cubierto por toneladas y toneladas de nieve presionando hacia el valle. Los picos más verticales de la montaña, con sus manchas blancas, elevándose hacia el cielo, como dedos de un gigante que se libera de su prisión blanca. La lengua de hielo bajando lentamente, rota en mil pedazos, con sus grietas de un azul turquesa limpio y profundo formando arcos según las distintas velocidades de avance. Las morrenas laterales, oscuras y pedregosas desgastando el borde de la montaña abriendo un nuevo valle. En fin, todo estaba allí tal y como recordaba. La carne de gallina. Vimos el monte Cook, a lo lejos, con la cumbre oculta por nubes bajas. Sólo por eso la compañía de helicópteros nos devolvió 40 dólares, lo que nos dejó estupefactos. Volvimos exultantes del paseo.

Estamos cerca de la costa oeste de la Isla Sur. He leído que estos son los glaciares más cercanos al mar que se puedan encontrar en todo el mundo.

Hemos seguido nuestro viaje que necesariamente hemos interrumpido innumerables veces para disfrutar de los paisajes que nos ofrece el recorrido. No sabría cómo explicarlo mejor. Recorremos unos valles de selva subtropical, con montañas a nuestros lados. El agua cae en innumerables cascadas, cualquiera de ellas merecería en nuestra tierra recorrer unos kilómetros para admirarlas, aquí se dan con profusión. Es difícil describir un entorno tan virginal, tan intocado, tan pletórico.

Nuestro destino es la localidad de Wanaka en el Parque Nacional de Mount Aspiring. Pero antes de llegar nos hemos enamorado de los lagos de Wanaka y Hawea y sus entornos. En el programa estaba hacer una ruta que, dadas las horas, no hemos hecho, a dios gracias. Mis amigos me asustan a veces.

Bueno, el caso es que nos hemos acomodado en uno de los albergues más cutres donde hayamos estado. Marisa y yo hemos cocinado en un menaje con riesgo de salmonelosis, no digo más, pero ella hace que todo sea amoroso y familiar y rico.

Bueno, el caso es que hemos cenado en un entorno harto insalubre y de riesgo, pero hemos celebrado el cumpleaños de la dulce y cascabelera Mary An. En este albergue singular no se permite el alcohol lo cual no ha impedido que hayamos brindado a la salud de nuestra amiga con una botella de tinto de la región. Una cámara, lamentablemente instalada en el comedor, vigilaba nuestros vasos ¡que le den!

Después de cenar Juanfran y yo nos hemos ido a tomar unas cervezas a un garito que él tenía previamente localizado. Esos garitos estupendos con música en vivo que tienes que hablar a gritos y lleno de gente feliz, pues eso.

Ahí descubrí a Juanfran, me habló de su vida, de sus errores y sus victorias. No puedo, por razones evidentes, reproducir la base de nuestra conversación, pero su vida me pareció un ejemplo de fortaleza moral y de superación personal que hace que me sienta honrado con su amistad. Es lo que tiene una buena cerveza en un buen garito.

Con música en vivo, por cierto. Al principio unos solistas de pop hicieron nuestras delicias, pero, mire usted, apareció un grupo formado por un brasileño, dos argentinos y un chileno que entraron por Paco de Lucía y ahí empezó el despelote, siguieron con Fonsi, luego la Macarena y todo el repertorio vital y pletórico de nuestra cultura. Daba gusto ver a las vikingas veinteañeras moverse al son de los ritmos latinos ¡ay mami! Hasta Juanfran y yo mismo coreábamos las canciones y meneábamos el esqueleto.

Día 18

Uno ve esas fotografías de paisajes idílicos en las agencias de viajes con la sospecha de que sean imágenes prefabricadas, hechas para el consumo del incauto turista ávido de paraísos vírgenes y fronteras sin explorar. Pues eso existe y uno de esos lugares es este país mágico.

Hoy habíamos planeado hacer la ruta del glaciar Rob Roy. Para iniciarla hemos atravesado un valle, de origen glaciar, espléndido, largo, sinuoso y ancho; flanqueado por dos sierras de cuyas cumbres nevadas manan decenas de cascadas de agua limpia y espumosa.

El valle está cruzado en su longitud por un río alimentado por todas esas fuentes de agua;

aquel está cubierto de pasto verde donde pacen vacas, ovejas y ciervos. Manchas e hileras de arbolado interrumpen la vista. Se ven las casas de los propietarios del ganado, casas bonitas, de madera, con jardines caprichosamente trazados.

La ruta, finalmente, no pudimos completarla pues estaba cortada por riesgo de derrumbes, pero no nos importó en absoluto.

En compensación, subimos a un mirador desde donde pudimos contemplar el lago Wanaka que habíamos dejado atrás. La belleza del paisaje es desbordante, uno ya no sabe a dónde mirar ni cuánto tiempo mantener la contemplación hasta saciar el apetito.

Seguimos nuestro viaje, visitamos un antiguo pueblo minero de los tiempos de la fiebre del oro llamado Arrowtown. No le encontré la gracia. Las casas están ya tan reformadas que no sabes que es lo que tienes que mirar. Me recordó a Santillana del Mar: todo retocado, lleno de tiendas y de gente.

Por fin hemos llegado a Queenstown donde nos hemos alojado en un casoplón todo para nosotros. Mary An se nos va mañana y con tal motivo nos hemos ido a cenar a un restauramte hindú que seguramente es muy bueno porque estaba lleno de hindúes. La echaremos de menos, es una mujer alegre, positiva y generosa, para todos tiene un buen gesto y una palabra amable.

Día 19

Tarde o temprano tanto trajín me tenía que pasar factura. Tengo una pequeña lesión en un costado que me ha pegado tal latigazo esta mañana que he decidido quedarme más rato en la cama y luego disfrutar de la chimenea del casoplón. Además, ha amanecido lloviendo a mares, incluso la Alegre Compañía ha tardado en hacer planes y ha dejado la casa cuando ya el tiempo se ha aclarado y ha salido el sol.

Marisa se ha quedado conmigo y está dale que dale al teléfono al que le saca un partido increible y yo aprovecho para estudiar canciones del coro: en diciembre tenemos varios conciertos y no me los quiero perder. Es agradable ver flamear el fuego en el hogar y oír el crepitar de la madera mientras el calorcito te envuelve y el sofá te arropa. Fuera, el cielo empieza a nublarse de nuevo, pero la vista es espectacular, con el lago Wakatipo a nuestros pies.

Ayer intentamos cenar en una hamburguesería llamada FERGBURGER donde se supone que preparan las mejores hamburguesas de NZ. La cola era tal que salimos escopetados hacia el hindú que citaba. Hoy lo hemos vuelto a intentar y, a pesar de que ha vuelto la pertinaz lluvia, Marisa y yo hemos quedado con nuestros amigos en tan afamado lugar a dónde hemos llegado bastante calados ¡Vuelta a la cola y la gente comiendo en la calle sin que el viento y la lluvia hiciera mella en su ánimo! como no lo hizo en el de Juanfran que alli se quedó empeñado en comerse la tan requerida ambrosía y allí mismo le dejamos y nos fuimos a comer unas hamburguesas a otro sitio, también especializado en ellas, que nos supieron a gloria. Una anotación más: en NZ hacen unas patatas fritas excelentes; sin grasa; gorditas; crujientes; doradas por fuera y tiernas por dentro. Todo un manjar.

Como la lluvia persistía hemos decidido volvernos a la casa a disfrutar de las delicias del hogar. Una vez aquí, la lluvia ha cesado y ha vuelto a salir el sol ¡mir'usted que cosas!

¡Lo sabía! Son las 7 de la tarde y están en marcha otra vez. Se han ido a subir al mirador andando ¡pero, dios mío! ¡¿no han visto lo alto que está y lo empinado de la cuesta?!

Día 20

Escribo acostado en mi poco confortable cama, de un poco confortable y mal equipado camping llamado Gunns Camp. Sí bien el lugar es increíble rodeado de montañas y selva subtropical y a orillas del río Hollyford, el camping, en cuanto a servicios, deja bastante que desear.

Por todo lo cual las musas no me están siendo muy propicias ya que me ven con cara de pocos amigos. Estamos, Marisa, Carol y yo, en una especie de barracón formado por dos dormitorios enfrentados separados por una especie de sala de estar con chimenea. Los demás se reparten en otros barracones de la misma fábrica. Estamos todos reunidos en el nuestro, dado que su chimenea es la única que tira bien y se está calentito, lo cual se agradece porque aquí, en las montañas, hace una rasca importante por la noche. Tanto es así que, como no disponemos de nevera en el comedor común, la comida la guardamos en los coches para que esté fresquita. Hemos tenido que aprovisionarnos para tres días pues por estos pagos no hay donde hacerlo.

Estamos en el Parque Nacional de Fiordland y seguimos disfrutando de la naturaleza de este maravilloso país. Su ocupación y explotación de recursos comenzó realmente a mediados del siglo XIX con lo que no dispone de patrimonio arquitectónico o artístico y su corta historia está ligada a la del Reino Unido. La cultura e influencia maorí es residual. Pero disponen de un importante patrimonio natural y paisajístico que miman hasta lo indecible. Todos los puntos de interés son perfectamente accesibles con aparcamientos para los vehículos y sendas perfectamente acondicionadas. Allí donde el terreno es impracticable se dispone de pasarelas elevadas, escaleras y puentes colgantes; además de carteles indicadores y todo tipo de paneles informativos y avisos para el visitante. Y siempre y en todo lugar....retretes, en los que no falta nunca el papel y razonablemente limpios ¿cómo te quedas?

Hoy hemos estado recorriendo la zona y hemos visitado el Mirror Lakes singular por sus reflejos de las montañas vecinas. También hemos visitado el lago Gunn para lo que hemos tenido que atravesar una especie de bosque encantado. Rocas, suelo y árboles recubiertos de una especie de musgo amarillo verdoso que visto de cerca se comprueba que está formado por multitud de diferentes pequeñas plantas; la umbría del lugar; la luz del sol jugando con las sombras de las nubes; las formas caprichosas de los árboles que semejan cuerpos atormentados, algunos con extrañas protuberancias, de origen aún desconocido, que se antojan rostros o animales monstruosos; todo ello da al lugar un aire fantástico, inquietante y extraño.

Comimos en un merendero de los de aqui: con cubierta y dos paredes; encimera de chapa inoxidable; bancos y mesas; depósitos de agua; y...retretes; todo limpio por los duendes del bosque, lo digo porque nunca se ve a nadie de servicio por ninguna parte. Nos encontramos con una joven pareja de Vitoria que llevan cuatro años viviendo en Australia. Van perfectamente equipados con tabla de cocina, infiernillo de gas y todo el menaje necesario. Estuvimos charlando un rato. Muy majos. Me despedí de ellos con el dicho de los viajeros: "txapela buruan eta ibili munduan" (txapela en cabeza y a andar por el mundo)

Después de comer nos hicimos una ruta hasta la cima del Key Summit, 450 metros de desnivel, desde donde hay una vista privilegiada del parque. Objetivo singular es la vista del lago Marian en un antiguo circo glaciar señoreado por la cumbre nevada del monte Christian.

Desde esa altura oíamos estampidos en la montaña, parece que las autoridades estaban provocando aludes preventivos.

En lo alto hay un retrete solitario con su chimenea de ventilación y su pozo negro. Le hice una foto con las montañas nevadas de fondo, mudo testigo del buen hacer de estas gentes.

Desde allí nos hemos venido al camping. Mientras escribo oigo a mis amigos y a mi chica, que están jugando a las cartas junto a la chimenea, hacer grandes risas y embromándose unos a otros. Son un buen grupo de gente para compartir esta pequeña aventura.

Día 21

Ayer no pude colgar mi crónica, como tienen a bien llamarla los amigos, ya que en el camping tampoco tienen wifi, así que ahí van no una, si no dos crónicas y ya saben si aburren, que puede pasar, pues a otra cosa que aquí de lo que se trata es de pasarlo bien.

Esta noche ha hecho un frio importante en el barracón por lo que a eso de las 5.30 me he levantado a encender le chimenea, por lo menos, de esta manera, hemos podido tomar el desayuno al amor de la lumbre, un desayuno frio, claro.

Esta mañana hemos seguido camino hacia el fiordo de Milford Sound. La carretera ha estado cerrada dos días por riesgo de derrumbes; aquí los valles son de tipo glaciar y los montes son muy verticales. Un ferry, en el que hemos vuelto a desayunar al mejor estilo inglés, nos ha paseado a lo largo y ancho de aquel. Paredes empinadas llenas de vegetación; nieve en las cumbres; nubes bajas y mil cascadas con el pie directamente en la superficie del fiordo.

Después del desayuno, decidí quedarme a disfrutar de la vista tranquilamente, limitando la locura fotográfica que a veces hace que pierdas los detalles: llegas, miras ¡pum! foto y sigues. Fotos hice, por supuesto.

Ayer y hoy hemos coincidido con un joven matrimonio catalán que viaja con su pequeña hija; no hemos hecho nada por saludarnos ¡una pena!

A mitad de navegación hemos desembarcado en un lugar donde existe un observatorio submarino a 60 metros de profundidad. Allí hemos podido observar casi todas las especies que, según el catálogo, viven en el fiordo. Estos fiordos son también de origen glaciar y se forman al retirarse el hielo, entonces el agua ocupa el valle resultante. Esto es en la parte oeste del parque nacional donde los hielos llegaban al mar; en la parte este, estos se encontraron con tierra firme y en lugar de fiordos hay lagos.

Luego, camino del lago Marian, hemos hecho alguna parada aquí y allá viendo curiosidades de la naturaleza. Ahora mientras escribo, mis amigos, junto con Marisa, ya estarán de vuelta de la ruta hacia el lago citado. Yo he intentado seguirles más tarde, para ir a mi ritmo, pero la lesión del costado me ha avisado que con la ruta de ayer basta por ahora; así que, un tanto corrido por el aviso de mi voz interior, me he vuelto al coche. Una pena pues la ruta parece bonita. De todas formas, lleva casi toda la mañana lloviendo, así que me consuelo un poco.

Hemos seguido camino hasta una localidad llamada Ta Anau. Aquí nos alojamos en un campo de bungalós, en uno estupendo, con todos los servicios y aquí estamos tan ricamente y mañana más.

Día 22

Hoy ha sido un día tranquilo, menos para los conductores claro, dedicado al desplazamiento y a detenernos en sitios pintorescos. Desde Ta Anau, en el oeste, viajamos hasta Kaka Point (nadie se ría: en España tenemos unas provincia y ciudad llamadas Guadalajara) en el este de la isla. El sitio cuenta con una larguísima playa completamente virgen. El lugar está muy azotado por el viento. Antes de llegar, a la altura de Molyneux Bay, en un panel se daba cuenta de los primeros colonizadores de la zona a mediados del XIX. Las fotografías muestran hombres y mujeres, trabajadores, dispuestos a partirse el alma para salir adelante. Son fotografías que recuerdan a las de los pioneros en el oeste americano que aparecen en las películas USA. Las casas en las que vivían lo recuerdan también. Desde allí seguimos hasta Nugget Point, lugar donde hay un faro y que está en el extremo de un cayo de unos 1000 metros de longitud que se adentra en el mar perpendicular a la costa. En el extremo, unas rocas que sobresalen de la superficie del agua, y que dicen que tienen forma de nugget, dan nombre al lugar.

Desde el mirador observaba, incrédulo, la inmensidad del océano que tenía por delante. Pensaba que más allá, detrás de un horizonte oculto por la bruma, sólo estaba la Antártida con sus nieves perpetuas, el fin del mundo por el sur ¡qué cosas! Volviendo sobre nuestros pasos llegamos a la ciudad de Dunedin. Esta es una ciudad-ciudad con edificios altos, muchos de época, hermosa estación de ferrocarril y una First Church presbiteriana que viene a ser como una catedral, pero en protestante. Edificio este, de estilo neogótico con una techumbre de madera muy interesante. El interior típico: sin santos ni altar. Unos cartelones, con la letra de alguna canción espiritual, estaban dispuestos en la primera bancada seguramente para ser utilizados como chuletas para facilitar el canto de los feligreses. Los bancos, almohadillados, cuentan en sus extremos con una cazoleta y soporte que imagino para depositar los paraguas ¡como son! Comimos en unos jardines de la ciudad, excepto Carol y Juanfran que, hartos de bocadillos, se fueron a comer a un restaurante.

Esta parte del país es más llana con grandes praderas y manchas de coníferas y álamos lo que le da un aspecto más familiar para nosotros.

Desde Dunedin nos fuimos directos hasta Moeraki ciudad donde pasaríamos la noche en unos estupendos bungalows. Antes de eso nos fuimos a la playa de Koekohe aprovechando la marea baja para observar un extraño fenómeno. Se trata de unas piedras cuasi esféricas que llaman boulders formadas por la cementación de un barro del Pleistoceno. Luego la erosión costera provocada por el mar las fué sacando a la superficie. La magia de su forma tiene que ver con su composición.

De allí nos fuimos a la Moeraki Tavern a tomar unas cervezas. Un sitio majísimo tipo taberna marinera con buen ambiente, junto a la playa. Allí hicimos unas buenas risas.

Día 23

Hemos salido de Moeraki con dirección noroeste. Nos dirigimos al Parque Nacional Monte Cook, monte que con 3724 metros es el mas alto del país, del que ya habíamos visitado su lado oeste. En el camino, nos hemos detenido a ver unas rocas pintadas maoríes frente al Valle Hakataramea cerca de la localidad de Duntroon. Son pinturas hechas con ocre rojo y carbón, muy borradas, con imágenes de hombres a caballo y en barco, que datan de mediados del XIX, o sea, muy recientes pero que dan una idea de por dónde se andaban los maoríes en esas fechas: imposible resistirse a la colonización europea.

Continuamos paralelos al río Walkati con dos presas que forman lagos muy bonitos.

Llegamos al camping, muchos turistas. Vamos al Lago Pukaki de 179 km2. Sus aguas de azul turquesa blanquecino lo son por los materiales en suspensión que contienen y que llaman harina glaciar. En algunos puntos su color es lechoso. Vemos a lo lejos las montañas del Ahuriri Conservation Park y del Parque Nacional Monte Cook. Seguimos conduciendo paralelos al río Tasman. Todo el camino lo hacemos siguiendo un inmenso valle de origen glaciar que estimo de una anchura de no menos de 5 km. Visitamos el Centro de Interpretación del Parque y continuamos hasta un aparcamiento desde donde se accede, por bien trazada senda, hasta un mirador desde el que se puede admirar el glaciar Tasman, con una de sus dos lenguas de hielo, que desemboca en el lago Tasman. Glaciar que va retrocediendo año tras año. A la vuelta del camino, mi costado me dio un latigazo y hube de esperar en el coche mientras mis compañeros hacían una ruta que les llevaria hasta el lago Hooker donde desemboca la otra lengua de glaciar Tasman. Desde allí hay una vista al parecer impresionante del monte Cook que yo no pude admirar.

Después de alojarnos en un camping en la localidad de Twizel, cerca del lago Pokaki, nos fuimos a una taberna típica a cenar y tomar cervezas. La gente come, bebe, charlotea, ríe y juega al billar o a los dardos en un ambiente estudiadamente rústico y desenfadado. La oferta de cerveza es increíble: conté hasta 20 grifos en la barra además de una importante oferta de cerveza embotellada. De allí nos fuimos tan contentos a la cama que mañana será otro día

Día 24

Esta mañana, y aprovechando lo soleado del día, hemos parado a orillas del Pukaki pues con esta luz su color turquesa se ve más intenso. Yo quería también fotografiar una flor que crece en sus orillas y que luce unos bonitos colores. Quise fotografiar un grupo en concreto pero había una japonesa, o quizás china, dale que te pego con su cámara y, harto de esperar a que se apartara, decidí hacer la foto con ella dentro. Siempre hay un japonés por medio; se podría decir que, al igual que existe "la niña de la curva", existe "la japonesa de la foto". Bueno, quizá esté siendo un poco injusto con los japoneses pues todos andamos por medio. Son flores de altramuz.

A continuación nos fuimos a hacer lo que sería la última ruta de senderismo que haríamos en NZ. Se trataba de subir al monte John donde hay un observatorio astronómico. Es zona protegida para la observación del cielo nocturno. A sus pies se encuentra el inmenso lago Tekapo (sin risas, por favor) de un intenso color turquesa. Toda la zona, como ya he comentado otras veces, es de origen glaciar, lagos y valles. Hemos encontrado que el este de la isla es más soleado y seco que el oeste. Supongo que la cordillera de montañas detiene los frentes nubosos. Incluso hay zonas de regadío y los pastos no son tan verdes.

La ruta comienza por un increíble paseo a orillas del lago; monte bajo con pocos árboles. El aire venía perfumado de mil plantas; yo andaba inspirando a todo pulmón y sentí una ráfaga de un olor como a jazmín ¿quizá una planta desconocida? ¿quizá una perfumada china que pasó fugaz? Quise pensar que era una flor desconocida. Veía los Alpes nevados al fondo y según íbamos subiendo, el lago se expandía más y más con su increíble color. A más altura el viento arreció e incluso, a veces, lograba desequilibrarnos. El aire era templado y nos aliviaba del calor del sol con lo que la subida era muy llevadera y el paseo se disfrutaba. Por fin llegamos al observatorio donde disfrutamos de las vistas, descansamos un rato y tomamos algo en un chiringuito atendido por un joven uruguayo que nos contaba que algunos productos estaban preparados para el gusto chino. En efecto el lugar estaba a tope de gente de esta nacionalidad y es que al observatorio se puede subir por carretera y claro, pues lo que pasa, que suben autobuses continuamente.

La bajada, más empinada, transcurre a través de un bosque de pinos con su olor característico. El suelo, cubierto de un tipo de planta que recuerda al helecho, pero con hojas como el perejil (pido perdón por mi ignorancia en botánica) En resumen, un paseo muy agradable.

Y ya nos dirigimos a Christchurch, penúltimo hito de nuestro viaje en NZ. Después de alojarnos dimos una vuelta por la ciudad. El centro de la misma sigue afectado por un seísmo ocurrido en 2011; muchos edificios fueron afectados y siguen apuntalados; la catedral anglicana especialmente pues parte de ella se derrumbó y ahora es refugio de palomas. Fué construida en estilo neogótico durante la segunda mitad del siglo XIX. Curiosa la calle Regent St. Calle comercial con todos los edificios de la misma arquitectura y pintados de diversos colores. Decidimos cenar de restaurante para conmemorar el último día en NZ pero como los españoles nos traemos estos horarios y no parece que vayamos a escarmentar, tuvimos que conformarnos con lo que había, que fué una pizzería de chinos que ni siquiera tenían cerveza, así que de vino ni preguntar. Mañana haremos alguna que otra visita y desde aquí volaremos a Auckland y, a continuación, a Madrid con escala en Pekín. En total hemos recorrido 5000 kms de carretera por todo el país. Enhorabuena y gracias a los conductores.

Día 25:

Hoy es nuestro último día en NZ. Hemos aprovechado la mañana en Christchurch para dar otra vuelta por la ciudad y visitar su Museo. En éste hay unas interesantes salas dedicadas a la paloefauna del país y de antropología y arqueología. Hay una interesante colección de enseres de piedra y madera dedicados a la guerra, herramientas y objetos domésticos, algunos bellamente decorados y otros de piedra pulidos de forma muy elegante, los más derrochan un ingenio y habilidad increíbles. Para desarrollar esa cultura hace falta tiempo libre lo que supone tener bien resuelto el tema de la alimentación y la habitación. Sin duda se trataba de un pueblo de cazadores-recolectores bien adaptados a su entorno.

También hay muestras y fotografías de la época de la asimilación a la cultura europea. En particular, una fotografía, de las muchas expuestas, llamó mi atención, en ella se ve a un grupo familiar, el abuelo, a la izquierda, muestra cara de pocos amigos, parece que su brusco paso de cazador-recolector a hombre moderno no le tenía muy convencido: pegar ese salto en el vacío de miles de años no debe ser cosa banal.

Después, por fin, tomamos el avión que nos llevaría a Auckland y una vez allí, y después de una corta espera, el vuelo que nos llevaría a Beijing.

Días 26 y 27

Estas dos fechas se nos hacen indistinguibles pues con los cambios horarios no sabemos en qué momento nos hallamos y los ciclos circasianos los tenemos "rebrotados" del todo. Rebrotar es un verbo que usa mucho Carol y es de difícil definición, hay que vivirlo. Después de un vuelo de 13 horas llegamos por fin a la capital de la China. Una oportuna pastilla de orfidal suministrada por Marisa, me ha permitido pasar el trance como si nada. Como ya conocíamos la complejidad laberíntica de los trámites de entrada, fuimos a tiro hecho y en un lapso razonable de tiempo nos encontramos en la furgoneta que habíamos contratado para visitar Beijing.

Beijing, o Pekín, tiene el aspecto de una ciudad capitalista con grandes edificios; comercios; paneles comerciales incitando al consumo de esto o aquello; tiendas chic y un tráfico infernal que lo es más por el comportamiento de los conductores que por los muchos vehículos que circulan por sus calles. La polución es importante y no he dejado de estar con carraspera todo el día. No puedo afirmar que conozca al pueblo chino y hablo en mi nombre, pero lo poco que he visto y vivido no me gusta demasiado: su trato con el turista no es muy amable que digamos; son obsesos de colarse por todas partes tanto en las colas como en el tráfico de vehículos; andan escupiendo en cualquier sitio, con profusión de ruidos desagradables y hay que verles comer con los palillos, en fin.

Hemos visitado la Ciudad Prohibida que es impresionante, la hemos recorrido con ayuda de audio guías, pero es tan grande que en un momento dado nos hemos desorientado al punto de no encontrar la salida. Allí nos ha ocurrido un suceso simpático, un grupo de hombres y mujeres chinos al ver a nuestra amiga Mar, que es alta y buena moza, han querido fotografiarse con ella y ella, en su simpatía, ha aceptado yo creo que complacida; y ahí ha sido la locura: cuando nos han visto a los demás han querido también hacerse fotos con nosotros y ha habido selfis, fotos de grupo con unos y otras...y así hemos estado un buen rato tan divertidos de vernos como unas "rara avis".

También hemos estado en la plaza de Tianaimen. La plaza está cercada por un doble cordón de seguridad y llena de policías y militares además de cámaras de seguridad por todas partes. Para acceder a ella hay un solo punto con control de pasaportes y escáner. Toda una exhibición de paranoia comunista. En los alrededores de la plaza, muchas tiendas venden recuerdos de Mao. Terminamos nuestra visita a la ciudad en el Templo del Cielo, conjunto de edificios ceremoniales. En este lugar se reúne mucha gente para, apoyados en un ancho pasamanos, jugar a los típicos juegos de mesa chinos en los que ponen mucha pasión a juzgar por las exclamaciones que surgen de los distintos grupos. Reconozco que mi desconocimiento absoluto de la cultura china no me ha permitido disfrutar plenamente de lo que veía.

La comida la hicimos en un típico restaurante chino, muy familiar con muy buena comida y precios increíbles.

Al caer la tarde, hemos vuelto al aeropuerto donde hemos tenido que esperar unas horas para tomar nuestro vuelo.

Creo que todos estamos afectados por el síndrome del "bajón de adrenalina" que ocurre cuando sabes que al día siguiente toca descansar y que el hecho que te mantenía en marcha ha terminado; entonces parece que el cuerpo deja de suministrar las sustancias que te mantenían alerta y en marcha y todo el cansancio acumulado se te viene encima. Pues así es como nos sentimos la mayoría.

El vuelo final hasta Madrid ha durado unas 12 horas que he dormido parcialmente. Nos hemos despedido efusivamente.

Tomé un taxi a mi casa; al llegar, he abierto la puerta y entrado en ella como quien entra en un templo; todo está en calma, limpio y ordenado; el olor es familiar y me embriaga; entro despacio; me tumbo en el sofa, ese fiel amigo, y repaso las cosas más inmediatas que tengo que hacer:

Regar las plantas

Deshacer maleta y mochila y orearlas

Poner lavadoras y tender

Planchar (¿)

Comer

Ducharme y afeitarme

Ir a la compra

Ver el correo

¡buf!

Por ahora estoy tumbado en el sofá, desde donde cuelgo esta crónica, luego evocaré mentalmente algunos momentos del viaje para certificarme que, efectivamente, estuve allí. Me levantaré despacio, sin prisa y quizá empiece por una buena ducha y luego me plantearé seguir con mi vida habitual, "pero hoy no: ¡MAÑANA!"

Ha sido muy agradable compartir este diario con mis amigos a los que agradezco los "gusta" y comentarios. Espero que la lectura haya sido tan placentera para ellos como lo ha sido para mí escribir.

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