LA BALLENA BLANCA

13.10.2016

Surcábamos el mar 
sin saber que lo era, 
pisábamos la tierra 
que era agua salada,
y en las noches las luces 
que encienden nuestras casas
eran constelaciones de peces irisados.

 

Nuestros pasos vararon 
en tiempos sin memoria, 
y el sonido inhumano 
de los días vividos
era el grito de viento 
que engendran los océanos.

 

Vislumbro en mar abierto 
la estela de tu búsqueda; 
tu descubres la mía. 
Mas cruzamos de largo 
sin querer conocernos, 
puesto que somos nadie 
el uno para el otro.

 

No queda testimonio 
ni data ni registro 
ni siquiera certeza 
de los daños causados.
Las olas persistentes
han borrado las huellas 
que creímos eternas 
cuando hicimos camino.

 

Ha pasado tu barca 
en torno de este verso 
y te inquieta la mía. 
No sabes si es real 
o es la nave de augurios 
en vagar proceloso 
que anuncia la tormenta.

 

Perdiste la conciencia, 
no quieres esperar;
vas enferma de ausencias. 
Yo aún me juego la vida 
en pulsos tabernarios
que pierdo sin remedio. 
Y regreso hasta el mar 
sin saber que lo es, 
a la tierra que piso,
que es de agua salada.

 

Urgida en la tormenta 
se ha hecho de pronto noche. 
Nuestra ponzoña aflora,
el hedor nos posee.
Y allá, en el horizonte, 
aparece la bestia. 
Es la ballena blanca, 
pastora de las almas 
que penan sus heridas.

 

Es la ballena blanca 
y ese alma es la mía. 
Es la ballena blanca 
y esa otra es la tuya. 
Es la ballena blanca.

 

© Javier Figuero

 

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Foto: © Adán Pucel

 

 

 

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