LA POLINESIA

07.10.2016

     El diagnóstico de su fatal enfermedad era también el pasaporte de un sueño. Así se lo comunicó al médico, que valoró la dignidad de la respuesta. Fuera de la consulta, se urgió a estudiar las exigencias económicas del viaje sin retorno a la Polinesia, quizá la isla misma que habitará Gauguin, referente temprano desde que cayera en sus manos la sucinta biografía del pintor en una colección de creadores universales pensada para adolescentes. La isla que habitó Jacques Brel cuando se supo condenado por el cáncer, el autor de una de las más bellas canciones de amor jamás escritas, Ne me quitte pas. Capitalizados sus bienes, podría vivir allí el resto de sus días y su conocimiento del idioma francés habría de facilitarle las cosas.

 
     Emocionado por la evolución de los acontecimientos, muy pronto tuvo la maleta hecha y el taxi esperando a la puerta de casa para llevarle al aeropuerto. En su equipaje, no olvido incluir la colección de pinturas y pinceles que acababa de adquirir, así como la guitarra que le regalaron sus amigos más íntimos, deslumbrados por la determinación del viajero de componer bellas canciones de amor en el corto futuro que le restara. También los contratos respectivos de los tutoriales online con que pensaba capacitarse en la pintura y la guitarra, lego hasta entonces de sus artes. Treinta y seis y cuarenta y dos lecciones cada uno. La inmortalidad nunca sale gratis y él no pensaba regatear esfuerzos cuando tenía ya la muerte al alcance de la mano.

 

© Javier Figuero

 

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Foto: © Adán Pucel

 

 

 

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