ÍTACA (1) DE HOMERO, JOYCE Y YO

Soy Javier, no Odiseo; el hijo de Esteban, no de Laertes. Los dioses me condenaron a contar entre los vulgares, y mi fama, lejos de llegar hasta el cielo, carecerá de significado. He transitado el Mediterráneo en numerosas ocasiones y parado en sus más renombrados puertos, y, aunque no tuve razón allí de Circe ni Nausica, si alguna mujer me prestó atención, me pareció maga o princesa. No fui héroe en la guerra de Troya, pero si vulgar periodista en la del Golfo, que enmarañó el mismo mar muchos siglos después. Falto de leyenda, a su final, esperé la ocasión del Blomsday para beber cerveza en las tabernas de Dublín, mientras, harta de mis viajes, Penélope se había dejado convencer por otro pretendiente. La Guinness, única hazaña de Ulises al alcance de mi mano; y él, en su gloriosa bicefalia, heleno y dublinés, mi único superhéroe.


Después de una larga vida soñándolo, ahora estoy en Ítaca en completa alerta de los signos de la naturaleza. Solo, intentando una vez más la difícil tarea de intimar conmigo mismo. Y así, asomado a la costa que avisa de las fluctuaciones del mundo, en un pequeño promontorio próximo a Ithaki, con casi tres cuartas partes de círculo de agua azul ante mis ojos, me ha dado por pensar si esto que tengo de frente es en verdad el Mediterráneo o, sencillamente, llevo ese mar dentro de mi


© Javier Figuero


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Foto: © Adán Pucel

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