GRANDES REPORTAJES Javier Figuero

“EL CIELO ESTÁ AQUÍ DONDE VIVE jULIETA”

La Italia de Shakespeare

En torno a un traje negro de solemnidad, la gorguera blanca divide en dos la anatomía del viajero. La cabeza es de cisne, “Cisne de Avon”, dirán ya de él los contemporáneos, y el apelativo no repugna en Milán, la entrada natural a la Italia del norte, donde se representará el juego de la particular comedia del arte, que bien podría ser todo este gran anacronismo que proponemos. Por debajo de la gorguera, un cuerpo enjuto ataviado en negro con traje de corte pacato e inglés, pero elegido con el refinamiento del creador que busca el escenario para ese lúdico Renacimiento, del que tiene cumplidas noticias.


Milán. Los dos hidalgos de Verona. Escena Primera. Acto Segundo.


Enseguida habrá que ir al Duomo, el centro espiritual de la urbe, para encomendarse a la Madonna, presencia señera de una catedral gigantesca que se construía ya en el siglo XIV, casi dos antes de que naciera el viajero, 1564. Pero a la misma María Naciente le será difícil darle referencia de esa gloria que reclama este a la ciudad, en contrapartida a la que le dio al identificarla dentro de su obra. El milagro es que le hable de la Pinacoteca de Brera, donde, escondido entre los Tintorettos, los Mantegnas o Pietros della Francesca, Francisco Hayer, fundador de la escuela romántica lombarda, firma el cuadro de El Beso. El viajero hará ante él obligada cura de humildad: tela sobria, sencilla, melancólica, que debe sin embargo estremecerle por el solo hecho de ser conocida como El adiós de Romeo y Julieta. Antes, eso sí, ha pasado por la Piazza della Scala y, como lleva siglos de historia en los oídos, escucha todavía las notas del Otelo que Verdi estrenó un día en el gran templo de la ópera. Por lo demás, tampoco dejará de apreciar el testimonio vivo de ese escritor del que se sirvió para mejorar la propia métrica: Francesco Petrarca. Como este, gustará de la Cartuja de Garegnano, revestida con los frescos de Crespi que adoró también un compatriota taimado, un tal Lord Byron. Ambiente medieval que podría documentar dramas no concretados. Igual que la Iglesia de Sant’Ambrogio o la Piazza Mercanti, escenarios que anota, para, de vuelta a Londres, proponer cinematografiar Los dos hidalgos con ayuda de la BBC o de la RAI. Anotaciones imprecisas, en cualquier caso, pues no es comediógrafo que guste de definir sus marcos. Además, el parco Milán español, de cuya existencia supo entonces, no es ya el de los aledaños de la Via Monte Napoleone, centro mundial de la moda y del refinamiento con el tiempo. Aunque bien podría la firma Armani aprovechar las intuiciones del texto con fines publicitarios: Relámpago, el criado de Valentín, uno de los hidalgos, abre la escena ofreciendo el guante de Silvia a su señor, que no duda al valorar los complementos: “¡Adorno encantador que cubres una mano divina!”.

Verona. La tragedia de Romeo y Julieta.


El color predominante en la ciudad, el del mármol rosa y blanco, hace concebir al viajero tempranas y cumplidas esperanzas. Y, luego, destacará también sus bellísimos abetos y sus frondosos magnolios. En la Piazza Brà, punto natural para el encuentro, confirmará ya sus animosas impresiones en la inscripción de las palabras de Romeo: “Fuera de los muros de Verona no existe mundo, sino purgatorio; tormentos y el infierno mismo”. El cielo del amante anida todavía en la Via Capello, donde radica la casa que dicen que fue de los Capuleto: “El cielo está aquí, donde vive Julieta”. El viajero accederá a la misma a través de la magnífica Piazza Erbe, en cuyo animado mercadillo hará bien en comprar Moscata de Italia. Entonces, fresco ya el gaznate con la uva, le entraran mejor los Baci di Romeo y los Baci di Giulietta que degustará en una pastelería próxima. Blancos los primeros besos: de chocolate blanco, albúmina y azúcar; marrones los segundos: de nueces, mantequilla, azúcar, albúmina y miel. En el exterior de la casa que busca, hacen perpetua guardia un par de senegaleses ofertando artículos piratas, no solo de besos de albúmina vive el hombre. Dentro, ahora sí, está el mismísimo templo del amor: un recoleto pario donde, por supuesto, existe un restaurante con el nombre de ella. También hay una parra americana sin fruto y una glicinia donde cualquier día acabaran por trepar los senegaleses para mejor mostrar los artículos piratas. O el dueño del restaurante para anunciar su risotto. Por el momento, los turistas que vienen del mundo exterior, del purgatorio, siguen uniendo sus nombres en las paredes: Mónica / Lupo, Nikita / Gorta, Manolo / Eduardo, Rakel, corazón solitario… Se harán fotos mirando el famoso balcón por el que apareciera en escena la muchacha. Y, luego otra con su propia estatua. En confianza, sin temor. Ya advertirá algún magnánimo Veronés de la maldición de la misma: quien toca su pecho ya no podrá cambiar de mujer en la vida. Habrá, pese a todo, quien arriesgue el futuro por el gesto. Pero estará avisado. Después el viajero cuenta cuatrocientos pasos para alcanzar la casa que dicen de los Montesco. Se pasa, y es una bendición, por la bella Piazza el Dante. Y, cuando se llega, resulta ser una hostería con menú a precio fijo. En la puerta se advierte de la utilización de productos congelados. Queda, finalmente, la oportunidad de pasear la digestión hasta la tumba de Julieta, en el Lundadige Capuletti. Fría, marmórea, desapacible como las tumbas de todas las leyendas. Más viva que otras: junto a la misma, innumerables cartas que demandan solución para los males de amor. A ella, que fue a morir por los suyos.

Mantua. La tragedia de Romeo y Julieta. Acto Quinto. Escena Primera.


Ahora, el viajero se dará cuenta de que en verdad en Mantua se vive pendiente de Verona (“¡Noticias de Verona! ¿Qué hay Baltasar? ¿Traes alguna carta del fraile? ¿Está buena mi señora? ¿Sigue bien mi padre? ¿Cómo lo pasa mi Julieta?). Pendientes, cuanto menos, para no caer en lo
mismo, porque nadie va a comerciar aquí con la leyenda; no hay dulces con los nombres de los amantes, no hay estatuas, inscripciones. No están sus nombres. Una señora le señala al viajero una casa cercana a la Piazza Sordello, donde albergó su exilio Romeo, pero las autoridades turísticas ríen la ocurrencia. Al fin y al cabo, en esta bella ciudad nació Virgilio y la propia humildad del viajero le distancia de su empeño. Comprobará, eso sí, que acertó en el simbolismo del destierro del héroe, pues la urbe fue fundada por una virgen, Manto, a la que llaman “cruel”, y bien se sabe que no hubo mayor crueldad para el enamorado. El viajero no gusta, claro, de los reality-shows; pero, de hacerlo hubiera podido encerrar a Romeo en la siniestra jaula que los grandes señores de la localidad, los Gonzaga, construían en la torre de la Via Cavour por los años precisamente en que él dialogaba la tragedia. En todo caso, anotará en la libreta que este es el gran escenario para cinematografiar el argumento: sus calles empedradas, sus palacios y sus rotondas, que en otro tiempo ampararon experiencias de amorosa carnalidad como las que el soñaba con Julieta. Recuérdese al libertino duque de Mantua del Rigoletto de Verdi, Porque, desde luego, no es esta ciudad del desamor.


Padua. La doma de la bravía.


“Justa Padua, madre de las artes”, escribió en su momento el viajero, pero ya se sabe hoy en Italia que eso es decir casi nada. En todo caso, la presunta maternidad queda aparentemente abortada por un tráfico urbano caótico y una arquitectura de aluvión que despersonaliza su pasado. Lo hay, claro, pues fue esta la segunda ciudad universitaria del país y se tiene memoria en ella nada menos que de lecciones dictadas por Dante y Galileo. Pero predomina ahora ese ambiente comercial y negociador que pone en la cara del viajero la altiva sonrisa de quien supo acertar con el presagio: Allí marchó su personaje Petruchio desde Verona para encontrar una boda de dinero. El viajero, que ambiciona sobre todas las cosas los beneficios del lenguaje, tiene sin embargo razones para peregrinar por sus intereses. En la bella y abigarrada Basílica de San Antonio, aquí conocida simplemente como “del santo”, están los restos incorruptos más meritorios del ídem, incluida su mandíbula. Hay que saber que San Antonio de Padua hablaba tan bien, o mejor, que Cicerón o Savonarola y que, entre los milagros que puede conceder, está el don de la mejor palabra, nada baladí en la época que corre.

Venecia. El mercader de Venecia. Otelo, el moro de Venecia.


Venecia abruma incluso a nuestro distinguido viajero. Son tantos los señeros testigos de su particularidad, que los más flotan indiferentes por las aguas de los canales, sin que sirva que este lo firme Goethe o Byron, aquel Dickens o Joyce y los de allá Proust y Mann. En Venecia, el cisne de Avon, es otro cisne. Debía querer reconocerlo cuando puso en boca del Salarino de El mercader estas palabras: “Vuestra imaginación se bambolea en el océano, donde vuestros enormes galeones, con las velas infladas majestuosamente como señores y ricos burgueses de las olas, o si lo prefería, como palacios móviles del mar…”. Pasearla, navegarla también, es definitivamente para el viajero la gran renuncia del privilegio, pues todo es aquí privilegio. Ciudad impía que se casa cada año con el mar y edifica al tiempo las más bellas iglesias; ciudad de ladrones que robo incluso los restos de su patrón San Marcos hasta hacerse bella como ninguna, señora de todo el oro de la cristiandad; ciudad en perpetuo carnaval, ciudad de locos (carnaval: la fiesta de los locos) en la que solo se puede verdaderamente vivir con la máscara de la incólume belleza en el rostro o jugando al billar, como Byron para protegerse del asombro. Pronto el viajero sabe de todo ello, pero en la mañana azul de su destino busca entre las callejuelas la ventana del Adriático para ver a Otelo partir hacia Chipre o llega al gueto a saludar al rencoroso Shylock. Mas tampoco ahora escribirá acotaciones a las escenas. Porque apenas tiene como la propia heroína de El mercader con sus pretendientes, una sola propuesta de la ciudad a sus lectores: “Quien me elija debe arriesgarlo todo por mí”. Lo demás es hacer el turista, y son más de catorce millones los que llegan al año.


¿Fue Shakespeare nuestro viajero?


Pese a la falta de documentos probatorios, algunos estudiosos siguen insistiendo en la idea de que William Shakespeare visitó el norte de la actual Italia. Tampoco los que se oponen a la misma pueden argumentar testimonios valorables. Pero hay quien dice que recientemente se la ha visto por la zona con el cuerpo dividido en dos por una gorguera blanca en torno a un traje negro de solemnidad.

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