LA BALLENA BLANCA

Surcábamos el mar sin saber que lo era, pisábamos la tierra que era agua salada, y en las noches las luces que encienden nuestras casas eran constelaciones de peces irisados.

Nuestros pasos vararon en tiempos sin memoria, y el sonido inhumano de los días vividos era el grito de viento que engendran los océanos.

Vislumbro en mar abierto la estela de tu búsqueda; tu descubres la mía. Mas cruzamos de largo sin querer conocernos, puesto que somos nadie el uno para el otro.

No queda testimonio ni data ni registro ni siquiera certeza de los daños causados. Las olas persistentes han borrado las huellas que creímos eternas cuando hicimos camino.

Ha pasado tu barca en torno de este verso y te inquieta la mía. No sabes si es real o es la nave de augurios en vagar proceloso que anuncia la tormenta.

Perdiste la conciencia, no quieres esperar; vas enferma de ausencias. Yo aún me juego la vida en pulsos tabernarios que pierdo sin remedio. Y regreso hasta el mar sin saber que lo es, a la tierra que piso, que es de agua salada.

Urgida en la tormenta se ha hecho de pronto noche. Nuestra ponzoña aflora, el hedor nos posee. Y allá, en el horizonte, aparece la bestia. Es la ballena blanca, pastora de las almas que penan sus heridas.

Es la ballena blanca y ese alma es la mía. Es la ballena blanca y esa otra es la tuya. Es la ballena blanca.

© Javier Figuero

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Foto: © Adán Pucel

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