Colaboraciones externas

Prólogo al libro TÚ, YO Y LA BRUMA de JAVIER FIGUERO

de Jose Luis Valls

Los poemas Yo, tú y la bruma son incorporaciones visibles de lo aún desconocido, en el sentido de aquello que no es menos familiar: el porvenir como resto inevitable. Las imágenes gráficas que se entrelazan con la palabra poética son un testimonio de la detención, de lo suspendido, de lo que ha sido abandonado al enigma de toda trasmisión fundada en inestables revelos. En una zona limítrofe entre las imágenes y las palabras emerge la dimensión indecible de la visibilidad y, al mismo tiempo, esa dificultad es el centro de la búsqueda de los textos de Javier Figuero.

En su singular libro de poesía se intersectan líneas de intenso lirismo y reflexiones sobre el destino existencial con imágenes que van escandiendo el devenir de las páginas configurando a su vez un vasto poema que excede los bordes de los lenguajes que lo componen.

Si escribir es abandonarse a la fascinación de la ausencia del tiempo para inventar un devenir propio o mejor un devenir significado poéticamente, si la literatura es la dimensión insólita y fascinante donde el tiempo se puede nombrar, esa fascinación en Yo, tú y la bruma se hace también imagen, se corporiza en un juego que es tanto la refiguración de las palabras en imágenes y la reinscripción de lo concreto en forma de imagen pero dicho en palabras.

Figuero para desestabilizar la servidumbre de las palabras y las imágenes a las cosas invierte poéticamente el sentido común que las hace depender de lo que representan en el mundo.

Ahora bien, creer que los poemas son poemas porque comprenden metáforas, comparaciones, imágenes, es mantener solidariamente la hegemonía de la mirada vulgar, es dejarse seducir por la prédica de los guardianes de los lectores.

Los poemas de Yo, tú y la bruma nombran el sentido a partir de su propia ausencia, como las imágenes se hacen visibles sobre la ausencia de las cosas, lenguajes que se orientan también a la sombra de los acontecimientos, no a su realidad, por el hecho de que las palabras que los manifiestan no son solo signos, sino imágenes de palabras y palabras en las que el sentido se dice en imágenes.

Tan erróneo como creer que la poesía espera a que el objeto se convierta en imagen, lo que implicaría que un poema es poema porque acumula metáforas o comparaciones, es creer que la poesía está hecha con palabras. Así como la escultura no está hecha a partir de la piedra sino que es la presencia de esa piedra, que sin la escultura permanecería oculta en el uso que se hace de ella, ¿dónde es más piedra la piedra que en una escultura?, así el poema tampoco está hecho con palabras, antes bien, a partir del poema es que aparecen las palabras.

Pues no, Javier Figuero no es de los que tienen en su haber una sola palabra para cada cosa. No es así. Lo demuestra en cada uno de esos sonidos con significados que inventó el ser humano que él posee en su haber, desde luego en el cómo los pone en acto. Son sonidos con significados que remiten a imágenes y generan imágenes, sonidos con significado que en este caso también son imagen, imagen escrita, imagen de palabra escrita por sus propias manos en este libro. Javier carga con un equipaje rebosante de palabras para una cosa, tras ellas se avisoran, se murmuran, se oyen a su vez múltiples metáforas. Son palabras que significan muchas otras, con diversa belleza y diversos recorridos, todos ambiguos, todos neblinosos, todos claros, todos logrados. Son muchas, si, pero no le pesan sobre sus omóplatos, pareciera que ahí él tuviese alas como las del gorrión, por su libertad, o las del águila o quizás el cóndor, por su altura. Son barriletes de papel que emulan satélites de acero que pueden con el viento, que giran en su flotar permanente en el universo, que envían mensajes en lugar de recibirlos, que planean en el firmamento y desde ahí se derraman sobre el papel tras su presa. Se zambullen desde su alma. En cada nueva situación Javier abre su cofre y elige y si no le agradan las que guarda en su memoria saca otras de la manga cual tahúr. Siempre son las más bellas, las más adecuadas, las más crudas, las más simples. Esa elección semeja impensada, el orden es para después. La palabra brota de su manantial de manera silenciosamente brutal, como en una tarde de un verano tórrido en la ciudad. La metáfora surge de su galera cual liebre desprevenida y nos sorprende, pues de pronto esa figura creada en nosotros deviene lo real, es materia concreta, es el cemento de la obra, su obra literaria.

En los poemas de Figuero las palabras son femeninas, tienen cuerpo de mujer, huelen a mujer, se percibe eso en la suavidad de sus bordes, en el pliegue de sus codos, en sus selvas a veces devastadas por las carreteras del cambio climático y el progreso tecnológico. Pero además esas palabras están casi exclusivamente referidas a la mujer, a Afrodita, esa pudorosa e imantada figura humana; esa figura de la que cuesta escapar, que no permite esas miradas furtivas y obligadas, esa figura del amor cortés. Esas palabras son un homenaje a todas las mujeres envueltas en la bruma de lo cotidiano, de lo adverso, de las sábanas, de sus ropas o de la falta de ellas. Arrancar esas vallas es parte del camino. Pertenecen a ese universo adulterado y deseado hasta las lágrimas, a ese enigma indescifrable para el hombre. Eso indescifrable que Javier insiste en descifrar y que menos mal, nunca consigue. Porque eso no es lo importante, sí lo es el sendero trazado, el camino recorrido en ese viaje. Ese viaje disfrutado. Son palabras de un poeta que ama lo bello y lo ensalza hasta límites que conmueven, que sonríen, que lubrican nuestros ojos, así como a los del autor y de su poesía.

Su poesía por momentos es deslumbrante, un cañonazo a lo burdo, a lo fútil. Es algo práctico que cambia la faz de la tierra, la hace más vivible, menos fugaz. Con ese gesto su poesía desarma lo práctico, lo vuelve impracticable girando en un universo cargado de eternidad, son alaridos en ese silencio inaudito. Uno tiembla, no puede asirse, resbala embadurnado de la belleza de una tumba egipcia, de un mármol devenido sentimiento, devenido cuerpo de mujer. Son palabras esculpidas en la forma de lo bello, en la luz del amanecer de un día limpio, en una tarde llena de rosas de Palermo.

Javier ha querido que yo abriera la puerta de su obra y eso me honra, me llena de orgullo, pero ¿y si yo tampoco existo? ¿y si sólo soy parte de su frondoso imaginario? Quizás lo haya hecho por él y por ambos, reuniéndonos en la admiración por Borges a quien llama maestro y con quien comparto el lugar de mi nacimiento, quizás sea por la ballena blanca de la que lo separa el océano con quien sucede algo parecido, quizá sea por su sed de aventura, su necesidad de surcar los mares de su amplio mundo o por amor a su seguramente no tan conocido Macedonio. Pues eso haré, también lo haré también con mis manos de artesano, esculpiré en el vacío de mi laptop, como pareciera hacer él en este libro cargado de poesía necesaria, voluptuosa, indomable, ésta que me llega de sus manos. Javier no es Iniesta ni Messi, es la “mano de Dios”.

Pero no, tampoco Javier se rinde al que dicta las leyes como sí lo hace ante la ley de gravedad frente a los pies femeninos. No se somete, se rebela, no se lava las manos como es obligatorio en Arizona. No, y si bien no es un Lenín ni un Robespierre. A lo sumo, si uno se deja llevar por los rumores históricos, podría ser tan rebelde como uno de los Plantagenet ante Leonor de Aquitania. El personaje Javier no lo fusila ni le corta la cabeza al rey ¡he fucks the queen! Esto es una victoria al fin. Es un rebelde, si, pero ante lo aburrido de lo repetido, no lo soporta, desea la adrenalina del peligro pese a no soportarse como héroe. Es un artista, un poeta, quiere dejar crecer su alma en el contacto con otros cuerpos deseados y diferentes al suyo a los que les canta y ¡cómo! Quiere aprender de lo distinto, su espíritu está buscando aventura, novedad, diferencia en la similitud. En el fondo busca la verdad sabiendo que es una falsedad. Pero no ceja, la busca. Encontrarla o no, es otra cosa, es lo de menos. El tema es seguir buscando hasta que aparezca esa sombra, hasta que deje de disimular tras su escondite. Esa sombra que de tanto en tanto sonríe en sus poemas, como sabiéndose la ganadora del torneo. 

Éste es un libro de poemas, de poemas escritos por un verdadero poeta, heredero de Federico, de Juan Ramón, de Antonio, hasta de diversos Migueles; de poetas de sangre española de quienes se desprende. No le canta a su España con quien por momentos hasta parece con cierto disgusto, como a veces lo estamos todos con nuestra casa por amarla hasta los tuétanos. Pero hay algo más, Javier es un hombre de todos los países, no de uno. Es un hombre que le canta a su “home” española que reside en la mujer. Javier Figuero es un poeta universal. Como Rafael, en este libro también nos invita ¡A galopar, a galopar, hasta enterrarnos en el mar!

En literatura el verbo leer se conjuga fatalmente en primera persona, no hay miradas neutrales ni distancias asépticas. Tú, yo y la bruma es un conjunto de poemas notables e inquietantes en los que como lector no he podido elegir mi sitio, ni tampoco colocarme en la postura excéntrica del espectador. La alternativa de un sitio fijo me ha resultado insostenible frente al texto y/o en el afuera del texto; entonces he buscado un lugar en el que podría prescindir de la servidumbre de escribir lo que leyéndolo me parecería dado, consumado, un lugar en el que estaría frente a algo ya escrito. Mi mirada me ha puesto en escena, he sido puesto en escena por los textos. Los poemas de Javier Figuero me orientaron hacia mis incalculables posiciones de lectura, que han recorrido sin fin los textos escritos en mi cuerpo.

Para finalizar quiero dejar sentada una advertencia: todo aquél que se interne por las páginas de Tú, yo y la bruma debe estar avisado de que correrá un serio riesgo, los poemas que se apresta a recorrer están más allá de cualquier cartografía conocida; entonces ese lector, si se anima, deberá tramar una nueva imaginación solo contaminada por sus más recónditos deseos. Para ello obligarse a abandonar el apego a la gramática y a ejercer la lectura en primera persona.

Están todos invitados a la fiesta entonces. Solo les falta disfrutarla.

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