DE HORMIGAS Y CIGARRAS

A Andrea le gustaban los hombres aventureros y esperaba de mí la mejor versión: “Sí”, le dije, “parte del estío lo he pasado en la región siberiana de Tuvá. De pesca por los lagos helados próximos a la frontera con Mongolia”… “¡Caray!”, exclamó Andrea, y yo aproveché su cara de admiración para prolongar la historia: “No te lo vas a creer”, adelanté misterioso, “allí coincidí con Putin, el presidente ruso, de vacaciones por la zona… Por cierto, para la foto oficial que acostumbra entonces con el torso desnudo, le dejé el lucio gigante que capturé una mañana… Quedó muy agradecido y quiso que le llamara Vladímir, pero soy muy medido para eso”… Andrea seguía el discurso con la mirada arrobada. Después de meter la mano bajo mi camisa para tentarme el torso, me confesó que quería ser mi chica. “Va…”, dije mientras retiraba su apéndice, convencido de que podía mejorar la propuesta, “estas cosas le pueden pasar a cualquiera”…


Merche prefería a los intelectuales y yo ahí me muevo como lucio en agua dulce. “Claro que impartí el seminario en Harward”, confirmé. “Llevaban tiempo detrás de mí y no podía escurrir el bulto”… “No me gusta hacerme de rogar”, rectifiqué al percibir que lo del bulto le resultaba ordinario… “Comprendo”, admitió Merche, para preguntar seguidamente: “Y, ¿sobre qué versaron tus lecciones magistrales?”… “Bueno”, señalé con modestia, “sobre la influencia de mi obra en la nueva narrativa norteamericana”… “¡Caray!”, exclamó Merche, y yo aproveché su cara de admiración para prolongar la historia: “No te lo vas a creer”, adelanté misterioso, “los mejores críticos literarios del país se habían hecho ya eco del asunto y elevaron la propuesta a la institución”. Merche me miraba arrobada y, después de acariciarme la testa con sus manos, me confesó que quería ser mi chica. “Va…”, dije mientras retiraba su apéndice, convencido de que podía mejorar la propuesta, “yo estoy curado de vanidades”…


Berta padecía por los varones espirituales y, a mí, no hay dios que se me resista. “En los días de asueto medité en un templo budista sobre los fundamentos de la doctrina”, concreté. “Para eso no hay que ir al Tibet y enfrentarse al ejército chino”… “Desde luego”, asintió Berta, para preguntar de inmediato: “¿Comida vegetariana, supongo?”…”Estricta”, corroboré, “yo cuando me pongo, me pongo”… “Lo sé”, aceptó Berta, y yo aproveché su cara de admiración para prolongar la historia: “No te lo vas a creer”, adelanté misterioso, “una noche se me apareció Buda para revelarme la cuarta característica de la existencia, que se creían tres. Pero comprende que no te la pueda decir, es como el secreto de Fátima para los católicos”… Berta me miraba arrobada y, después de acariciarme el corazón con sus manos, me confesó que quería ser mi chica. “Va…”, dije mientras retiraba su apéndice, convencido de que podía mejorar su propuesta, “yo solo soy un intermediario en la meditación de los hombres”…


Traigo a colación este anecdotario mientras el cielo matiza su luminosidad tras el estío y el estremecimiento que me asoma por el cuerpo y el alma presagia los rigores del invierno. Pronto llegarán el frío y las lluvias y todo parece indicar que el precio de la calefacción volverá a ponerse por las nubes. Ante tales amenazas, solo el ensueño sería capaz de sortear la realidad. Sí, siento vergüenza al confesarlo, esta es la triste fábula de una hormiga que, deslumbrada por la belleza del sol, se imaginó cigarra.

© Javier Figuero

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Foto: © teomoreno.com

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