EL HÉROE

Incapaz de pensar que podría sucederle, sufrió fuerte impresión al comprobar la pérdida de tono de los músculos limítrofes a las axilas y, enseguida, de la flacidez que denunciaban sus muslos, allá donde confluían. Con el botox intentaba conjurar la progresiva pasividad de su rictus y unas cejas tatuadas por expertos sustituyeron las propias, enfermas de pronto de alopecia. Ajustados de siempre a medidas contenidas, los pechos se le desarrollaron de manera anormal inesperadamente, violentando la perfección de las formas, y la piel del escote se le volvió rugosa, pese a que dedicaba mucho tiempo cada día a hidratarla. Cuando aún yo me dejaba amodorrar por el sueño, de la cama salía por las mañanas para maquillarse el rostro sin agobios y, aunque entraba a la misma por las noches sin retirarse los afeites, se levantaba para hacerlo en cuanto sentía mi respiración agitada por la inconsciencia.

Hasta entonces nada parecía menguar su deseo de amar y los domingos yo le permitía disponer su cuerpo sobre el mío, aunque hubiera de entornar los ojos y situar la imaginación en ciertos pasajes que excitaron mi adolescencia. Entonces le incitaba a moverse de inmediato para que la experiencia sexual durara lo justo y ni un minuto de más y, si era posible, de menos. Yo acababa de cumplir los 84 años, cuarenta y cinco más que ella, pero todo el mundo me decía que estaba hecho un chaval, y quizá no fuera una exageración porque todavía encontraba jovencitas de menor edad que ella que me sonreían en los pubs.

Me faltaba una pierna, consecuencia del enfrentamiento con la policía canadiense desde el bando de los antisistema, en el curso de cierto encuentro no demasiado lejano de los líderes del G 10, a los que convenía parar los pies de una vez por todas. Además, llevaba un ojo de cristal como el comisario Colombo, esto porque, mucho antes, perdí el original mientras participaba en Sudáfrica en una manifestación por los derechos civiles de los negros, cuando aún vivían allí en situación de práctica esclavitud. Para colmo, de las refriegas en que participaba contra los seguidores ultras del Barça cada vez que el Real Madrid iba a jugar al Camp Nou regresaba a casa con una nueva cicatriz, de modo que mi cara era ya una verdadera geografía de la Liga Nacional de Fútbol de los últimos años.

Consciente de que dormía cada noche con un héroe, a ella le preocupaba envejecer y hubiera vendido su alma al diablo para evitarlo. Extremadamente celosa, yo me compadecía de su padecimiento, pero tampoco estaba dispuesto a esconderme del resto de las mujeres sedientas de héroes que pueblan el mundo. La verdad, no hubiera sido justo.

© Javier Figuero.


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Foto: © Adán Pucel

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