ÍTACA (2) DE CAVAFIS Y YO

He tardado muchos años en llegar a Ítaca; el camino ha sido largo y pleno de aventuras y experiencias, gratas y desapacibles; las mías, sencillamente. Viajero del mar, saltó a tierra inseguro, con el esfuerzo acusado del tránsito, que es la vida.

Convivo con la insatisfacción y he venido a buscar lo que llaman la paz del espíritu, la promesa de Ítaca, pero me resulta difícil imaginarme en ella. Temo a los lestrigones, los cíclopes y al colérico Poseidón, cuyas figuras yergue ante mi vista el propio alma, porque la existencia me hizo acumular muchas dudas y apenas certezas. Nómada de sueños, me he detenido en los emporios de Fenicia para comer los dátiles del Líbano, los tomates secos de Sicilia, el aceite de oliva de Málaga y las espinacas griegas, como también en la Provence para atesorar perfumes y jabones de lavanda. He gozado con situaciones y personas, he ido a muchas ciudades, donde procuré aprender de los sabios que me dieron oportunidad de escucharles, he contado mis ideas sin vergüenza a quienes quisieron valorarlas. En los años de razón tuve siempre a Ítaca en mi mente, pues supe desde muy pronto que era el destino de mi viaje en la Tierra, y el empeño me dio lo que hubo en él, cuánto aprendí en su curso.

Llegado aquí, a esta modesta isla del Jónico, donde el turismo de los que todo lo ven y todo les es permitido remplaza hoy al narrador ciego y al héroe, yo reivindico a Homero y a Ulises como mis espejos. Es la isla de los bellos atardeceres que nunca será ya otra cosa que símbolo...

Llegado aquí, sé, por fin, como el gran poeta Cavafis, el exacto significado de las Ítacas


© Javier Figuero


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