ULTIMA NOCHE EN SAN FRANCISCO

30.05.2016

     Para premiar mi última noche en la ciudad, Elvira me telefonea y sugiere un par de restaurantes de moda, que rechazo. Nos encontramos en una vieja taberna del Fisherman's Wharf comiendo sopa de almejas con miga de pan. "Eres un clásico", me dice, y yo me encojo de hombros. Elvira se vino a vivir a San Francisco luego de que rompiéramos nuestra convivencia y de que le tocara un dinero a la Primitiva (por ese orden). Desde entones escribe una novela sobre el nacimiento de la ciudad, de la que cada año me da en Madrid una versión diferente. Ahora la plantea como una lucha cruenta entre jesuitas y franciscanos. Me cuenta alguna de las escenas en que se enredan sus personajes y se desilusiona cuando me recuerdan al Gangs of New York de Scorsese. Se repone enseguida, en el próximo encuentro me contará otra versión. Acabada la sopa de almejas con miga de pan llega Ted, su pareja, que pide lo mismo. Se disculpa del retraso, es agente inmobiliario y viene de cerrar una operación. Como adivina la razón de mi sorpresa, Elvira me informa de que es 26 años más joven que ella. "Deberían prohibir estas competencias", digo, "así no hay quien saque la cabeza". Para colmo, Ted es guapo y simpático y la mira arrobado. Acabado el plato, se pone a mi disposición para el resto de la velada. "Quizá", le digo, una última vista a la Bahía". "Eres un clásico", me achaca Elvira. Aceptan mi plan. Les cuento que, incapaz de conciliar el sueño, hace un par de noches llegué a andar casi dos horas para ver amanecer sobre la misma. "Eso es amor o mala conciencia", mantiene Elvira con su mejor disposición para soliviantarme. "Ahora miro las ciudades que quiero como si estuviera despidiéndome de ellas", digo. Se ríe de la solemnidad y, enseguida, se pone seria. "Ese sería un bonito libro", sentencia, "el adiós a las ciudades que amamos". "Ánimo", agrega, "en algo tienes que ocupar el tiempo". Cuando nos despedimos, Ted me pide que, si vuelvo por allí, no deje de contactarles. "O nos veremos en Madrid", anuncia. Elvira le ha hablado del cocido. "Siempre caes en los clásicos", le digo a esta mientras Ted estudia el plano para llevarme a la casa donde me hospedan unos amigos.

 

 

 

     Son más de 16 horas de viaje con una escala técnica en Dallas. Las consumo evocando las ciudades que incluiré en ese libro que nunca escribiré. Duele despedirse de lo que se ama. Mi amigo Javier Reverte dice que es más difícil cambiar de bar que de mujer, yo creo que lo difícil es cambiar las ciudades donde alguna vez se fue feliz y a las que probablemente no volveremos.

 

     Llego a Madrid vencido por la melancolía, decidido a regodearme en El Vals Triste de Sibelius. Pero quizá fuese aconsejable un plan de choque. Con el taxi ya a la puerta de casa, he tomado una decisión: Tumbado en la cama, escucharé entera La Verbena de la Paloma. Y, si me falla, llamaré a Elvira. No tendrá inconveniente en darme la receta de la sopa de almejas con miga de pan. No sé qué otra cosa podía envidiar de ella

 

© Javier Figuero. 

 

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