MARCHAD Y REPRODUCIROS

02.09.2016

     Una de las escenas de mayor patetismo del cine la sitúo en Novecento, del genial Bertolucci. Patriarca de la hacienda, metáfora de la Italia de la primera mitad del siglo XX, el anciano Burt Lancanter expone su filosofía del destino del hombre ante la adolescente que nunca podrá hacer suya: “La muerte es que no se te levante”. A esas alturas de su vida el personaje sabía bien el ciclo de la misma: “Nacer, reproducirse y morir”. A él solo le quedaba la etapa postrera y la abrazaría voluntario. Cierto que la secuencia se enuncia hoy de modo diferente, pero igual sin embargo: “Nacer, hacer el amor (o fornicar, cuestión de léxico) y morir”. La imposibilidad de detener el tiempo en el periodo fecundo precipita inexorablemente el desenlace. Lo llamamos impotencia. La creación también queda lastrada por eso; muere, salvo que se empeñe en aburrir. Hay excepciones, claro: El Picasso nonagenario masturba los pinceles, prueba meridiana de las capacidades que restan en su cuerpo. Al final tuvo la dicha de matar todo de un brochazo.

 

 


     La única actividad que podría justificarse en la impotencia es la política y así se habla de “la erótica del poder”. Parece que a Hitler le faltaba un huevo y se dijo lo mismo de Napoleón y de Franco. Para mandar no se necesitan los dos, el éxtasis lo alcanzan los dictadores con la imposición sobre los otros y los demócratas con el reconocimiento. Si utiliza los dos, el político se dispersa, está condenado al fracaso: Véase Hollande que se escapa en moto de l’Élysée para echar sus polvos, pero que es un cadáver seguro para las próximas presidenciales. Todo lo más, una faena de aliño como hacía Bill Clinton con las becarias. El líder político de altura nace, se impone o convence y muere, no hay otra. La otra queda para la tropa. Por eso, con mi mejor intención, aconsejo a Rajoy, Sánchez, Rivera e Iglesias, por no citar a cada uno de nuestros parlamentarios, que se dediquen a reproducirse, hacer el amor o fornicar (cuestión de léxico), que dejen de joder a los españoles. Con exceso de testosterona, en política están tan muertos como Burt Lancaster ante la adolescente de Novecento cuando ya no le quedaba de eso.

 

© Javier Figuero

 

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Ilustración: © Adán Pucel

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