DE MIS ORÍGENES

Nada me sorprendió luego en la vida como lo hacían de niño los pavos reales cuando desplegaban el abanico policromado de su cola en el Campo Grande de Valladolid. Mucho más tarde se me mostraron con igual vanidad ejemplares en Sri Lanka y La India, de donde quizá los trajo Alejandro Magno a Europa, y hasta en el Campo del Moro de Madrid, detrás del Palacio de Oriente, tardíamente abierto a la ciudadanía. Pero el primer amor queda para siempre en la memoria.


Nací en aquella ciudad por voluntad materna, cuando mis progenitores vivían ya en la capital de la nación, pero de niño acudía ocasionalmente a contemplar los pavos reales y, ya que estaba allí, a visitar a la familia. Colaborador desinteresado de la Iglesia de la Magdalena, donde con mis pocos días de vida no pude evitar que me bautizaran, uno de mis tíos me dijo años después que la mayor riqueza del mítico rey Salomón fue un pavo real y, como autoridad no cuestionable, citó el Antiguo Testamento. Yo solo le creí a medias, porque soltó su erudición en aquellos jardines que cité al comienzo del texto de regreso del estadio de futbol de Zorrilla, donde partió un paraguas en la cabeza de un hincha del equipo visitante en la jornada, mientras se cagaba en Dios. Ya he dicho que era un catolicón.


Casi tan altivos como los pavos reales, nunca me fie demasiado de mis familiares. En el ocaso ya de aquel Real Madrid de las cinco copas de Europa, mis tíos provocaban mi sensibilidad infantil afirmando que Di Stéfano era un viejo irrecuperable para el deporte y que el equipo no servía para nada. A mi, que el fútbol me importaba eso, me daban ataques de rabia con la provocación y un día se me elevó la temperatura con la llantina, de modo que decidí que, ya que sufría por su causa, sería del Real Madrid el resto de mi vida. Fue mi primera toma de posición seria ante las cuestiones trascendentes de la existencia. Se lo contaba una tarde al mítico astro hispanoargentino, para entonces presidente de honor del Club, y él, que también era un descreído, me dijo que “los caminos del Señor son inescrutables”. Frase que, con su acento porteño, parecía antes un tango que un salmo.


Los caminos que recorrí de niño en Valladolid eran fáciles de interpretar: los que conducían a las heladerías, a los pasteles que llamábamos “acaramelados”, especie de petit suisse gigantes, y al barrio de las putas, lindante, como en cada ciudad castellana de la época, con los grandes edificios religiosos, en este caso de la famosa iglesia de San Pablo, joya del plateresco español. Comer y curiosear en suma, para estabilizar al fin las emociones en el río, donde me inicié en el deporte de la natación y de la piragua. Era una etapa iniciática y, a la caída de la tarde, mi hermana y yo juntábamos a otros niños para representar historietas desde un gran ventanal de la casa de mi abuela, volcado hacia un patio donde situábamos a los espectadores, solo reconocidos como tales tras pagar con insignificante calderilla la entrada que servía a la manufactura de los trajes de papel utilizados. Yo ideaba aquellos cuentos, tan sumamente inocentes que ni uno solo de los niños actores se acostaba con una sola niña actriz ni había personajes con problemas de identidad. Aunque era un buen tipo, Genet se hubiera reído de mi.


A las representaciones solía asistir el coadjutor de la iglesia de la Magdalena con ascendente y amistad en la familia, pero estoy seguro que nada hubiera dicho ante escenas de sexo duro porque tenía la vista larga para las mujeres y le gustaban los juegos de cartas y el buen vino; un cura de los de verdad. Yo siempre vi al Arcipreste de Hita con su cara y él se empeñaba en parecerlo cuando me llevaba a visitar la espléndida imaginería religiosa depositada sin apenas protección en las iglesias de la zona, donde, con los correspondientes colegas, fumaba en la sacristía de las iglesias, algunas Monumento Histórico Artístico, como la de Alaejos, al lado de tallas de Gregorio Hernández (o Fernández) y lo hubiese hecho al lado de las de Miguel Ángel. Aquel tesoro emergió un día para sorpresa del mundo en las exposiciones de Las Edades del Hombre y, cuando yo las visité, reconocía en algunas piezas ese olor al tabaco de los curillas que identificaría en el infierno. Se lo recordé al coadjutor con mi puño y letra en la primera página de cortesía de mi libro Si los curas y frailes supieran. Una Historia de España escrita por Dios y contra Dios, que publique en su día en la Editorial Espasa Calpe dedicada a mi amigo el obispo Iniesta, el “obispo rojo” de Madrid en los años finales del franquismo, crítica a la organización eclesiástica que, en mi condición de ateo militante, resultó polémica. Un agresivo ensotanado llego a escribir en Internet que no pararía hasta “desenmascarar” al autor, yo mismo, que, a diferencia de él, nunca vestí disfraz.


Nadie es perfecto, eso del hombre a la semejanza de Dios no se lo cree ni Dios. Yo he escrito en mi perfil de esta red social que soy seguidor de la religión de la antigua Grecia, donde existía una deidad para cada necesidad, seres suprahumanos que se enmarañaban con los hombres de forma que yo no hubiera sido capaz de imaginar en las piezas que ideaba para representar con mi hermana y otros niños en el gran ventanal de mi abuela. Enmarañada con los dioses y con cualquier criatura viva que despertase su instinto, a Hera, la esposa legítima de Zeus, se la representó en ocasiones al lado de un pavo real. Antes que con sotana, de haber elegido disfraz, a mi también me hubiera gustado representarme así. Y, como soy hombre de fe, de su fe, seguro que la diosa me permite alguna vez sacar a pasear al pavo. Por el Campo Grande de Valladolid quizá.

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