MIGUEL HERNÁNDEZ: “SI ME DEJAN QUE ME DE EL AIRE”


“En la enfermería me entregaron la siguiente nota. Relación de los efectos propiedad del fallecido hoy a las 5’30 horas, Miguel Hernández Gilabert: 1 mono, 2 camisetas, 1 jersey, 1 camisa, 1 calzoncillo, dos fundas almohada, 1 correa, 1 toalla, 1 servilleta, 2 pañuelos, 1 par de calcetines, 1 manta, 1 cazuela, 1 bote, Pase a desinfección, y desde allí a Almacenes de Administración. Alicante, 28 de marzo de 1942. El oficial. Firmado: E. L. Sanz”. En el Reformatorio de Adultos de Alicante, una de las cárceles en que los vencedores encerraban a sus compatriotas vencidos en la reciente contienda, hoy hace 75 años la humilde banda de presos violentó la costumbre para improvisar un solo toque de corneta que despedía la vida de Miguel Hernández, el poeta miliciano que escribiera: “Me quedaré en España, compañero,/ me dijiste con gesto enamorado./ Y al fin sin tu edificio tronante de guerrero/ en la hierba de España te has quedado”.


En mayo de 1976 estuve en Orihuela para cubrir en la revista Guadiana el “Homenaje de los Pueblos de España a Miguel Hernández, pintores y poetas dejaron testimonio en los muros de su pueblo natal con sus habitantes superados por la prohibición oficial para celebrar los actos programados y la contundente presencia de la Guardia Civil que contenía las carreteras de acceso. Hoy presumen de los testimonios, después de haber dejado escapar además su legado, ya en Jaén, la tierra de origen de la esposa, Josefina Manresa.



A ella la conocía en Elche, donde, enferma de glaucoma, había malvivido con la costura y la escasa ayuda que le llegaba de antiguos amigos del poeta espoleados por Vicente Aleixandre. Asistí a su entierro sin pompa en febrero de 1987, para entonces había muerto a los 45 años el único hijo del matrimonio, Manuel Miguel, aquel que “con sangre de cebolla se amamantaba”, mientras el progenitor penaba haber sido “poeta del pueblo”. Creo recordar que trabajaba como administrativo en una sucursal bancaria. El primero de los suyos le liberó en parte de afrontar la vida con el nombre imperecedero del padre. Era un hombre triste. También lo era el dramaturgo Antonio Buero Vallejo, compañero de celda en uno de los penales en que se humilló al rapsoda. El famoso dibujo que el futuro hombre de teatro le hizo entonces lo vi en su propia casa. Le dije a mi anfitrión que, en la visión directa, Miguel parecía de cera. “Quizá usted anticipaba su muerte”, musité. Y Buero se encogió de hombros. Había que poner sordina a ciertos nombres.


Elvira Hernández se la puso muchos años al nombre del hermano. “Verá”, me confesó un día, “en cierta ocasión le dije a una vecina de confianza: ‘¿Sabe?.. Mi hermano fue un gran poeta que murió en la cárcel… Pero usted no diga nada’. Fue fiel al compromiso”. La noche en que murió aquel del que convenía no decir nada, Elvira quiso llevarse el cadáver a casa. El funcionario le espetó: “Ese es el camino más corto al cementerio…”. Sentenciado ya, en una última visita, Miguel le dijo: “Hermana, si me dejan que me de el aire en la cara, me pongo bueno”. No le dejaron.

Elvira Hernández me prestó una foto de Miguel en que le acompaña con su hija en una calle de Madrid. La amplié convenientemente. Es uno de mis tesoros iconográficos.

(C) Javier Figuero

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