Colaboraciones externas

Cuaderno viajero

de Javier Reverte

Desde que comenzaron mis viajes, hace ya una buena cantidad de años, no concibo la idea de echarme mundo adelante si no es con cuaderno en el bolsillo. Supongo que ahora existen medios electrónicos más sofisticados que un bloc de notas y un bolígrafo de usar y tirar, pero de la misma manera que nunca llevo conmigo un móvil, no me veo cargado de cables, baterías y pantallas mientras pateo los senderos polvorientos de África o desciendo ríos bravos en canoa. Hace unos años, remando rio abajo el Yukón, mi barca volcó y una buena parte de mi equipaje se empapó. Mis maltrechos cuadernos de viaje se secaron al fuego junto con las ropas y rescaté lo que decían mis notas, en tanto que una máquina de fotos digital quedó inutilizada para siempre. Si hubiera llevado conmigo sistemas electrónicos de almacenamiento de datos, lo habría perdido todo: cuando la informática y la Naturaleza se enfrentan, suele ganar esta última.

En los viajes llevo dos tipos de cuadernos y son de los más baratos que se encuentran en el mercado. Ambos tienen hojas que se sujetan con una espiral metálica. Los primeros, a los que podría llamar algo así como breviarios de batalla, van en el bolsillo trasero del pantalón o en el de la chaqueta o cazadora. Miden unos 10 centímetros de largo y algo menos de ancho, llevan tapas de cartón plastificado y calculo que contienen algo más de cien hojas. En ellos voy tomando las notas del momento, con una letra apresurada que, a veces, incluso a mi me cuesta trabajo entender: un diálogo, la descripción de un atardecer, el paseo por un mercado, lo que sugiere el rostro de una mujer, una idea o un poema surgidos de pronto, un nombre, una dirección…, cualquier cosa que creo de utilidad para el libro que escribiré meses después.

Los otros cuadernos son de la misma clase, pero más grandes, de unos 20 por 15 centímetros: los tradicionales cuadernos escolares, en suma. Éstos me esperan en el hotel o los llevo bien guardados en la pequeña mochila en donde viajan la cámara de fotos, mi billete de avión de vuelta, el libro de poemas que ando leyendo en esos días y los medicamentos que preciso tomar a diario, esto es: todo aquello que no puedo perder. En estos blocks -que podría llamar diarios de viaje- y ayudado por los cuadernitos de batalla, escribo cada noche, con detalle y sin prisa, todo lo que aconteció y pensé durante el día. Son por decirlo así, el trabajo previo al libro, el trabajo de campo. Mientras relleno las cuartillas con letra algo más cuidada, voy arrancando las hojas del pequeño cuaderno de batalla y tirándolas a la papelera.

Al final del viaje, son esas libretas colegiales la esencia misma de la narración que habré de estructurar y escribir a mi vuelta. Sin ellas, no habría libro. Y todas los guardo con mimo en los archivos de mi casa, sagrados objetos que constituyen parte de mi vida.

De la misma manera que no me disfrazo de viajero para viajar, tampoco busco cuadernos de marca famosa o de diseño para tomar mis notas. El mejor cuaderno de bitácora es el viaje en sí mismo. Y esos viajes yo los guardo en mi alma y, en buena parte, en esas cuartillas del block colegial.

Pensándolo bien, me resulta curioso que, para tomar las notas de mis viajes de adulto, haya recurrido a los cuadernos colegiales. Acaso sea porque en el alma de todo vagabundo palpita todavía el corazón del niño que soñaba con recorrer los caminos del mundo.

 Anastasia Beunza, Buenos Aires,Argentina. Pintora, poeta y Arquitecto por la Universidad de Buenos Aires. Cursa ahora la carrera de Psicología en la Universidad de Palermo.
Del viaje a China. En el libro: Un verano chino. Viaje a un país sin pasado
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