ESTATURA

30.07.2017

Hasta que lo hice con Alicia, nunca conviví con una mujer de superior estatura a la mía. Cierto que yo era casi veinte años mayor, pero también es verdad que ella medía cerca de doce centímetros más. Mi 1’84 sin zapatos quedaba definitivamente ridículo ante la irrupción de las nuevas generaciones de hembras, y eso me llevó a entender que formaba parte de una población varonil residual, insulsa de mollera y blanda de musculatura. Nuestro amor era imposible. Así se lo dije una vez que llegó algo más tarde a casa que de costumbre porque, tras avanzar en el laboratorio con sus investigaciones sobre la interacción de los gluones en el origen del universo, se pasó por el gimnasio para desfogarse con una sesión de body pumb: “Somos una metáfora de los tiempos”, le dije. Y luego sentencié con los ojos empañados en lágrimas: “El hombre ya no está a vuestra altura. Las mujeres dominaréis el Mundo”. Y, como la vi insatisfecha con la predicción, agregué: “Bueno, además del Universo”. Para entonces, yo había conseguido embalar mis cosas con la colaboración de dos emigrantes sin permiso de residencia en España y me aprestaba a iniciar la mudanza. Se llevó un disgusto tremendo, porque su amor, me dijo, era “sincero”.

 

Ya no volví a verla hasta tres años después, cuando la sorprendí emocionada en la sección de oportunidades de unos grandes almacenes. Para entonces vivía con un hombre mayor que yo, aunque trece o catorce centímetros más bajo. Era una mujer feliz y lo nuestro ya no tenía remedio.

 

© javierfiguero.com


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Foto: Ilya Rashap

 

 

 

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