ENAMORADO DE MARÍA KODAMA

23.01.2017

     Conocí a Borges a sabiendas de que era ya dos seres excepcionales. He contado el encuentro en Sobre la ceguera, un post que mantengo vigente, encuentro de privilegio para mi iniciado con una cena y que se extendió al almuerzo del siguiente día, después de una larga charla en sus habitaciones del Hotel Palace de Madrid, donde María Kodama, su compañera, me fotografió al lado del escritor. Dulce, discreta, en un principio de madurez encantador, no me privaré de decir que me enamoré de ella, pues, ante “el forjador de sueños”, me asistía el derecho a forjar el mío. Mas, al decir del propio Borges, había sido educada por su padre para él y en los lances de amor no se puede luchar contra gigantes. De la educación, modales y cultura de Maria supe entonces ante la evidencia. Hoy sé que escondía una magnífica escritora, que nunca quiso publicar en vida del amado y que lo hace solo a los treinta años de su muerte con el libro cuya portada muestro, homenaje y síntesis de su labor en el tiempo por la memoria del “señor del laberinto, el bibliotecario de Babel", el mítico fundador de Buenos Aires.  

 

     Pese a “su entrada al Gran Sol”, imagen florentina de la muerte, la lectura de este libro me confirma con placer la existencia del genio en el reino de los vivos. María es

aún “el otro” de Borges, ese trasunto de si mismo que le persiguió a lo largo de su obra. Porque, a sabiendas de que “la identidad del hombre es su memoria” y de que “es el escritor el que tiene la libertad frente al tiempo”, resulta obligado aceptar la idea de que “lo único que queda es la memoria del poeta” y sentir sus consecuencias: “A veces me da miedo la memoria. / En sus cóncavas grutas y palacios/ (dijo San Agustín) hay tantas cosas. / El infierno y el cielo están en ella”, recuerda en su texto María Kodama, memoria viva de Jorge Luis Borges. 

 

     Aquel día de nuestro encuentro yo me enamoré de María Kodama. Un acto fallido, desde luego. Su padre la había educado para “el más libre de los hombres”, lo único, precisamente, a que en verdad he aspirado a ser en mi vida, con pobre resultado, eso si. Como dos enamorados, en la intimidad se reconocían con nombres supuestos, Ulrica y Javier Otárola. No creo que pensara en mi cuando tomó este nombre para él. ¡Lástima, me hubiera hecho tan feliz!

 

© Javier Figuero.

 

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Foto:  del autor

 

 

 

 

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