EL BARCO

Amanece y el resplandor del sol invernal ampara el rostro de un niño que el frío y su determinación esculpen para la posteridad. Se llama Fiomm McCuaill y, como cada mañana desde que se tuvo la revelación en el poblado, recorre los ríos de Irlanda para pescar el salmón mitológico, cuyo primer bocado concederá al comensal el don de la sabiduría. El rigor atmosférico es ese día extremo, pero la alegría de la comunidad forma un plumífero grato, mientras se asa el gran pez que amansó en aguas límpidas como cristal.


Todos bailan y ríen, pero sucede que el fuego ha sacado ampollas sobre la piel del salmo y el niño se entretiene en aplastarlas con sus dedos para lamérselos luego y diluir el calor. Poseerá así la dádiva de la inteligencia con la que iluminará los pasos del grupo y será mito, referencia, icono y hasta Dios. A partir de entonces, y para siempre, Fionn McCuaill se mueve por la gloria de la leyenda a lomos de un salmón y, quien lo cuenta, así lo testimonia.

Conocí a Matt Doherty a sus cincuenta y seis años, con cuarenta y tres de pescador. En el Este de Irlanda solía costear hacia la desembocadura del Bayne, al norte de Dublín, donde se dice que nada el mejor ejemplar de Europa, animal inteligente obligado a remontar el río para alcanzar el entorno donde desova antes de morir. Con exquisito cuidado, Matt distribuía en los puntos oportunos los driftnetter, redes a la deriva, que le consentían las autoridades. Ayudarle, en los días que me permitió acompañarle, fue para mi un placer. Acompañado de una cerveza negra bien fría, el bocado fue siempre una recompensa suculenta. La bruja de Moher daría hasta el perdón a San Patricio por combinar ambos sabores, que nunca llegarán a su paladar. Arrojada al mar por el Santo desde los famosos acantilados a que da nombre, intenta cada día alimentarse con el pez, pero no logra sino clavar sus uñas horribles en los lomos para marcarlos con las líneas nergruzcas y longitudinales características. Personalmente, disfruté mucho más del bocado de salmón cuando supe que la bruja me contemplaba desde el fondo del Atlántico con la boca hecha agua.


De naturaleza muy distinta fueron mis experiencias de pescador aficionado en el Mediterráneo. Con el escritor Javier Reverte y el abogado Jaime Hernando tuve unos años un pequeño barco en Garrucha, Almería, cuya fragilidad nos inquietaba, pero con el que hicimos buenas capturas de atunes, que luego regalábamos a la Cofradía del ramo, donde amparaban jubilados y viudas de antiguos compañeros. También cogíamos pulpos, calamares y galanes, estos con el bote costeando a merced del mar y cada uno sosteniendo engaños para incitarles a picar, aunque la ventaja estaba en limpiar nuestro cerebro en la visión impostada del cielo y el mar, al abrigo del sol. Nos solía acompañar Pepe el Vinagre, un natural, que, tras una larga estancia como trabajador de fábrica en Grenoble, no pudo resistir la distancia con su “Garruchita del alma”, donde vivió hasta su muerte. Fue uno de los hombres más inteligentes y amigables que conocí en mi vida. Tenía el arte de contar y también el de la ternura. Hemingway hubiera mejorado el personaje de El viejo y el mar de haberlo conocido. Mejores marcas hacíamos en el potente barco de Pepe el Almejero, dueño del mejor restaurante de la zona y generoso amigo. En mi vida he hecho pocas cosas tan deliciosas como, amarrado el barco, sentarme en compañía de los amigos en la terraza del establecimiento para beber cerveza y comer de la pesca propia preparada a la plancha.


Toda esta práctica, y alguna otra casuales en las islas Lofoten de Noruega, solo hicieron de mi un pescador sin atributos, mucho más interesado en el mar, mi ámbito de recurrencia, que en las capturas, simple pretexto para que me albergara. En barcos comerciales, fui un par de veces desde el norte de España al sur de Inglaterra y, de la isla, a Hamburgo, a más de otro viaje profesional por el mar de Noruega y uno privado para llegar a Ítaca, meta inevitable de mi idea de la mediterraneidad. Pero el viaje más insólito en barco lo hice desde Turku, segunda capital por población de Finlandia, a Estocolmo. Embarqué un viernes, y juro que la elección aconteció sin referencias. La mayoría de los pasajeros iban a beber con avaricia a precios más baratos que en tierra. No se bajaban en la capital sueca para poder dormir y retornaban la siguiente noche a casa con la misma tarea, de la que descansaban al fin el domingo antes de comenzar la semana laboral. Apenas iniciada la travesía, el salón del barco se convirtió en un diálogo entusiasta entre los pasajeros y el alcohol con lo que pronto fue un reducto de extemporaneidad, lujuria y violencia, del que era imposible escapar. No hubiera escapado, me gustó vivirlo. Desperté en el suelo de la pieza entre seres durmientes. Una joven desconocida había apoyado mi cabeza sobre uno de sus muslos, sin duda para evitar que me desnucara. Le di las gracias corrido de vergüenza antes de desembarcar en Estocolmo. No he olvidado su cara.

© Javier Figuero

Facebook Foto: © teomoreno.com

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