POR ESO DEJÉ DE ESCRIBIR

Supe de ella por un mensaje privado, aunque su nombre no se me antojaba desconocido. Estaba en lo cierto porque había manifestado ya su entusiasmo con ocasionales valoraciones y comentarios de mis publicaciones en la red social en que coincidíamos, y así me lo hizo saber por la aplicación oportuna. También que yo era “un magnífico escritor, imaginativo e irónico” y ella me seguía interesada desde Wellington, Nueva Zelanda, donde, no sin esfuerzo, maduró un castellano más que aceptable. Me sentí halagado y no cerré la puerta a nuevas comunicaciones, escritas o habladas.


Con la puerta abierta, llegó pronto a la cocina. No, no, más allá incluso. Aunque telefoneaba desde el otro lado del mundo, acertaba con los momentos idóneos para hacerlo y con el modo de indagar en mis datos personales, que iban desde lo laboral a lo íntimo: profesión, amigas y amores que pudiera tener, estado social, lugar de residencia, talla, contorno de cintura, o preferencias en el vestir de calle y en las horas de sueño… Mientras, se hizo con buena parte de los libros que yo había publicado a lo largo de mi vida, memorizó algunas de mis poesías y me mando varias autofotos en las que unas veces estaba vestida y otras como la madre que la pario; y, de estas, unas veces con el sexo en todo su esplendor y otras oculto bajo una bonita flor de las que se dan en su tierra y cuyo nombre no acerté a fijar en inglés en mi mente. Aunque me pidió que correspondiera, no llegue a hacerlo, porque no me era fácil insuflarme vida allá donde apetecía, al tiempo que manejaba la cámara del smartphone. Para hacer el ridículo, mejor hacerse el sueco. Uno también tiene su dignidad.


Al sexto día, la mujer se dijo enamorada de mì. Precipitado quizá, pero me recordó que fue ese el tiempo que se tardó en construir el universo, lo que también pudo tener su dificultad. Y, como el amor es posesivo, comenzó a atosigarme por la posible relación que pudiera mantener con otras mujeres; me regañaba por las que confesaba y por las que no confesaba, mi falta de celos le hacía llorar, trataba de monopolizar mi tiempo con sus llamadas y se sentía ofendida por la falta de correspondencia… Al mes de saludarnos por primera vez, me dijo que se separaba de su marido, el tipo no era compatible con el amor que me profesaba. Yo le dije: “¡Pero mujer!..”. Y ella dijo: “Nada, nada, la próxima semana estoy en Madrid…”. Me quedé tan preocupado que no dormí en toda la noche. A la mañana siguiente decidí comunicarme con ella: “Soy insolvente”, le dije, “mis libros apenas se venden”… No le importaba, ningún argumento le importaba, tampoco que el problema de insuflar vida en la parte de mi cuerpo que ella apetecía en especial dependiera, en realidad, del manejo simultáneo de la cámara del smartphone. Tenía soluciones para todo; para aquello, era monitora de rugby y se ganaría bien el pan para ambos, oyó decir que en España había una afición desmedida por el rugby; para esto, me mostraba una imagen con la boca abierta y la lengua fuera.


Ahora vivo en un pueblecito de Alemania próximo a Hamburgo, en un barrio de inmigrantes sirios. He dejado de escribir y vivo con la ayuda que da el gobierno alemán a los de mi condición. Tampoco estoy en ninguna red social y he clausurado el Messenger. He aprendido que hay oficios y vinculaciones fatales. Lo vi claro cuando en uno de los caninos que enseñaba la boca abierta de mi admiradora neozelandesa descubrí una caries sospechosa. No era demasiado evidente, pero a mi estas cosas me dan mucho asco. Yo me cepillo los dientes siete veces al día.


© Javier Figuero Facebook

Foto: © teomoreno.com

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