Colaboraciones externas

Torino, después de los años.

de Arturo Ordozgoiti

                                                                                                    

                                                                                                            A Luisa de Santis

 

“Senza l’Italia, Torino sarebbe più o meno la stessa cosa, / ma senza Torino, l’Italia sarebbe molto diversa (Sin Italia, Torino sería más o menos la misma cosa, / pero sin Torino, Italia sería muy distinta”. Umberto Eco.

 

 

        

       Treinta años atrás estuve por primera vez en Torino, la primera capital del Reino de Italia sólo por cuatro años (1861-1865), y quería volver a verla, observar después de tanto tiempo como habíamos cambiado los dos, siendo muy consciente de que el que tenía todas las de perder era yo. Las ciudades envejecen muy bien cuando se las cuida con inteligencia, cuando sus responsables las conocen en profundidad, entendiendo sus valores y morfología. Es el caso de Torino, ciudad con aroma francés en la regularidad  geométrica de sus calles y plazas, en el estilo de sus palacios, de sus “portici” (soportales, pórticos) con sus 18 kilómetros de arcadas que conforman la referencia y el símbolo urbanístico por excelencia de la capital del Piemonte, predominando un bello “settecento”, racional, y también adjetivado por el periodista y escritor italiano Guido Piovene como “ un po’ pignolo”, es decir algo puntilloso. Es el resultado de una planificación urbana de adecuadas ordenanzas, culta, de armoniosas proporciones, proyectada por brillantes arquitectos como Ascano Vitozzi, Filippo Juvarra (autor también del proyecto del Palacio Real de Madrid) y Benedetto Alfieri, como los más representativos.

       Los torinesi pasean bajo las arcadas de sus portici protegiéndose de la nieve, de la lluvia, del calor en verano, parándose en los escaparates de las tiendas, sentándose en las mesas de los muchos y refinados cafés, comprando en las exquisitas pastelerías. En la actualidad los portici se promocionan con eventos comerciales como el otoñal “Portici Divini”, dedicado al vino con las consiguientes degustaciones, “Dolci Portici”, ofreciendo una golosa primavera, o “Portici di Carta”, la librería más larga del mundo, ¡¡ 18 km., nada menos!!, que por desgracia no coincide con mi estancia.

         Torino comparte su aire afrancesado con un barniz jesuítico, a la española, en sus muchas iglesias que presentan ese barroco propio de la Compañía de Jesús, sin caer en la embriaguez de la curva ni en el exceso de teatralidad del brillante barroco romano. Destaca, entre todas, la Cappella della Santa Sindone, capolavoro del gran arquitecto y matemático Guarino Guarini, que, después de sufrir un gravísimo incendio a finales de los años noventa del pasado siglo, abre nuevamente sus puertas al finalizar una espléndida restauración, como sólo saben realizarlas los artistas italianos; su prodigiosa cúpula es uno de los numerosos virus que me atacan en Italia provocándome el “Síndrome de Stendhal”.

         Torino es una ciudad que respira entre la montaña y la llanura padana, entre los Alpes y el Po. Dos geografías complementarias, siempre escribiendo la gran Historia italiana, desmintiendo el refrán que dice “piemontese falso e cortese” (piemontés falso y cortés), porque sus habitantes son sinceros y educados siempre, a veces algo esquinados como las cumbres alpinas, con cierto barroquismo en su lenguaje pero con un gracejo bien humorado, algo afectado en sus decires. Capital del Piemonte donde la elegancia, la cultura y la ciencia tomaron posesión de sus palazzi y museos, aristocrática y emprendedora y cabeza del Risorgimento que condujo a Italia a su unidad como nación.

       Recorro la Via Roma, la Via Lagrange, acercándome a dos museos importantes en la estructura cultural de la ciudad: el Museo Egizio y el Museo Nazionale del Risorgimento. El Egizio está asentado en el “Palazzo dell’Accademia delle Scienze”, obra de Guarini, compartido con el llamado “Collegio dei Nobili”, obra de Michelangelo Garove. En los últimos años se ha realizado una remodelación ejemplar, convirtiéndolo en vanguardia de la nueva museografía con un alto grado tecnológico. Posee una importantísima colección de piezas recogidas en las sucesivas excavaciones arqueológicas efectuadas por arqueólogos y científicos italianos apoyados siempre por la dinastía de los Savoia, consiguiendo que el Museo Egizio sea el segundo en importancia del mundo, después del propio Museo de El Cairo.

       En el recorrido por el museo me entretengo en escuchar, como un alumno más, las explicaciones de una profesora de enseñanza media que tiene la gentileza de dedicarme una sonrisa. Está muy preparada y envidio a estos jóvenes que tienen la fortuna de escuchar una lección de gran nivel. Devuelvo el saludo a la professoressa y busco la salida que, como en todos los museos en la actualidad, finaliza en la tienda estupendamente dotada de todo tipo de libros y recuerdos. Caigo en la tentación comprando una lograda reproducción en resina de la estatua de Ramsés II arrodillado. Con el pensamiento todavía a orillas del Nilo decido visitar el Museo Nazionale del Risorgimento. Se encuentra ubicado en el Palazzo Carignano, otra joya de Guarino Guarini, donde tuvieron su sede la Cámara de los Diputados del Regno di Sardegna (1848-1865) y la Cámara de Diputados del Regno d’Italia (1861-1865) que, como curiosidad, no se llegó a utilizar como tal ya que finalizaron los trabajos de acondicionamiento cuando la capital de Italia ya se había trasladado a Firenze.

       Las Olimpiadas de Invierno del año 2006 tuvieron su sede en Torino y se convirtieron en un vector poderoso que modernizó la ciudad. Entre las actuaciones urbanas realizadas se construyó el Metro, de moderna tecnología, en una primera línea a la que seguirá próximamente la segunda. Cojo el metro y me traslado al barrio Lingotto donde se encuentra la histórica sede de la FIAT, reconvertida en los años finales del siglo XX a otros usos: salas de conciertos, cines, salas de exposiciones, centro comercial, hotel, etc.

       El proyecto fue del prestigioso arquitecto genovés Renzo Piano (en la actualidad está preparando el proyecto del nuevo viaducto de Genova  que sustituirá al anterior de dramático final) a quien la familia Agnelli encarga diseñar un espacio en la zona central del extenso edificio que acoja un conjunto de obras de arte de su colección. Piano construye un pequeño pero bellísimo edificio situado en la cubierta de la antigua sede de la FIAT como si fuera un gran helicóptero posado sobre la terraza. La Pinacoteca Giovanni – Marella Agnelli es una recogida galería de pintura antigua y moderna, con alguna escultura, de gran valor: Canaletto, Canova, Manet, Renoir, Matisse, Picasso, Balla, Severini, Modigliani, forman la exposición permanente de la misma.

       Al finalizar la visita se puede salir a la gran terraza de la antigua fábrica donde se encuentra el circuito de pruebas al que accedían los nuevos automóviles desde el interior del edificio por una elegante rampa en espiral. El vehículo aparecía en la gran terraza donde esperaba un piloto de competición para probar el coche dando una vuelta por el circuito que tiene más de dos kilómetros con dos curvas de 180º de grandes peraltes. Es una experiencia agradable pasear por esta terraza que forma parte inseparable de la historia del automovilismo del siglo pasado.

Paseo por los Portici recorriendo algunas de las galería que los cruzan, entro en sus librerías, pruebo algunos de los dulces en sus distinguidas pastelerías, me siento en los cafés antañones para sucumbir ante un buen cappuccino o un Negroni, sin olvidar el famoso Bicerin, bebida típica de Torino compuesta de leche, cacao, café y otros aromas, acordándome de Alejandro Dumas, quien escribió un elogio de la singular bebida. Observo desde mi mesa a los paseantes admirando la belleza de las mujeres, “¡Viva Torino, la città delle belle donne!” decía una antigua canción, pisando armoniosamente con sus altos zapatos de tacón los mármoles de los pavimentos.

      Bella es también la Mole Antonelliana, un edificio singular que caracteriza por la dimensión de su  airosa cúpula el perfil de la ciudad, destinado en origen a sinagoga acogiendo hoy en día un extraordinario Museo Nazionale del Cinema (no olvidemos que en Torino estuvieron los primeros estudios cinematográficos de Italia, antes que en la romana Cinecittà), dedicado a la historia del cine italiano e internacional, con una buena colección de aparatos ópticos precursores del cinematógrafo, un amplísimo conjunto de fotografías y carteles y miles, miles de películas. En la sala central existen unas comodísimas tumbonas donde te recuestas mientras observas en unas grandes pantallas trailers de famosas películas de la historia del cine. Es un adecuado descanso que aumenta tus fuerzas para continuar la visita del museo.

       La capital del Piemonte es también un lugar misterioso, mágico. El Bien y el Mal están entre sus edificios, sus plazas, aparecen en sus esculturas y fuentes, se esconden en los Portici. El diablo, las brujas, entre la historia y la leyenda, las geometrías que conducen a crípticas relaciones matemáticas, son parte del alma oculta de la ciudad. Cuando preguntas por estas esotéricas cuestiones siempre te contestan dejando entender que hay que tomarlas en serio, alimentando la fama del misterio torinese. No sé si estas enigmáticas condiciones influyen en una afluencia turística de nivel menor que en las grandes reinas del turismo en Italia, lo cual es de agradecer. No te encuentras, no, con infinitas ristras de japoneses o españoles, sólo te acompañan turistas italianos de muy diferentes acentos, lo cual repercute en unos recorridos sin muchedumbres ni aglomeraciones, poco ruidosos, es decir en un lugar único en los tiempos que corren.

       Podría escribir sobre muchos más lugares interesantes de Torino pero, para no alargar el artículo, prefiero transmitir a los lectores la curiosidad de buscar la belleza en sitios menos conocidos de la ciudad y del Piemonte, sin necesidad de acercarse a los majestuosos Alpes.

Dejo para el final de mi semana en Torino la subida a la colina de Superga. Es una elevación que se encuentra en la línea de pequeñas altitudes que acompañan el transcurrir del Po a su paso por la ciudad, donde se erigió una basílica, cuyo arquitecto fue también Filippo Juvarra.  En su cripta se encuentran los enterramientos de gran parte de la monarquía italiana de los Savoia. Este lugar recuerda, en dimensiones algo más reducidas, el Pudridero y la cripta de San Lorenzo de El Escorial, con sus oros, mármoles, estatuas, en la apología de lo funebre.

Para terminar estos apuntes de un gratísimo viaje me van a permitir que les hable de un recuerdo de mi infancia. Cuando yo era niño escuchaba de labios de mi padre la dramática historia de un accidente aéreo sucedido el 4 de mayo de 1949 en la colina de Superga, justo en el muro de contención de la Basílica contra el que se estrelló un avión de las Líneas Italianas en el que viajaba, volviendo de Lisboa, el equipo de fútbol del Torino, conocido como “Il grande Torino, el mejor equipo italiano de fútbol de la época y base de la selección de los Azzurri. Perdieron la vida todos los jugadores, dirigentes y periodistas que los acompañaban. No hubo supervivientes.

       Doy la vuelta a la Basílica de Superga por un sendero que conduce al lugar exacto donde se estrelló el avión del Torino, donde se ha construido una gran lápida-memorial, homenaje a todos los fallecidos cuyos nombres figuran en la misma. A su alrededor se encuentran una gran cantidad de bufandas de todos los equipos italianos, grandes o pequeños, profesionales y aficionados, así como de muchísimos equipos del resto del mundo, destacando la del Benfica portugués, último equipo contra el que jugó el desdichado Grande Torino. También destaca la bufanda del River Plate argentino, equipo que se desplazó a la capital del Piemonte para jugar un partido de homenaje a los futbolistas desaparecidos. Entre los jugadores argentinos que se desplazaron a Italia figuraba nada menos que Alfredo Di Stefano, entonces jugador de River. Tenía muchas ganas de estar en este lugar mítico de mi infancia. El fútbol o es sueño de niños o no es nada.

       Desde la ventanilla del avión veo levantar su vuelo sobre la ciudad mágica ganando metros a los Alpes que, escasos de nieve en estas fechas, protegen en su abrazo geológico la península italiana, “il bel paese”. La ciudad empequeñece mientras me despido de ella, espero que no para siempre, y pienso como hubiera sido si hubiera continuado ejerciendo de capital de Italia en el algo más de siglo y medio que ha transcurrido desde entonces.

         El único problema que tuvo la bella Torino es que Roma siempre fue “Caput Mundi”.

 

 

PIANO3, Torino, - Madrid / Octubre-Noviembre 2018

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