Colaboraciones externas

TRES PASEOS POR FIRENZE

de Arturo Ordozgoiti

(I) SUEÑO Y GOZO DE DANTE

 

A B. Punto 

 

Al recorrer todos los círculos infernales, rodeados de sufrimientos sin límites, pensaba en vos, añorando vuestra gentil figura a mi lado. La compañía del excelso poeta era mi único apoyo. ¡Cuánto os echaba de menos, alejado de nuestra amada patria!

A pesar de las dificultades hemos regresado, mi amada B., al claro mundo de las cosas bellas y a poder gozar de las estrellas, después de superar el Purgatorio. Os espero a las puertas del Paraíso, cuando Virgilio me dice  haber cumplido su misión y me deja dueño de mis actos. Sólo con vos quiero recorrerlo.

Me preparo para esperaros donde el Arno dibuja su curva, entre las 100 torres de nuestra ciudad y las colinas de suaves perfiles, para iniciar con vos nuestro sendero hacia la Gloria. Os vislumbro de lejos, mi amada, escucho la cadencia de vuestro suave caminar y admiro vuestro vestido acariciado por la ligera brisa del río, prodigio de elegancia en la mañana, destacando vuestra figura en el fondo de cipreses. Sólo con vos quiero conocer el Paraíso.

- Buon dí, mi señor Dante.

- Buon dí, mi amada B., tan bella y colmada de hechizos.

 

 “Sintiéndose alabar camina ella/ benignamente de humildad vestida/ y parece una cosa que viniese/ del cielo a tierra por mostrar milagro” (Vida Nueva – XXVI)

 

- Mi señor Alighieri, en esta jornada he de deciros algo muy importante.

- Os escucho con deleite, gentilísima amada.

- Señor, he decidido no acompañaros en la ascensión celestial.

- Vuesas palabras, mi bella dama, colman de negras nubes la mañana. Gran dificultad debéis haber encontrado en vuestro discurrir, señora.

- Mi señor, seré sincera con vos: en el tiempo de vuestro alejamiento, que a fe mía ha parecido infinito, en las tardes solitarias comencé a leer al poeta que os acompañaba por las sendas de Lucifer, siendo así que sus bellos versos han llegado hasta lo más profundo de mi ser y mi conciencia, tanto que sólo su amor quiero, con su sabia compañía en la espera para conocer el Paraíso anhelado. Más antes hemos decidido pasar juntos unos días en un hotel con encanto, donde el bravío mar rompe en las rocas de la Hispania del Septentrión, que los infieles no pudieron domeñar.

Las palabras de B. acercan nuevamente los gritos insufribles del reino de Belcebú a mi cabeza y un  sudor frío comienza a resbalar entre las orejeras de mi gorro favorito.

- ¿Cómo es posible semejante afrenta al engañarme con Virgilio?

- Mi señor Dante, entenderéis que Virgilio Alberto es un poeta de reconocido prestigio y vos sólo un humilde becario.

- ¿Cómo ha dicho mi gentilísima dama que se denomina? ¿Virgilio Alberto? Si así fuere permitidme que os diga que es un fétido nombre de culebrón el que vos citáis. ¿Y qué cosa es ese ininteligible vocablo compuesto de un “hotel con encanto”? ¿Acaso habláis otra lengua distinta a nuestro “volgare”, tan alejada del latín de nuestros antepasados?

- Mi señor, el viaje por el Infierno ha trastornado vuestro entendimiento. Doy por finalizada la relación con vos y os diré, Alighieri que sé, desde hace mucho tiempo, que rondáis a una tal Gemma Donati, conocida por sus veleidades, y no os acepto por más tiempo semejantes bellaquerías. Comienzan a temblar mis piernas y retorno al calor insoportable de los círculos infernales.

“Lasciate ogni speranza voi ch’intrate ” (“Abandonad toda esperanza , vosotros los que entráis” ( Infierno – III )

 

Fundido a negro 

 

El sonido del teléfono móvil me despierta cayendo en la cuenta de que, afortunadamente, no soy Dante Alighieri, aunque el sudor de la angustia baña todavía la almohada de mi albergo fiorentino.

Recupero el uso de la razón. La diosa Fortuna está a mi lado, y soy consciente de que me encuentro en la ciudad de Firenze, única verdad del sueño, en la misma calle donde vivió Dante Alighieri, llevando el nombre del poeta, y a dos pasos de la ubicación donde estuvo su casa. Me espera un reconfortante paseo por su ciudad natal, por los lugares que fueron suyos antes de exiliarse de su amada patria.

Firenze es a Dante como Ítaca a Ulises. La diferencia con el héroe griego se encuentra en el hecho de que nuestro poeta no volvió nunca más al lugar donde abrió los ojos al mundo, donde fue bautizado en el famoso Battistero di San Giovanni, al que pienso dirigirme al final del dantesco paseo.

Ya que resido en estos días toscanos en un albergo situado en la calle donde estaban ubicadas las casas de los Alighieri y de los Portinari me encuentro con dos placas de mármol que recogen versos de la Divina Commedia dedicados a la Firenze de su época, la primera de ellas recordando el bello tiempo antiguo mientras la segunda muestra una cita del Inferno:

 

“Florencia, del primer cerco rodeada/ en donde aun sigue oyendo tercia y nona,/ en paz vivía, sobria y recatada” (Paradiso XV)

 

“Yo nací – les repuse – y he crecido/ al pie del Arno bello, en la gran villa,/ y el cuerpo que me veis siempre he tenido”. (Inferno XXIII)

 

La calle Dante Alighieri acoge, en su estrechez medieval, numerosos establecimientos de hostelería y tiendas de recuerdos turísticos y, a estas primeras horas de la mañana abrileña, se encuentra todavía poco concurrida, sin que hayan hecho acto de presencia las mesnadas de turistas conducidos por pastores que portan en su mano paraguas, pañuelos, varas, y otros artilugios de colores que evitan la dispersión de la grey.

Los estudios historiográficos y urbanísticos localizan la casa de los Alighieri enfrentada a la torre, todavía existente, denominada “della Castagna”, siendo una de las torres más antiguas y mejor conservadas de Firenze, a muy pocos pasos de la iglesia de la Badia y del Palazzo del Podestá, por lo tanto a mitad de camino entre la actual Piazza della Signoria y Santa Maria del Fiore.

La llamada Casa di Dante, que hoy es posible visitar, situada en el mismo lugar donde surgía la citada casa de los Alighieri, es en realidad un museo dedicado al poeta, construido por el Ayuntamiento en los primeros años del siglo XX, mereciendo la pena recorrerla.

Esta mañana, cuando paso por delante, veo un grupo de escolares en círculo escuchando muy atentos versos del gran poeta fiorentino, recitados por un actor vestido a la “maniera dantesca”.

Girando por Santa Margherita, hacia la via del Corso, me encuentro con el Palazzo Portinari Salvati, residencia que fue de la familia de Beatrice y, durante el período en el que Firenze fue capital de Italia, hecho del cual escribiré en el segundo artículo, fue la sede del Ministero di Grazia e Giustizia. Lo que hoy nos importa es que Dante niño veía salir de este portal a la coetánea de la cual se enamoró perdidamente.

Aparece, por fin, Beatrice Portinari, hija de Folco Portinari, ilustre ciudadano, quien, siendo amigo del padre de Dante le invitó, junto a su hijo, a la fiesta del Calendimaggio de 1274 que celebró en su casa. Según cuenta Boccaccio es en dicha fiesta donde el futuro poeta conoce a una niña de su misma edad que, quien lo iba a pensar entonces, conduciría al poeta Alighieri a conocer el Paraiso. Bice, la llamaba Dante.

Vuelvo mis pasos a la iglesia de Santa Margherita, conocida con el nombre de Chiesa di Dante e di Beatrice. No es de extrañar, ya que esta pequeña iglesia fue una de las más antiguas de la “cerchia antica”, es decir del caserío medieval que se arracimaba en el interior del primer recinto amurallado de Firenze, siendo la parroquia de diversas familias importantes como los Donati y los Portinari.

Entro en la iglesia. En el primer altar a la izquierda de la pequeña nave se encuentra una lápida con la presunta tumba de Beatrice, cubierta de mensajes donde los visitantes dejan sus reflexiones sobre el amor y la poesía. Realmente debemos a los ojos de una mujer la veta de la Literatura con mayúsculas.

A muy pocos pasos se sitúa el Oratorio di San Martino, pequeña iglesia fundada en el siglo X, donde tiene su sede la Compagnia dei Buonomini di San Martino, que ayudan a los necesitados que, por pudor, no piden limosna públicamente, tarea que continúan, desde su fundación en 1441, los doce hombres que la componen. La pequeña nave está decorada con delicados frescos atribuidos al taller de Ghirlandaio.

Las dos iglesias citadas anteriormente tienen una rivalidad entre sí por disputarse el honor de haber sido el templo donde tuvo lugar la boda de Dante Alighieri con Gemma Donati. Cualquiera de las dos podían haberlo sido ya que las dos familias vivían casi pegadas a ambas pequeñas iglesias. Dejo el litigio a los historiadores pero, si se me permite, apuesto por el Oratorio di San Martino, por la sencilla razón de que en Santa Margherita tiene su sede la Venerabile Compagnia dei Quochi (Venerable Compañía de los Cocineros), cuyo patrono es San Pascual Baylon, santo cuyo nombre, desde pequeño, me hizo mucha gracia y sigo hoy en día imaginando al santo bailando continuamente. Cosas de críos pero entenderán que no puedo unir el lugar donde la gentilísima Beatrice oraba con las juergas del santo bailarín.

Giro por la via del Proconsolo al encuentro de la Badia Fiorentina, complejo religioso de enredada historia, fundado por benedictinos, destacando entre sus tesoros un elegantísimo campanile erigido en el “trecento” resaltando en el monumental perfil de la ciudad, sobresaliendo asimismo el maravilloso Chiostro degli Aranci, difícil de visitar, con unos extraordinarios frescos.

 

Antes de salir del complejo me entretengo en la pequeña tienda donde venden productos que fabrica la congregación y recuerdos del lugar. Entablo conversación con una jovencísima monja, de origen flamenco, llamada Anje Lise, que habla un buen italiano, derrochando simpatía, a sus veinticinco años, en la dulce sonrisa de su rostro. Hubiera merecido un Botticelli que la pintara. Compro algún perfume y un libro sobre la Badia, y encamino mis pasos a la vía del Corso.

 

Esta calle, llamada así porque en ella se corría el Palio durante la fiesta de San Giovanni, se sitúa entre las más ricas de memorias medievales. Varios personajes de la época, vecinos de esta calle, están situados por el poeta en la Divina Commedia en lugares precisamente no muy recomendables.

Hago un recuerdo de Guido Cavalcanti, poeta amigo de Dante, que es uno de los grandes ausentes de la magna obra.

Llego al Palazzo Vecchio, con varias placas de versos de nuestro poeta, recordando los cargos políticos que también ejerció mientras vivía en su ciudad. El único reproche que Boccaccio hace a Dante es precisamente el de la pasión política que llevaba en las venas, siendo unos de los mejores ingredientes de su magna Commedia.

El tour dantesco, sin la compañía de Virgilio, continúa con una parada en la iglesia de Santa Maria Maggiore, donde está sepultado Brunetto Latini, intelectual fiorentino, tutor de Dante y personaje histórico de gran interés.

La meta de mi paseo es el famoso Battistero en la concurridísima Piazza di San Giovanni, junto al Duomo y al Campanile di Giotto, donde poder dar un paso es una auténtica hazaña.

En el Battistero fue bautizado el poeta, encontrándose en el lugar una placa que recoge los versos del último canto del Paradiso, relativos al rezo de San Bernardo a la Virgen María.

 

Es Dante Alighieri y su ciudad, a la que tanto lloró en el exilio. Se llama Firenze en la lengua que él hizo grande.

 

Después de una jornada plena de emociones literarias, me dirijo a la Piazza de la Repubblica para sentarme en “Le Giubbe Rosse”, uno de los cafés más famosos de las letras italianas, que continúa su tradición acogiendo a escritores y artistas. Al lado de mi mesa una pareja en los años de la razón se hablan con admiración mutua en sus ojos. Pasado un cierto tiempo el hombre se despide de ella, se levanta y se queda de pie, rígido, devolviendo la mirada a los preciosos ojos de la dama.

 

Ante unos bellos ojos de mujer, soñando con Dante y paseando con él, no me resisto a transcribir los dos cuartetos del soneto “Ne li occhi porta” de la “Vida Nueva”, tanto en la lengua del poeta como en la traducción en lengua española:

 

“Ne li occhi porta la mia donna Amore,/ per che si fa gentil ció ch’ella mira;/ ov’ella passa, ogn’om ver lei si gira,/ e cui saluta fa tremar lo core,/ sì che bassando il viso, tutto smore,/ e d’ogni suo difetto allor sospira:/ fugge dinanzi a lei superbia ed ira./ Aiutatemi, donne, farle onore”.

 

“Amor lleva en los ojos mi señora,/ por lo cual ennoblece cuanto mira;/ por donde pasa gíranse los hombres,/ y a quien saluda hace temblarle el pecho,/ tal que la vista baja y palidece,/ por todos sus defectos suspirando:/ ira y soberbia escapan ante ella./ Ayudadme a rendirle honor, oh damas”. (“Vida Nueva” – XXI)

 

¿ Y tú te querías ir con Virgilio Alberto…?

¡Cherchez la femme! 

 

Badia Fiorentina B&B – Firenze / Cañicosa (Segovia) / Abril 2018 

 

Nota del Autor: La traducción al español de los versos de la “Vita Nuova” es de D. Luis Martínez de Merlo, en la edición bilingüe editada por CÁTEDRA – LETRAS UNIVERSALES, 1991, y la traducción de los versos de “La Divina Commedia” se deben a D. Ángel Crespo en la edición bilingüe, ilustrada por Miquel Barceló, editada por GALAXIA GUTENBERG – CÍRCULO DE LECTORES, Octubre de 2002.

Presunta tumba de Simonetta y Dante y los escolares

(II) FIRENZE, CAPITAL DEL REINO DE ITALIA  1865 – 1871

 

A Emilio e Isabel

 

Firenze es la ciudad unida a Dante Alighieri, al Renacimiento, a Miguel Ángel, a Leonardo da Vinci, a Botticelli, y a tantos otros intelectuales y artistas que forjaron el puente entre la Edad Media y el renacer del Humanismo. En la actualidad está en peligro a causa del colapso turístico, epidemia de nuestros tiempos, como sucede en las otras grandes ciudades italianas (Roma, Venezia), que estudian filtros y medidas de control para que los millones de personas que, las recorren en auténticas manadas, no destrocen el infinito patrimonio artístico e histórico que posee la península italiana. Es una batalla que, entre todos, no sólo Italia, estamos obligados a ganar.

Esta ciudad, capital de la Toscana, es conocida y admirada por sus extraordinarios tesoros pero pocos saben que fue la capital del Reino de Italia durante un corto, aunque decisivo período, en el importante salto de una ciudad con la estructura medieval casi intacta, a una ciudad que comenzó a adaptar a su nueva condición capitalina la modernidad de las sociedades de la segunda mitad del siglo XIX, imbricadas en los nuevos avances sociales, científicos y también urbanísticos, que adapta las ciudades a desarrollos urbanos basados en las nuevas teorías higienistas, iniciadas en la Ilustración, y empujados por la fuerza de la Revolución Industrial.

Como consecuencia de la Convención de 1864 con Napoleón III, el Gobierno del ya unido Reino de Italia, salvo Roma que todavía era la capital del Estado de la Iglesia, tutelada por los franceses, decide trasladar la capital, Torino, a otra ciudad cuya posición en la geografía peninsular fuera más central y, por lo tanto, más protegida de las potencias Austríacas y Francesas. La elegida es Firenze.

La noticia crea un importante malestar en Torino, explotando grandes desórdenes públicos, con un balance de más de cincuenta muertos y casi doscientos heridos graves. Pero la decisión está tomada.

 

El día 3 de febrero de 1865 el Rey Vittorio Emanuele II viaja en tren a la ciudad del Arno, siendo recibido con grandes manifestaciones de júbilo hasta el Palazzo Pitti, residencia elegida por el monarca.

Se inicia el breve período, casi seis años, de capitalidad de la ciudad de los Medici y de Machiavelli, antecedentes políticos de su brillante Renacimiento, que deberían haber servido como ejemplo de inteligencia y sabiduría en el gobierno de la nueva y vieja Nación.

Palazzo Vecchio acogió la Cámara de Diputados, nada menos que en el Salone dei Cinquecento, y el Ministerio de Asuntos Exteriores; el Senado se alojó en los Uffizi, siendo el Palazzo Medici Riccardi la nueva sede de la Presidencia del Gobierno y del Ministerio del Interior.

La unión entre política, sabiduría renacentista y arte no podía mejorarse en casi ninguna otra ciudad italiana. Lástima que durase tan pocos años.

Sin embargo este corto sexenio capitalino fue el origen de la importante y necesaria transformación   urbanística de Firenze, pasando de ser una ciudad medieval, cerrada entre murallas, a acoger en en su Centro Histórico, y también extramuros, la nueva geometría urbana, cuyas trazas, además de motivadas por las nuevas exigencias sociales y económicas, están inspiradas o, mejor dicho, reflejadas en el espejo de las reformas haussmanianas de París.

El nuevo impulso político de la capitalidad llevó también consigo una toma de posición de las clases económicamente poderosas, incluidos el capital británico y estadounidense, previendo y alentando importantes negocios inmobiliarios, como igualmente sucedió unos años después cuando Roma fue designada la nueva capital de la ya definitiva Italia unida.

Diré que Firenze había llegado prácticamente intacta en su estructura medieval, cercada por la muralla y con espacios abiertos, huertos y jardines, también intramuros, cuando la Toscana entra a formar parte del Regno di Sardegna, después Regno d’Italia, en el plebiscito de 1860. El urbanismo medieval, desde la perspectiva de los avances técnicos y sociales, convierte estas ciudades en guetos obsoletos con abigarrados caseríos donde, exceptuando las clases más altas, son lugares de un gran hacinamiento físico, originándose continuamente una proliferación de epidemias por la absoluta falta de higiene. No sólo Firenze, la mayor parte de las viejas ciudades europeas sufren idénticos males.

Los encargados de planificar la nueva Firenze, al frente de los cuales está Giuseppe Poggi, son muy conscientes de que no se puede mantener en estas condiciones la nueva Capital del Reino, teniendo en cuenta el aluvión de personas que van a llegar para trabajar en las diversas oficinas administrativas del gobierno de la nación.

Dando un salto en el tiempo hay que comentar que no son comparables los criterios al analizar las viejas ciudades medievales que se manejaban en el siglo XIX con nuestra visión generalizada actual, en pleno siglo XXI, ya que convertimos en parques temáticos el importante patrimonio arquitectónico  legado por la Edad Media, utilizando las avanzadas teorías y técnicas de la restauración, nacidas no por casualidad en Italia, lo que nos permite contemplar pueblos y centros históricos de origen medieval, admirar su antiguo urbanismo y la belleza de sus arquitecturas, sin darnos mucha cuenta de que, tal y como se conservaban en el siglo XIX, eran absolutamente inhabitables. Este razonamiemto debe servirnos para ponderar de forma equilibrada el trabajo, a veces de toda una vida, de políticos, arquitectos, ingenieros, etc., que tuvieron la obligación profesional de convertir en más humanas las ciudades históricas europeas, alejando los peligros de las tremendas epidemias de antaño, de manera que se pudieran transmitir a las siguientes generaciones.

 

Hoy, un miércoles abrileño, amanece en una Firenze tranquila con una temperatura suave, cuando me dispongo a iniciar un paseo por algunas de las zonas y actuaciones urbanas que cambiaron, en  los años que transcurren entre 1865 y 1895, el centro histórico y el espacio extramuros de la ciudad del Arno.

Inicio el camino recorriendo una parte del Viale dei Colli, un largo paseo entre Porta Romana y el Ponte San Niccoló, realización que se encargó al arquitecto e ingeniero Giuseppe Poggi, autor del Plan de Modernización y Saneamiento del ensanche de Firenze, quien, junto con Giogio Vasari y Bernardo Buontalenti, han sido los arquitectos que más han contribuido al desarrollo de la ciudad post-medieval que hoy conocemos.

Paseo entre villas que, sin duda, pertenecieron a las familias más poderosas de la ciudad, conformando un extarordinario escenario de tranquilidad y belleza. El viaje desemboca en el famoso Piazzale Michelangelo, ¿qué visitante de Firenze no tiene una foto en este punto privilegiado de la visión del perfil de la ciudad, donde la cúpula de Brunelleschi es un canto a la perfección?, quién no se ha extasiado ante esta perspectiva inolvidable, arriesgándose a sufrir el famoso Síndrome de Stendhal? Por cierto, el entregado escritor a la belleza de Firenze sufrió su famoso Síndrome en el complejo de la Santa Croce, en concreto ante la belleza de las proporciones de la Cappella Pazzi de un tal Brunelleschi. El hombre no pudo aguantar más, no me extraña.

 

En el mismo Piazzale Michelangelo, con una copia del David de Miguel Ángel en su centro, un grupo de chicas españolas, en viaje de estudios, me solicitan que les haga una fotografía y que se vea la cúpula, eh. Pregunto a las jóvenes y simpáticas colegialas qué les parece esta magnífica ciudad que tienen al alcance de sus ojos. Las expresiones con las que me definen Firenze son las actuales de la juventud hispánica: guay, chuli, mola mazo, dabuten, divina de la muerte, superbonita, etc. Lástima, me quedo pensando, con la cantidad de preciosos y precisos adjetivos con los que se puede definir la joya toscana en la lengua española.

Me despido de ellas y desciendo por las rampas del Piazzale, hasta llegar al nivel del río, cruzándolo por el Ponte di San Niccoló. En esta orilla norte del Arno se inician los llamados Viales de Circunvalación que se construyeron siguiendo el trazado de las antiguas murallas derruidas. Son grandes vías arboladas que circundan en anillo el centro de la ciudad histórica, inspirados en los “boulevard” parisinos, como antes he señalado. El objetivo de estos viales no era sólo estético sino que también se trazaron por exigencias del tráfico rodado, el de la época claro, anticipando en unos cuantos años la actual situación de los coches, circulándose por ellos en la actualidad con una cierta fluidez.

Las puertas de las antiguas murallas se conservan casi todas, situadas, a lo largo del anillo de los viales, en el centro de las grandes plazas que se construyeron, desde las cuales se inician calles amplias y rectilíneas, donde la edificación residencial burguesa permitía el habitat de la clase funcionarial del estado y de la Corte, creándose nuevos barrios, después de expropiar algunas zonas de jardines y huertos.

Desecho el caminar por estos viales y dirijo mis pasos por la orilla del río, los llamados Lungarnos, creados en esos años, para acercarme al centro histórico y dar una vuelta por las intervenciones que se realizaron en esa época.

Contemporáneamente al Plano Regulador del arquitecto Poggi, se pusieron en marcha otros proyectos en el centro: se amplió el Ponte alla Carraia y se trazó una calle rectilínea entre Palazzo Pitti y Piazza Santo Spirito.

Llego a la Piazza della Signoria, donde se derribaron algunos edificios adyacentes al Palazzo Vecchio y se ampliaron varios callejones para acceder con más comodidad a esta extraordinaria plaza. Se amplian y regularizan diversas calles del Centro Histórico como la via dei Calzaiuoli. La via de’Tornabuoni, la via Strozzi y la propia Piazza del Duomo, abriéndose la via degli Avelli. En estas nuevas calles y, en las más prestigiosas de la ciudad, los edificios importantes se rehabilitan con nuevas fachadas.

Cuando se traslada la capital a Roma, año 1871, Firenze vive un período de recesión y crisis, ya que tanto la administración pública como el capital privado no estaban precisamente demasiado interesados en seguir los trabajos, obviamente por la disminución de la población, que busca su acomodo en la nueva capital del Reino, pareciendo excesivas las nuevas infraestructuras ciudadanas, retornando los problemas de acceso al centro de la ciudad y a las zonas densamente habitadas.

Faltaba un centro que representase la modernidad de la urbe, valorándose sus monumentos. Volvió a situarse en las mesas de trabajo y los tableros de dibujo el estudio del área del Mercato Vecchio, situado donde se encontraba el Foro en la época romana, siendo la zona el centro geográfico de la ciudad.

En 1881 el Ayuntamiento fiorentino encargó a una comisión la valoración del estado de los edificios y de las condiciones de vida de los habitantes de la zona del Mercato, teniendo en cuenta que, entre los años 1870 – 1874, se había construido el nuevo Mercato Centrale cerca de San Lorenzo, obra del arquitecto Giuseppe Mengoni, autor de la famosa y espléndida Galleria Vittorio Emanuele de Milano.

El proyecto definitivo sobre el área del Mercato Vecchio se aprobó el 2 de abril de 1885, y, en el mes de julio, la población de la zona había sido ya evacuada y todas las propiedades expropiadas.

 

Hago una parada en un banco de esta zona, entre japoneses que se dedican al noble arte del selfie caminando juntos en hileras, cargando con diminutas mochilitas proporcionadas a sus orientales dimensiones.

Seguro que ustedes, lectores, han estado alguna vez en su vida en Firenze, y a los que todavía no hayan encontrado un hueco en sus quehaceres para conocerla seguro que les falta poco, se habrán fijado que, justo en su centro, se contempla una zona que responde a otros parámetros arquitectónicos del resto de la ciudad histórica. Pues bien, este espacio cuya intervención principal fue la actual Piazza della Repubblica, era donde se asentaba el Mercato Vecchio y otras edificaciones medievales conservadas todavía en estos años de un otoñal siglo XIX. Es una arquitectura en la línea de las tendencias surgidas aquellos años en otras ciudades europeas, que albergó la alta burguesía de la época, sin haberse integrado formalmente en el tejido del Centro Histórico. Cuando se acerquen a comprobar si el Ponte Vecchio sigue en su sitio, paseen por la zona de Repubblica y lo podrán comprobar.

Todas estas actuaciones urbanas que, simplificando, he reseñado en este artículo, finalizadas entre 1890 y 1895, son conocidas como el “Risanamento di Firenze” (Saneamiento de Firenze), señalando los datos, explícitos “per se”, de que la superficie de la ciudad en 1865 era de 6,3 Km2 y pasó a tener 44,43 Km2, es decir multiplicó por siete, aproximadamente, su dimensión medieval. Esta es la Firenze que conocemos hoy en día, sin incluir los desarrollos posteriores del siglo XX.

 

Al llegar a Piazza della Repubblica, objetivo final del paseo, no puedo evitar sentarme a tomar un cappuccino en mi favorito y literario “Le Giubbe Rosse”.

Tranquilos, hoy no citaré a Dante Alighieri. 

 

Badia Fiorentina B&B (Firenze) – Cañicosa (Segovia) / Abril - Mayo 2018

Planta de Florencia 1860 y 1895

(III) 4 NOVIEMBRE 1966

 

A Teresa, Javier y Pablo por entender y, en algunos casos compartir, mi amor por Italia

 

(“Todo hombre tiene dos patrias./ Aquella en la que nace y Firenze”. Leonardo Bruni,  humanista, historiador  y político)

 

En las primeras horas del viernes 4 de noviembre de 1966, Fiesta Nacional y de las Fuerzas Armadas en Italia, después de dos días de continua e intensa lluvia, el Arno comienza a desbordarse en la capital de la Toscana. Las fuerzas de seguridad todavía estaban lejos de saber que, en aquella dramática noche, iban a caer entre 180 y 200 l/m², haciendo crecer de manera vertiginosa el nivel del río, alcanzando el higrómetro, a la altura del centro histórico, la profundidad de 8,69 mts., antes de ser destruido por las aguas fuera de control.

A media noche ya se había cortado la famosa Autostrada del Sole, dirección Sur, y el ferrocarril a Roma. Hora y media después el agua del Arno comienza a desbordar las alcantarillas y, en poco tiempo más, explotan una a una debido a la gran presión a la que han sido sometidas.

También en estos mismos momentos se inundan el zoo y el hipódromo, muriendo ahogados numerosos animales y setenta caballos de raza.

Hacia las tres de la madrugada el río ha desbordado ya todos los muros de contención y se pide ayuda, por parte de la Prefectura  y Alcaldía, al Ministerio del Interior en Roma, sin valorarse acertadamente el nivel máximo de emergencia alcanzado. Una hora más tarde el centro comienza a inundarse y en el barrio de Santa Croce se corta la electricidad. A las cinco de la madrugada los orfebres del Ponte Vecchio intentan poner a salvo las joyas más preciadas al mismo tiempo que en la provincia se precipita la situación de peligro y varios párrocos hacen sonar las campanas de las pequeñas iglesias. El Arno comienza a inundar la Biblioteca Nazionale Centrale.

A las nueve horas de la mañana del día 4 las aguas irrumpen en la Piazza del Duomo, llegando al nivel del primer piso de los edificios. Se rompen las conducciones de agua en algunas calles. El alcalde de Firenze se encuentra aislado en el Palazzo Vecchio.

Al mediodía se conocen las primeras víctimas, dos ancianos ahogados en su casa. En esos momentos la gente pide abrir las puertas de la cárcel de Murate, para acoger a los reclusos en sus casas; se establece así una ejemplar relación humana (uno de los reclusos prometió, como señal de agradecimiento, a la señora de la casa donde había sido acogido, una buena recompensa, si al salir de la prisión pudiera dar un “buen golpe”). La mayoría se entregó a la Policía o volvió tranquilamente a la cárcel, superada la emergencia.

En las primeras horas vespertinas los dos tercios de la ciudad estaban inundados, alcanzando el nivel del agua los seis metros de altura.

A la caida de la tarde el Arno comienza lentamente a abandonar la ciudad para volver a su cauce, dejando un panorama digno, esta vez sí, del Infierno dantesco. El día cinco de noviembre el río continuó inundando muchas zonas de la Toscana, aguas abajo.

El balance de víctimas fue de 35 muertos, 17 en la ciudad y 18 en los alrededores y más de 200 heridos. Acabaron bajo el agua alrededor de un millón de libros, siendo recuperados el 85%.

La BBC lanzó esta alarma: “El mundo está a punto de perder Florencia, una de sus joyas”.

 

Estoy desayunando en mi alojamiento fiorentino, regido por un simpático toscano, de 83 años, con una admirable vitalidad y estupendas condiciones físicas, llamado Bruno. En estos día he tenido ocasión de hablar con él de diversos temas relacionados con la ciudad pero, en esta última mañana de mi semana en Firenze, ay, le pido que me cuente sus recuerdos de aquel lejano 4 de noviembre de1966.

Bruno abre mucho los ojos y, con las manos, hace un gesto clásico del pueblo itálico, y me contesta:

- Ud. es muy joven para acordarse de la última inundación de Firenze.

- Bruno, soy más joven que usted, pero tengo buena memoria. Además tenga en cuenta que el año anterior al aluvión, 1965, pisé por primera vez en mi vida esta extraordinaria ciudad y la noticia del desastre me preocupó muchísimo.

- Me parece, caro amico, que es usted más italiano que español.

- Bueno, Bruno, vamos a dejar las cosas en empate. Cuénteme, ¿qué hacia usted en aquella época?

- Trabajaba en una bar de mi familia, en el barrio de Santa Croce. No he podido nunca olvidar ni aquella noche ni los días sucesivos. El temporal fue peor que el Diluvio Universal, ¡Madonna!, era parecido a los tsunamis que vemos en la televisión. Menos mal que vivíamos en el mismo edificio del bar, y pudimos encontrar refugio en la tercera planta. El nivel del agua alcanzó los siete metros. Cuando las aguas comenzaron a retirarse se inició un via crucis para superar el desastre que costó mucho tiempo, mucho trabajo y mucho dinero.

- Tengo entendido, por lo que he leído, que ustedes, los fiorentinos, pelearon como el león que les simboliza y representa, para devolver su ciudad a la normalidad. Creo que receibieron bastante ayuda del extranjero.

- Certo, furono cosí le cose, económicamente la ayuda del gobierno italiano no fue precisamente excesiva, bien es cierto que aumentaron los impuestos de la gasolina -me dice con gesto pícaro-, pero, en contrapartida, el factor humano fue decisivo en la reconstrucción; no sólo hablo de nosotros, también vino rápidamente mucha gente de otras regiones italianas para trabajar en el desescombro, limpieza, trabajos de intendencia, etc., junto a muchos extranjeros, especialmemte británicos y norteamericanos que, como usted sabe, siempre han tenido un especial cariño y admiración por esta ciudad. Los denominamos “Los ángeles del fango”. Nombre muy acertado porque, por ejemplo, muchos meses después todavía teníamos fango en los enchufes eléctricos.

 

Bruno, en este momento de la conversación, manifiesta en sus ojos la emoción de quien ha peleado por salvar su ciudad, sus raíces, su tierra y los suyos, de la fuerza de la naturaleza que no escondía su capacidad de destrucción. Firenze ha sufrido en su larga vida varias avenidas del Arno como la del 66, aunque con consecuencias menos graves.

No quiero cansar a mi amigo fiorentino.

 

- Bruno, ha sido un placer hablar con usted, como en todos estos días en su albergue.

- Ud. se va mañana, ¿cierto?

- Así es, mañana me despido del Arno pero, no se preocupe que, aunque todavía no he partido, ya tengo “el mono” de retornar.

- Bien, sigo trabajando. Arrivederci, signore.

- Arrivederci, Bruno, é stato un piacere conoscerla.

 

Inicio el paseo con el objetivo de saborear mis últimas horas en Firenze visitando dos de las iglesias más importantes que más padecieron en aquel 4 de noviembre: Santa Maria Novella y la Santa Croce. El sol hace su presencia en la ciudad, al igual que el día posterior al aluvión cuando, retiradas las aguas del río a su cauce, el centro histórico amaneció con una alfombra de medio metro de fango.

La Basílica de Santa Maria Novella me recibe extraordinariamente bella, presumiendo de su fachada a la plaza, obra del arquitecto Leone Battista Alberti, mostrando la admirable proporción en el

trazado de sus mármoles blancos y verdes, feliz conjunción armónica del gótico inicial con el genio renacentista. Está declarada Patrimonio de la Humanidad y, uniendo arquitectura y literatura, recuerdo que el gran Boccaccio situó uno de sus relatos del Decamerone en una de sus capillas laterales. Alberga en su interior, entre otras, obras maestras de Ghirlandaio, Massaccio, así como el famoso Crucifijo de madera de Brunelleschi.

El día del aluvión la iglesia, por encontrarse ligeramente más elevada, no sufrió tanta destrucción como los claustros monumentales con sus exquisitos frescos, literalmente sumergidos por las aguas enfangadas. En el denominado Claustro Verde el agua superó la altura de dos metros y medio, como señala la placa conmemorativa, una de las muchas existentes en la ciudad, con el fin de no olvidar nunca las catástrofes originadas por la crecida del Arno a través de los siglos.

Una vez retiradas las aguas se comprobó que los frescos habían sufrido grandes daños, presentándo sus superficies impregnadas de residuos fangosos mezclados con espesos estratos de gasóleo, surgido de los depósitos de las calefacciones de los edificios, recién acabados de llenarse para afrontar el cercano invierno.

Como en los otros complejos monumentales de la ciudad actuaron inmediatamente los restauradores especializados, implantando las primeras medidas de urgencia.

En SMN los frescos de Paolo Uccello, como ejemplo emocionante cuando los contemplas, se recolocaron en su lugar en 1983, diecisiete años después de grandes trabajos, fueron objeto de otra intervención entre los años 2012 y 2014, en la que todavía aparecen, tantos años después, trazas residuales del fango.

Son interesantísimas las explicaciones técnicas que el arquitecto encargado de los trabajos de conservación del complejo SMN tiene la gentileza de contarme, y aunque no quiero aburrir en este artículo con tecnicismos, si deseo que se valore el gran esfuerzo realizado por los diversos profesionales en la recuperación de tantas obras de arte dañadas, alrededor de 1500, y cabe señalar que, todavía hoy, las instituciones trabajan en la restauración del patrimonio atacado por el aluvión del 66, elaborándose al mismo tiempo, planes de medidas preventivas para poder hacer frente, mejor preparados, futuras posibles inundaciones. Ojalá que nunca sean necesarios.

Dejando a mis espaldas Santa Maria Novella me encamino despacio, no me quiero ir, por las calles de Firenze, que recobra poco a poco el habitual bullicio callejero, incluidos turistas, hacia otra joya de la arquitectura como es la basílica de la Santa Croce.

Esta preciosa iglesia está constituida, en su nave central, como un auténtico Panteón de Hombres Ilustres, no se lo pierdan: Miguel Ángel,Galileo Galilei, Macchiavelli, Ugo Foscolo, así como otros personajes legendarios de la historia de la ciudad y de Occidente, incluyendo un cenotafio dedicado a Dante Alighieri, cuya tumba, como es conocido, se encuentra en la ciudad de Ravenna, donde falleció en el exilio.

La fatídica inundación del 66 provocó grandes daños en el complejo de Santa Croce, convirtiéndole en el símbolo de las pérdidas del Patrimonio Artístico de la ciudad, pero también en el ejemplo de su posterior renacimiento por los trabajos de restauración.

Hablar de la Santa Croce como se merece nos llevaría a otros foros que no son los de este artículo que sólo pretende dar a conocer una página dramática de Firenze, escondida en la historia del siglo XX.

Sin embargo no quiero finalizar sin señalar la extraordinaria obra maestra de la arquitectura como es la Cappella Pazzi, del maestro de arquitectos Filippo Brunelleschi, y especialmente el Cristo de Cimabue, sufriendo estas cumbres artísticas grandes daños, sobre todo el Cristo que quedó casi sumergido del todo en el Cenacolo donde estaba situado, y que fue trasladado urgentemente al invernadero de los limones, “La limonaia”, del Palazzo Pitti, para que alcanzara las adecuadas condiciones de temperatura para su desecación. “Cimabue entre limones”, podría ser un bonito título para la historia de la recuperación fiorentina.

A pesar del gran trabajo realizado se siguen apreciando las grandes heridas producidas en el Cristo de Cimabue, cuya posición en la Santa Croce es la que tuvo siempre, así como también la Última Cena, también muy dañada, de Giorgio Vasari, entre otras muchas obras de arte.

En el museo de la Santa Croce, han instalado una pantalla donde se proyecta un impresionante video de aquellos días que muestra los grandes daños sufridos.

 

Salgo del complejo por el patio de la Cappella Pazzi dirigiendo mis pasos hacia el Arno. Llego hasta el Lungarno Corsini deteniéndome a la altura del Ponte alla Carraia. Me apoyo en uno de los pretiles que coronan los muros de contención del río, con la mirada secuestrada por el Ponte Vecchio al fondo. Comparo esta siempre fascinante vista con las imágenes del video visto anteriormente, en las que también aparecía el puente en aquel dramático día.

De reojo miro al Arno, ¡a ver si no nos das más disgustos!, dirigiéndome después a la Piazza della Signoria.

Mañana vuelo temprano a Madrid.

Ciao, Firenze. Ci vediamo.  

 

Badia Fiorentina B&B (Firenze) – Madrid / Abril - Mayo 2018

Piazzas del Duomo y della Signoria

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