Colaboraciones externas

La luz amarilla

de Arturo Ordozgoiti

¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo,

la sierra gris y blanca,

la sierra de mis tardes madrileñas

que yo veía en el azul pintada?

              Camino de Balsaín, 1911

Antonio Machado (CAMPOS DE CASTILLA 1907-1917)

 

En la provincia de Segovia, en un pequeño pueblo, tengo una casa con un jardín que se abre a la sierra.

A lo largo del año, sobre todo en los períodos de buen tiempo, vivo muchos días allí, refugiado entre soledades, amigos, y el Guadarrama enfrente, como un escenario que cambia de las nieves invernales a la sequedad del estío y, madrugador, se asoma a mis ventanas sin ocultarse, salvo que las nieblas o las nubes bajas lo envuelvan entre sus húmedas caricias.

Tras estas montañas que cruzara gozosamente el Arcipreste de Hita, aunque nos hace un guiño en sus versos y se siente siempre víctima de un cierto acoso de las serranas - del cual no han protestado nuestras contemporáneas feministas seguramente porque no se han molestado en leer al pobre Juan Ruiz tan solo en aquellos lances -, aparecen el sol y la luna cumpliendo sus rigurosos ciclos.

Desde mi casa, en los días claros, sigo el transcurrir de las horas sin consultar el reloj. Las alturas de los astros en relación al perfil de la cuerda montañosa son una precisa medida, junto a las sombras que arrojan las diferentes geometrías del Guadarrama, viejo amigo machadiano.

Las sombras son hijas de la luz, nacen con ella y sin ella mueren.

Desde mi jardín se percibe la luz que moldea las formas de la serranía en varias y diversas composiciones a lo largo de los días y las estaciones. Limpia y glacial en invierno y de alto perfil y focal en verano, dejando para las primaveras y los otoños veladuras cambiantes entre los dos recorridos luminosos. En verano, con contados días calurosos teniendo en cuenta la altitud de Cañicosa, que así se llama mi pueblecito situado a siete kilómetros de Pedraza, cuando el sol inicia su trayectoria descendente tengo la costumbre de sentarme en el porche de la casa de cara al Guadarrama limpio de nubes. Al comenzar la última fase hacia el ocaso se produce una paulatina modificación de todos los colores.

Los árboles, las rocas, los caminos, las casas, la montaña, la panorámica entera modifica sus tonalidades naturales y adquieren una pátina común. El oeste se ha hecho dueño de la luz, la trayectoria de los fotones es horizontal y desaparecen las sombras en una hermosa perspectiva. Los elementos del paisaje, bañados suavemente por un pincel, han alcanzado una belleza distinta mientras los perfiles de las formas se desdibujan lentamente, al mismo tiempo que la línea de las cumbres se funde en el color del cielo, dejando paso a los primeros grises de la noche.

Me fascina este fenómeno visual de los veranos, esta luz dorada, rasante, vagamente impresionista, que desde hace veinte años disfruto en la tarde segoviana.

 Tres o cuatro años después de pasar los veranos en Cañicosa, sentado en el jardín, leía el bellísimo libro de Luis Cernuda “Ocnos”, ejemplo de dulce prosa poética, cuando en un capítulo me sumerge el autor en la historia de las Misiones Pedagógicas de los años treinta del pasado siglo, en cuya organización el poeta, junto a otros intelectuales comprometidos con la cultura en aquella España con tanta carencia de educación, viajaban por los pueblos del interior de la península ibérica, Pedraza entre ellos, para intentar enseñar a sus habitantes las primeras letras, los libros, los discos de pizarra con canciones populares, copias de algunos cuadros del Museo del Prado, todo lo que era tan desconocido y lejano para aquellos españoles que vivían en las oscuridades del pensamiento.

En un párrafo de esta narración Cernuda habla de los pueblos de Segovia donde estaban realizando las tareas pedagógicas y describe la luz de los atardeceres de verano a la que nombra como “luz amarilla”.

Exacto, el poeta había definido brillantemente la luz del crepúsculo en esta zona de Castilla. Más de sesenta años habían pasado de su presencia en estas latitudes cuando supe cómo había que denominarla. No era una definición científica, era una definición poética, lírica, abierta a las interpretaciones, a los sueños, a poder contar, como intento hacerlo en estas líneas, la capacidad de asombro ante la belleza de la sierra de Guadarrama y de los campos de Castilla, otra vez y siempre don Antonio.

Algún tiempo después volví a encontrarme con Luis Cernuda y su luz segoviana en un poema suyo escrito ya en el exilio, alejado de esa España a la que tanto quiso y le obligaron a odiar ante la tragedia entre hermanos:

“…..Tanta luz amarilla duele ahora,

 o ¿no será el recuerdo lo que duele?”

Las palabras del poeta, en su lirismo, consiguieron hacerla más bella de lo que ya era “per se” y, sobre todo, nos enseña como citarla si algún día, en el atardecer de un estío, se camina por las trochas segovianas.

Les animo a descubrir la luz amarilla.

 Anastasia Beunza, Buenos Aires,Argentina. Pintora, poeta y Arquitecto por la Universidad de Buenos Aires. Cursa ahora la carrera de Psicología en la Universidad de Palermo.
Luis Cernuda en Pedraza (Segovia). Enero 1933
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