SÍ, ERA EL

Sufro un problema de salud en una localidad de la costa española con el ambulatorio ya cerrado. Por fortuna, tengo un seguro privado vendido a mi asociación profesional como la madre de las aseguradoras, cobertura internacional. Llamo al "teléfono de urgencias 24 horas". Dice el robot: "Nuestras líneas están ocupadas. Permanezca a la espera". Cuelgo el auricular tras 11 minutos de obediencia. Tras nuevos intentos, en los 20 siguientes hablo con una operadora. "Me muero", le digo cuando intenta pasarme a otra compañera. Azorada, me da razón de una clínica donde atenderían el inoportuno problema de alergia. Regreso al hotel con la prohibición de tomar baños de sol y mar en los próximos días, los contratados. El libro que traje de Madrid me entretiene un par de ellos, luego intento comprar algún otro, pero la única librería que recuerdan los lugareños dejó paso hace años a un bar. En ese y otros locales del ramo me entrego al vino blanco. Me va bien con el calor y era el preferido de James Joyce. "Maestro, considérelo un homenaje".


De vuelta a Madrid, visitó un gran almacén donde tengo pendiente la compra de un artilugio. No es llegar y besar el santo y empleo más tiempo del oportuno en captar la atención de un vendedor. "Es que cada vez somos menos", me dice para que valore mi suerte, "el Consejo ha bloqueado la contratación". "Y, ¿ha probado el Consejo a cerrar la empresa?", preguntó. "No fastidie", exclama, "¡se hundiría España!". Y, de tal modo, entramos en materia. El papeleo de la compra no parece sencillo, se juntan tres empleados para resolver no sé qué dudas. Por fin, me dan fecha de entrega y de instalación. Dejo el número del móvil para contactarme. Pasada la fecha convenida, regreso al gran almacén sin noticias de ellos. Me han estado llamando al teléfono fijo que encontraron en la guía y yo tengo que contenerme para mantener las formas. A la mañana siguiente llega el pedido y, cuatro horas después de lo acordado, el instalador, último eslabón de la cadena. Lo hace sin herramientas, y parece regañarme a la vista del artículo. Él nunca montó ese modelo tan moderno. Con delicadeza, para no provocar su ira, pregunto: "¿Pero la empresa no recicla sus conocimientos?". Lo hacía años atrás en una cena, pero eliminaron el ágape y los técnicos se negaron a acudir al acto. Le ofrezco un bocadillo de chorizo para tenerlo de mi parte, pero acaba de almorzarse un cocido. El gesto le cae bien y baja al coche a buscar la herramienta. Inútil como soy para asuntos de bricolaje, dirijo su trabajo con el manual de instrucciones. Hubiera debido emplear un cuarto de hora y ha pasado hora y media en mi casa. Al salir se siente reconocido: "Llevo 35 años en esto y lo que no instale yo, no lo instala nadie", me dice.

Me relajo el resto de la tarde. A la mañana siguiente tengo cita en la delegación de Hacienda donde se me ha conminado en términos que dudo empleen con los altos defraudadores. Los gastos de enterramiento tras la muerte de mi madre me los imputan como retribución. El funcionario se enternece de tal manera cuando pregunto si se trata de una broma macabra que hasta me facilita un folio para hacer el escrito de descargo. La señora del registro no muestra un ápice de ternura. Tengo que presentarlo con fotocopia y allí no se permiten esos dispendios. Cuando me acreditan el acto, escapo del edificio a la carrera para dejar atrás tentaciones y dudas.

Pero una me atormenta de tal manera que soy incapaz de obviarla. Me dirijo al primer transeúnte con que me cruzo, un tipo barbado, con chaqueta estrecha y chalina. "Oiga", le digo mientras señaló al suelo que pisamos, "esto es España, ¿verdad?". Él sonríe y sigue su camino. Lo cierto es que me ha parecido reconocerle. Sí, creo que era Mariano José de Larra. Aunque no sé, ¡conoce uno a tanta gente!


© Javier Figuero


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Foto: © Adán Pucel

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