Colaboraciones externas

En un atardecer romano

de Arturo Ordozgoiti

                                                                                                                        A José Ramón

 

LA BBELLEZZA

Che gran dono di Dio ch’é la bbellezza!

Sopra de li quadrini hai da tenella:

pe vvia che la ricchezza nun da’ cquella

e cco cquella s’acquista la ricchezza

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LA BELLEZA

 

¡Qué regalo de Dios es la belleza!

La tienes que estimar más que el dinero

puesto que la riqueza no da aquella

y con aquella compras la riqueza

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(Giuseppe Gioacchino Belli, poeta romano del XIX en dialecto romanesco).

 

Pisé por primera vez las calles de Roma en la primavera de 1965.

Yo tenía quince años y ella 2718 de “aeternitas” recién cumplida que no supusieron ningún obstáculo para enamorarme de su belleza.

En aquellos días en sus vías, entre sus monumentos, circulaban las legendarias “Vespas” como enjambres, los grupos de peregrinos camino de San Pietro, las muchachas de ajustados vestidos contoneándose seguras de su atractivo, los anuncios de los míticos bombones “Baci Perugina”, los vendedores de corbatas de seda (?) (tres por 100 liras), los cines donde se podía fumar mientras veíamos “James Bond contra Goldfinger”, los FIAT “500”, las sedes de barrio del PCI con su hoz y su martillo que tanto nos asombraban, las prostitutas asentadas en los alrededores de las Termas de Caracalla alrededor de pequeñas fogatas llamándonos a gritos (Fellini en estado puro), y en mi vida, ya para siempre, se quedaron las fontanas de agua transparente reflejando en sus vasos de mármol travertino la luz blanca de la noche romana y los rostros en movimiento de aquel puñado de estudiantes que, por primera vez, descubrían al tacto la textura de la ciudad, su piel inigualable.

 

Mucho tiempo después, con mi mochila cargada de años y de muchos días por las calles de Roma que la diosa Fortuna me regaló, me encontraba en un “pomeriggio” romano de otoño entrando en el portal nº 31 de la Piazza di Spagna. El ascensor paró en la planta tercera donde tenía una cita. Toqué el timbre.

Una dicharachera muchacha abrió la puerta y dio una gentil bienvenida al que había sido en vida el domicilio y estudio del pintor Giorgio de Chirico, agradeciendo la visita y comenzando el recorrido por la breve narración de la vida del artista deteniéndose, sobre todo, en los años que había vivido en ese piso, junto a su segunda mujer Isabella Far, desde 1948.

Aunque siempre tengo la sensación de cometer el delito de allanamiento de morada al entrar en una casa donde haya vivido un escritor o un artista, esta vez encontré un acogedor sentimiento nada más iniciar la visita a la vivienda de Chirico, en la cercanía del mundo privado y cotidiano del pintor.

En la planta principal descubres grandes salones en estilo “seicentesco”, incluso con el viejo televisor donde veía los partidos de calcio, concebidos como un lugar de encuentros, entre sus cuadros y esculturas a través de una selección de sus obras de los años 40 y 50, incluyendo algún autorretrato y retratos de Isabella, hasta la serie de pinturas de su período clasificado como “Neometafísico” de los diez últimos años de su carrera.

No es este el lugar para hacer una completa descripción de la vivienda pero no me resisto a comentar la subida por la escalera interior a la segunda planta donde se encuentran los dormitorios y el estudio del artista. De Chirico y su mujer dormían en dormitorios separados y él tuvo la elegancia de dejar a Isabella el dormitorio cuya ventana se asoma a un lateral de la bellísima escalinata que conduce a la iglesia de Trinitá dei Monti. No pude disfrutar mucho del estudio porque había tenido una inundación y poco se podía ver entre lonas y andamios.

Roma siempre en obras.

Despedida de la simpática guía que era una italiana de religión budista y con novio asturiano. También había algo de  metafísico en ella.

De Chirico en su libro de Memorias dice:

“Dicen que Roma es el centro del mundo y que la Piazza di Spagna es el centro de Roma, y en consecuencia, mi mujer y yo vivimos en el centro del centro del mundo, lo que es el colmo de la centricidad y el colmo de la antiexcentricidad”.

Bajando en el ascensor iba pensando en la admiración que tenía de Chirico por Velázquez, cuyas pinturas había conocido bien en un viaje a España en 1929 y por quien sintió devoción después de su descubrimiento en el Prado.

Los turistas se agolpan en “La barcaccia” de Bernini padre mientras inicio la subida por la escalinata de Piazza di Spagna, obra del arquitecto Alessandro Specchi en el s. XVIII y financiada por Francia, todo un prodigio barroco de composición de líneas, mientras asciendes en un movimiento armónico hasta que llegas a la cima del antiguo Monte Pincio, en la plataforma donde se asienta Trinitá dei Monti custodiada por el obelisco Salustiano, realizado en la Roma Imperial imitando los obeliscos egipcios.

Dejo atrás la iglesia caminando por el Viale di Trinitá dei Monti y me dirijo a la segunda cita de esta tarde romana en la colina del Pincio: Villa Medici.

No es mi primera visita a este hermoso complejo de arquitectura, escultura, junto a sus famosos jardines, hoy propiedad de la Academia Francesa en Roma desde los tiempos de Napoleón, donde se permite el acceso, previa inscripción, a esta Villa que acogió la colección extraordinaria de antigüedades de los Medici antes de su traslado a Firenze en el siglo XVIII, convirtiéndose en la base de la colección de los Uffizi.

Pero aquel día sólo quería recorrer sus jardines, mantenidos prácticamente sin cambios desde el s. XVII y cuyos antiguos pabellones acogen a los artistas pensionados franceses que ganan el “Prix de Rome”. Quería caminar entre sus parterres para pasear virtualmente con Velázquez, huésped de los Duques cuando cayo enfermo con unas fiebres hacia 1630, a causa de la poca salubridad que existía en el casco antiguo de Roma.

Este privilegio de poder andar por los paseos de los jardines Medici pensando que Velázquez apoyó su caballete en este lugar para pintar sus pequeños y bellísimos cuadros de las vistas del Jardín de Villa Medici que admiramos en el Museo del Prado, es una de las muchas experiencias romanas emocionantes en el “continuum” gozo estético de esta ciudad.

A esta vibración sensorial al estar delante de los motivos paisajísticos que eligió el pintor para realizar los únicos paisajes de toda su obra pictórica, se une otro hilo no muy conocido lamentablemente por los españoles que visitan Roma. Es el camino de la Roma española, el camino de las muchas e importantes presencias de España, desde los Reyes Católicos hasta prácticamente el XIX. Un ignorado recorrido por las arquitecturas, las fundaciones, la pintura y escultura , las aportaciones literarias, políticas, y también alguna acción no precisamente ejemplar, que los españoles aportamos a la historia de Roma contribuyendo a su belleza. Algún día me gustaría escribir sobre ello en este generoso rincón literario.

Pero vuelvo a aquel atardecer en los jardines de Villa Medici y, al lado virtual de Velázquez, me doy cuenta de que también ha subido conmigo hasta el Pincio Giorgio de Chirico, que le pilla bien cerca, a disfrutar del recuerdo del admirado pintor sevillano. Y yo con los dos.

“¡Qué regalo de Dios es la belleza”!, dice el Belli. Sólo hay que preocuparse de saber donde se encuentra.

La tarde cae sobre Roma.

Desde la balaustrada de los jardines Medici asomada a la ciudad, me quedo mirando un buen rato el ocaso romano de ocres y violetas y el perfil de sus cúpulas, de las geometrías que se perfilan en el atardecer. Lo que un cursi contemporáneo llamaría el “sky line”. Presidiendo el bello espectáculo destaca “Er cupolone”, como llaman en dialecto romanesco la cúpula de San Pedro, que tuvo a bien regalarnos un artista llamado Buonarrotti, entre otros.

Acaban mis horas vespertinas al lado de dos grandes pintores en los lugares donde manejaron sus pinceles. No puedo pedir más.

 

Me vuelvo caminando despacio por la Via Sistina hacia la Via degli Avignonesi donde conozco unas trattorie sin turistas y con excelente pasta.

Después, en el hotel, tomo algunas notas de la jornada que me han servido, después de un tiempo, para escribir este breve homenaje a la belleza de una ciudad.

 

ROMA CAPUT MUNDI

 

                                  Hotel Julia (Roma) – Cañicosa (Segovia) / Julio 2017

Fotos de Villa Medici tomadas la tarde de referencia. Una, parte del perfil romano desde la balaustrada del jardín; la otra, una de las dos puertas que pintó Velázquez y que se conserva tal cual.
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