Colaboraciones externas

La orilla

de Rosario Vercelli Scharff

He atado piedrecillas a mis cabellos para no salir eyectada hacia el espacio sin espacio. Mis pies aún pueden discernir entre lodo y tierra.

Llevo una corona negra en la cabeza con un atractivo seductor, un magnetismo peligroso que sostiene los pilares, atrayéndome hacia un punto ciego. 

Voy despacio, a tientas, a ese lugar lejano, que creo, existe, o recuerdo vagamente con un ingrediente hecho por las zonas escalonadas de tal imaginación que roza la mentira. 

Sobre una línea serpentina procuro mantener el equilibrio para salvarte en mi horizonte. Allí, donde somos dioses y las estaciones han acariciado nuestros rostros una y otra vez sin atreverse a abofetearnos. 

Despierta quiero estar o me pierdo en el marasmo que me imposibilita reencontrarte. Tal vez fuiste un sueño. O tal vez, uno de mis tantos inventos, uno de esos en los que invierto la lógica de las cosas y bebo a sorbos lentos lo que me resisto a dejar atrás.

Pesa la corona y no es mi consciencia, es solo una partícula de mis tres rostros. Que cada uno de ellos se añade a los fragmentos de los anteriores y el espejo me mira y me desconoce. Entonces debo explicarle antes que se distorsione, antes que me abandone o antes que estalle en trizas con las puntas afiladas de mi propia rabia.

Así sobrevivo a la distancia que nadas mientras yo busco la orilla más segura, una que hable con mi palidez, con mis rubores y me cuente alguna historia cuyo final no sea la inacabable espera.
 

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