LA MUERTE DIGNA

Viví en Francia el accidente en acto de servicio de un joven bombero que impactó a la opinión pública. Era joven, atlético y bello y quedó desfigurado, sometido a terribles dolores e inmovilizado en el lecho sin posibilidad alguna de recuperación. Deseaba la muerte por encima de todo y su madre se aplicó en una cruzada por conseguir que las autoridades consintieran en facilitarle asistencia a su deseo. Finalmente, el presidente Chirac se desentendió del asunto bajo el pretexto de la ley. Hoy, el mismo es un ser sin conciencia.


Soy miembro de la Asociación por el Derecho a Morir Dignamente, como lo fui en Francia de la sociedad hermana. Esta contaba por entonces entre sus asociados con numerosos intelectuales, entre ellos los escritores españoles Semprún y Michel del Castillo, personalidades y políticos, como el ex primer ministro Jospin, cuya madre acabó oficiosamente su vida amparada por el colectivo cuando lo tuvo a bien.


El derecho a la eutanasia o a la muerte asistida no puede soslayarse por más tiempo en países que creen respetar los derechos humanos. En España, Rodríguez Zapatero lo incluyó en el programa electoral de su primera legislatura, pero careció de valor para legislar al respecto. El de la segunda ni siquiera lo recogía.


La muerte digna es derecho fundamental de la persona. Yo exijo a los políticos el valor para darle cobertura legal frente a esas iglesias y capillas que siguen queriendo que toda la sociedad comulgue con las ruedas de molino de la intransigencia con que lo hacen sus feligreses.


© Javier Figuero


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Foto: © teomoreno.com

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