Colaboraciones externas

PLAZA DE ORIENTE/ Recuerdos en un aniversario

de Arturo Ordozgoiti

(A Esther Andreu y todos mis compañeros de aquel magnífico equipo)      

                

 

En la Plaza de Oriente, fuego en los miradores,

niños en cochecitos de burros con banderas,

y el golfo que encendía al coche los faroles,

y al fondo el Real, guardando sus palcos en la niebla.

 

(“El coche de caballos”. El Toro, la Muerte y el Agua 1936)

Agustín de Foxá

 

             

 

             Se cumplen veinte años, en este otoño caluroso del 2017, desde aquel lejano octubre de 1997 en el que un equipo de Arquitectos e Ingenieros, funcionarios todos del Ayuntamiento de Madrid, finalizamos la obra de remodelación de la Plaza de Oriente y de la construcción del paso subterráneo de la calle Bailén.

No se preocupen.

No voy a explicar ninguna característica técnica de una obra que fue muy extensa, difícil y complicada.

Mi intención al escribir estas líneas es, nada más y nada menos, recorrer en un breve espacio de papel o de bytes algunos de los muchos recuerdos, sensaciones y sentimientos de un largo tiempo de mi vida profesional que se almacenan en la memoria, siempre tan selectiva, intentando abandonar a su suerte en el olvido todo aquello que no fue generoso con las mejores intenciones.

 

Con frecuencia me gusta mucho ir a pasear un rato por la Plaza de Oriente y en esas caminatas me fijo en las caras de los jóvenes que recorren la plaza y el espacio peatonal de la calle Bailén que realza de manera importante el volumen del Palacio Real.

Al verlos con el futuro por escribir siempre pienso que un gran número de ellos todavía no habían nacido cuando nosotros entregamos la obra acabada a los madrileños. No creo que, a la gran mayoría, les interese mucho el porqué, el cómo y el cuándo de aquella obra y mucho menos de la pequeña historia de la misma. Me basta con que usen bien el espacio, lo disfruten, lo respeten y lo cuiden.

 

Pero confieso que me gustaría contarles cómo se abrieron los siglos en la plaza y hablamos de tú a tú con árabes, judíos y cristianos, con monárquicos y republicanos, con los reyes godos volando entre los árboles en su forzoso traslado, con el rey Felipe IV, Velázquez, el Conde-Duque de Olivares, Pietro Tacca y Galileo Galilei a lomos del caballo “en corveta” que, por primera vez en la historia de la escultura, encuentra el equilibrio estable desde el siglo XVII hasta hoy.

Continuaría contándoles como convivieron las casetas de obra con Lepanto en su jardín, con la envidia del Cabo Noval, los arqueólogos con su independencia, los políticos con sus vanidades, los ciudadanos con las molestias por las que siempre se pide perdón y parece que no acaban nunca, los periodistas con su búsqueda insaciable de polémicas y, vigilante, el Palacio Real controlando mayestáticamente nuestro trabajo.

 

Me gustaría hablarles también de la gran dificultad que supone trabajar en el corazón de Madrid, de todos los obstáculos que se superaron en cinco años de batalla, de las falsedades que se decían entre verdades a medias, de las difíciles decisiones que no podían esperar mucho tiempo en tomarse, de las noches en las que era difícil conciliar el sueño mientras pensabas en alguna solución adecuada.

Pero también trataría que los jóvenes, y los no tanto, supieran de la existencia de momentos felizmente inolvidables cuando se escuchaban comentarios favorables a la actuación, cuando alcanzábamos las metas volantes en el tiempo previsto, cuando era consciente de la confianza manteniéndose intacta en todo el equipo, cuando el cura Lezama y Paco Moreno nos dejaron usar gentilmente uno de los comedores más reservados del Café de Oriente para poder tener las reuniones de obra en los momentos en los que hubo que retirar por imposibilidad física las casetas de los jardines de Lepanto, cuando supimos que las obras de remodelación del Teatro Real finalizaban al mismo tiempo que la Plaza de Oriente, cuando contemplaba unas viejas fotografías de un niño, muy parecido a mí, montado en el cochecito, descrito por el poeta, tirado por un burrito que recorría el anillo de la plaza, haciendo sonar una pequeña campana, cuando supimos con certeza que terminábamos la obra y, sobre todo, cuando la tarde del día inaugural, después del acto protocolario y de comer en algún restaurante cercano, volvimos algunos al “lugar del crimen” mirando con satisfacción como muchas personas paseaban libremente por la extensa zona peatonal de nueva creación y comprobando que los vehículos circulaban sin problemas por el paso inferior de la calle Bailén.

 

Cercano al jardín del Cabo Noval se encontraba situado desde hacía muchos años un pequeño kiosco regentado por dos mujeres muy simpáticas que habían envejecido en la Plaza de Oriente vendiendo helados. Aquellas señoras nos preguntaban con mucha frecuencia a lo largo de la inacabable obra cuando íbamos a finalizarla y, sobre todo, si su puesto de helados tendría sitio en el futuro o, por el contrario, si perderían su trabajo. Aunque procurábamos tranquilizarlas no las tenían todas consigo, siempre empeñadas en obsequiarnos con algún bombón-helado que nos negábamos a aceptar, entre las palabras de aliento que las transmitíamos.

Con el paso del tiempo he olvidado sus nombres pero lo que no puedo olvidar es que aquella templada tarde del día de la inauguración, entre los madrileños que descubrían su nuevo espacio, el puesto de nuestras amigas seguía en su sitio de siempre. Cuando nos vieron, con la gran simpatía y casticismo que tenían, nos llamaron a voz en grito y nos conminaron, bajo amenaza de dejarnos de hablar, a coger de una puñetera vez los helados que tanto habíamos rechazado.

No pudimos negarnos y seguimos caminando, creo que felices, entre el gran número de nuevos usuarios de la plaza que por fin era de todos y nosotros nos convertíamos en unos más en disfrutar de la obra acabada.

 

Acontecieron muchísimos más lances pero ésos, de los que me acuerdo claro está, ésos se quedan en el secreto del sumario con el permiso de ustedes.

No dejen de ir a la Plaza de Oriente, háganme caso.

 

 

Madrid, a 1 y 2 de noviembre de 2017

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