Colaboraciones externas

Málaga: ¡qué arte!

de Pilar Ruiz Santamaría

A mi parecer, lo artístico engloba multitud de facetas, siendo el arte de vivir una de las especialidades de los malagueños, de los andaluces  y por ende de todos los habitantes de la piel de toro con vocación de disfrutar nuestro breve paso por esta azarosa experiencia que es la vida. Existe en Andalucía la exclamación ¡qué arte! Para referirse a alguien con ingenio y salero, atributos que, si por sí mismos no consiguen hacer virtud de su poseedor, sí lo encaminan bastante hacia la excelencia.

El efecto que producen algunas obras de arte está por encima del éxtasis. Así es Málaga: pasión, sur, destello e imperio de los sentidos para el visitante receptivo y dispuesto a gozarla. Aún es primavera y el aire está impregnado de múltiples esencias de flores y plantas aromáticas que provienen del cercano parque, cuando decido subir a la azotea del Hotel Málaga Palacio para tomar un café (aquí el café recibe muchos nombres dependiendo de su tamaño o concentración: solo, corto, mitad, entre corto, sombra, nube y…no me lo ponga). Me deleito con una de las mejores panorámicas de la urbe, en sí misma un lienzo, dominado por azul del mar y del cielo y por las motas doradas que irisan el aire del panorama.

Reconfortada, me acerco al Museo de Málaga, enclavado en un bellísimo edificio neoclásico, conocido popularmente como la Aduana. Voy a menudo e, invariablemente, me encamino al fantástico patio central que combina clasicismo con sabor local. Ahí me detengo unos minutos admirando la perfección de de las arcadas y columnatas, la aspiración a templo dórico y la esbeltez de las líneas. Los dioses ahora deben andar por aquí cerca. Después subo a la primera planta. Ahí está: “y tenía corazón” (1890), obra de Enrique Simonet.

El cuadro representa en primer plano una mujer muerta sobre una mesa de operaciones durante la autopsia y al médico encargado de esta tarea a su izquierda. En segundo plano, una sala desprovista de elementos decorativos, excepto unos frascos de cristal sobre el alféizar de la ventana al fondo derecha.

Resaltan el escorzo del personaje principal (el cadáver) casi en perfecta diagonal respecto a la horizontalidad del lienzo, la belleza de la joven prostituta fallecida, crudamente expuesta sobre la mesa de la morgue, la frialdad científica del forense desentrañando la anatomía humana, el realismo en la texturas de los tejidos humanos  e inanimados.  Analizo el contraste de la macilenta piel de la mujer con su larga melena cobriza, el pardo corazón que sostiene el galeno, separado ya para siempre de su receptáculo gélido; la luminosidad insultante de la ventana que insinúa vida sobre la carne nunca más trémula.

 

(“Tu vacío me desborda/ Y el abismo en mi interior/ Se hace abisal y me ahoga/ El abismo entre los dos”)

 

Debo recuperarme, así que voy al El Pimpi a tomar una copa de vino de Málaga (la provincia elabora algunos de los mejores vinos dulces gracias a sus viñas Moscatel y Pedro Ximénez y goza de su propia denominación de origen). La bodega más popular de la ciudad siempre está bastante atestada de turistas y locales tan sedientos como yo. Me echo al coleto el rico y denso elixir, sus dulces vaporcillos me aclaran la vista y el entendimiento, necesarios para apreciar e interpretar mi próxima obra.

El palacio de Buenavista acoge el museo del más célebre de los malagueños. Es un edificio del siglo XVI de estilo renacentista. En la fachada principal se puede ver la disposición asimétrica de los sillares y en los vanos la decoración de puertas y ventanas. Destaca la torre vigía rectangular que dispone de doble arco rebajado. En el interior, en torno a un patio de doble galería, se encuentran artesonados de origen mudéjar y restos fenicios hallados durante su reforma.

Mi cuadro seleccionado es “La siesta” (1932) que ofrece una dimensión íntima del artista y de su relación amorosa y creativa, pues en Picasso existe una constante vinculación entre erotismo y arte. La escena presenta una joven desnuda dormida sobre un catre donde, con breves y precisas líneas, con rotundidad que desborda energía erótica, muestra  esta placentera costumbre a través de sensuales volúmenes, suaves azules y verdes casi traslúcidos opuestos a las gozosas formas de la mujer que duerme plácida y abandonada, ofreciendo sus descubiertos encantos al espectador: carne contundente, suculenta, desprevenida, a disposición del genio que recoge la hermosura del momento.

 

(“Acepté tu invitación/ De hacernos el amor sin distancia/ Con el devenir del océano furioso;/ Intuyendo en el fondo de mi vientre/ La oscuridad del tuyo/ Y sólo nos detuvimos/ Cuando ya no quedaban fresas/ Sonaba Gnosienne de Satie,/ Fuiste mi mejor siesta”).

 

En la siguiente ocasión me acerco al Muelle Uno: tiendas, restaurantes y terrazas  desde las que divisar el skyline malagueño, dominado por la torre de la Equitativa y la Manquita: la catedral de la Encarnación. (El edificio religioso más importante de Málaga, que comenzó a construirse en 1528, nunca fue acabado por lo que carece de la torre sur,  inicialmente planificada por el escultor Diego de Siloé). Me acerco a un puesto de helados –mi debilidad-, voy saboreando su sabor a pasas con fruición camino del museo Pompidou. Sobresale el característico colorido cubo, icono de una urbe que intenta construir una identidad cultural y turística en torno a una decidida apuesta por los museos.

Aquí escojo “Autorretrato” de Francis Bacon (1971). Prepondera su personal estilo relacionado con el expresionismo y con un sentimiento dramático de la vida y de la muerte, como muestra un rostro deformado de un modo brutal y desconcertante, donde el hombre es un accidente de su propia personalidad trágica y disoluta. Los colores y los trazos resultan violentos, desgarradores, fruto de una mente atormentada, que sufre o que quiere sublimar el dolor a base de dentelladas al espectador, que no puede sino ser su cómplice en la miseria de la existencia.

 

“Quizá piense en mi vida,/ En el rechazo que no trae el olvido/ De la burla más bruna:/ La felicidad acribillada/ Por este alfiler incisivo”).

 

Mi última parada es la colección del Museo Ruso de San Petersburgo. El edificio, antigua fábrica de tabaco, fue construido en los años 30 del pasado siglo, pasando a titularidad municipal en 2004. En la entrada una hermosa verja de hierro da paso al patio principal. En sus lienzos murales puede contemplarse el ladrillo visto para las esquinas y contornos de los vanos, el blanco para los fondos y la cerámica vidriada de colores azul y amarillo para los frisos. Las cubiertas son terrazas y en los remates hay pirámides con bolas inspiradas en la arquitectura sevillana.

Desde San Petersburgo al populoso barrio de Huelin viajaron más de 250 obras  que van cambiando de exposiciones anuales a semestrales. A un seguidor avezado más o menos casual del arte le sonarán, y mucho, Chagall, Kandisky y Malevich, pero hay una multitud de autores clásicos allí pero anónimos aquí, como Venetsianov, Brulov, Ivahov o Levitan; lo cual es un aliciente: a veces, ver lo que ya se conoce resulta redundante, es más emocionante descubrir.

Mi obra escogida es “Estación de tren en otoño” (1945) de Yuri Pimerov. La cotidianidad, la dignidad y la belleza se pueden encontrar en todos los aspectos de la vida humana, tal fue la búsqueda artística de este pintor. El cuadro es uno de los tesoros del Museo Ruso, obra de este representante del realismo social perteneciente al grupo pictórico OST, cultivadores de un arte vigoroso (Pimerov fue un apasionado del fútbol y del boxeo) y moderno (las máquinas fueron una de sus grandes inspiraciones). El lienzo es como un fotograma del “Doctor Zhivago”; lo corriente de los personajes y de la situación es la esencia de esta escena. En primer plano, una mujer joven en el andén de una estación, al fondo, otros viajeros y el paisaje desolado del apeadero del ferrocarril. La muchacha va cargada con una mochila o morral cuyo peso vence su cuerpo hacia delante, a sus pies unos fardos como humilde equipaje; va abrigada y cubre su cabello con un pañuelo. Su mirada, aun de perfil, busca, espera. Las otras figuras dirigen sus ojos al tren que se acerca, cuya humareda blanca en el cielo gris anuncia la inminente llegada. Así que esta chica, casi mujer, aguarda de espalda a los raíles y de este modo la contemplamos congelada para siempre en el tiempo. ¿Retrato de la esperanza? ¿De la ilusión? ¿Es sólo una estampa costumbrista de la Rusia soviética? No lo creo, así lo demuestra la ansiedad de su rostro:

 

(“Qué misterios encierran las cajas chinas/ Abrazadas unas dentro de otras,

Matrioshkas que comprenden/ La guerra perdida que es la existencia”).

 

Casi anochece cuando salgo y cruzo a la vecina playa de Huelin, me acerco a un chiringuito donde cenar una caña fresquita y un riquísimo espeto de sardinas asadas a fuego lento al calor de unas brasas de madera de olivo y almendro. Este arte de cocinar pescado se remonta a los tiempos fenicios y árabes…, pero os dejo que se enfrían.

Málaga, junio de 2018.

*NOTA: todos los fragmentos de poemas son de mi autoría, inspirados en parte por la contemplación de las obras de arte que describo, además tratándose de arte, la literatura no debía estar ausente. La fotografía que ilustra el texto fue tomada por mí en el vestíbulo del Museo de Málaga. Muestra una figura femenina romana –los expertos dudan si se trata de una diosa o de una dama- extraída en unas excavaciones en una finca de recreo de la provincia.

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