CÁLCULO INFINITESIMAL

A la búsqueda de determinada referencia en mi biblioteca más elemental, di esta misma mañana con una edición deliciosamente encuadernada de la Monadologia de G. W. Leibniz, de la que cayó al suelo un sobre azul a mi nombre, cuya remitente no fui capaz de reconocer, quizá porque había sido franqueado décadas atrás. “Amado mío”, leí en la tarjeta, “no imagino otra felicidad que la de pasar mi vida a tu lado. Cada alma tiene una materia propia asignada para siempre o, dicho con otras palabras, existe algún viviente destinado a completar la mía. Tengo la certeza de que ese ser eres tú y que nos encontraremos a su debido tiempo porque, en palabras del maestro Leibniz, también los cuerpos están en flujo perpetuo, como los ríos”… Miré y remiré el sobre, sellado en Hannover y con membrete de su biblioteca universitaria, donde el matemático y filósofo citado acabara precisamente su vida activa en los balbuceos del siglo XVIII.


Yo nunca había estado en Hannover, capital del estado federado de la Baja Sajonia alemana, pero también es verdad que no había estado en lugar donde una mujer me valorara de tal modo. El nombre de la remitente figuraba en lugar oportuno y, al cabo de varios días de pasearlo por mi cerebro, llegó a imponerse, al punto que se hacía imprescindible ponerle cara. Por entonces había conocido yo a una tedesca, empeñada en abrir en España un mercado sólido para el chucrut de su país y que correspondió con el suyo a algún pequeño favor que le hiciera yo para facilitarle la labor. Tras conseguir hablar con la comunicante, todavía ligada al centro del saber en Hannover, me comunicó que esta se hacía responsable de cada una de las palabras, pues, entre los miles de millones de hombres que pueblan la tierra, mi nombre había sido decidido mediante minuciosa aplicación del cálculo infinitesimal descubierto por Leibniz, uno de los grandes logros de la humanidad, pues hasta la teoría de la relatividad general de Einstein se expresa en su lenguaje. Su cuerpo y el mío, parece que anunció la funcionaria, se encontrarán muy pronto “porque están en un flujo perpetuo como los ríos”.


Para entonces, mi vida sentimental era un asco y no dudé en viajar a Hannover, donde pude comprobar que mi río era de amplio caudal. Se llamaba Angela, tenía ojos güeros color mostaza, una anatomía poderosa y aparentaba los años en que a uno le regalan un reloj por la jubilación. Le pregunté: “¿Cómo llegó la carta a mi biblioteca?”. “Nos conocimos en Ibiza hace varias décadas”, me recordó, “Aquella noche estábamos fumados y nuestros sexos no funcionaron, pero supe que eras el hombre de mi vida. Antes de abandonar la habitación, introduje la carta entre las páginas del libro y lo deposité en tu bolsa de viaje”… “Te parecerá contradictorio”, aclaró todavía, “pero las contradicciones solo son incomprensibles dentro del sistema racionalista de Descartes que, por desgracia, vuelve a ser la creencia firme de la época. Las paradojas tienen solución en el examen de probabilidades facilitado por el cálculo”… “No, si bien pensado”, admití yo… Abrazada a mi cuello me dijo que esa misma noche tendríamos una nueva experiencia y que resultaría infalible: “Ten presente”, matizó, “que el cálculo se utiliza asimismo en medicina para encontrar el ángulo de ramificación óptimo del vaso sanguíneo, a fin de maximizar el flujo”… “¡Caray!”, dije yo…


Fue una noche inolvidable. Corregido por el cálculo, mi vaso sanguíneo me dejó el prestigio en lo más alto. Vamos, no se trata de alardear, pero les aseguro que, cuando cruce aquel río, fui al hotel donde descansaba mi amiga, la representante del chucrut que me acompañara a Hannover a resolver mi urgencia. Allí nadé en el suyo como si tal cosa y me quedaron fuerzas para prometerle una gestión personal en una cadena de supermercados de Madrid que habrían de servirle luego en su empeño. Matemáticas y Filosofía son ciencias difíciles, pero yo abogo por el aumento de sus horas lectivas desde los primeros niveles de enseñanza. La verdad es que, si cuento esta historia, no es por presumir, sino para devolver las Matemáticas y la Filosofía al lugar que merecen.

© Javier Figuero

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Foto: © Adán Pucel

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