LA SOLUCIÓN DEL MUNDO

El día de mi muerte fue una fecha anodina en el calendario del mundo: ni un solo acto terrorista ni un partido de futbol importante ni la desaparición de un cantante de prestigio en el universo del rock. No soy pretencioso, pero casi estoy por asegurar que lo más importante que sucedió entonces fue precisamente aquello. Y es que alcancé el final del camino tras surcar los cauces de la aventura, la grandeza y la belleza, meandros que concluyen en la epopeya. Verán: un tipo mal encarado miró a mi chica en la calle de manera provocativa y, cuando yo le pedí explicación, me pegó una hostia que me dejó sentado en el suelo, además de una enorme herida longitudinal a la derecha del rostro, abierta por esa sortija de calavera que suelen llevar hoy día los de su condición; de las comisuras de los labios al ojo correspondiente. Y la cosa pudo ser aún más grave porque, hasta que la septicemia invadió el desgarramiento y me incineraron, habrían de contarse al menos un par de semanas. Tuve así tiempo de declarar ante el juez del turno rápido y hacer una sesión fotográfica con una profesional atenta de la cámara que veía en el trazado de mi cicatriz y las tonalidades de la piel adyacentes una hermosa metáfora de los tiempos convulsos que nos tocaba vivir. En la declaración ante Su Señoría quité importancia a los hechos. Y es que mi chica se había enrollado con el atacante, convencida de que ahí había “un hombre de verdad” y yo no quería ser un obstáculo para su felicidad. El representante de la Justicia no pudo por menos de reconocer mi “grandeza”, y así lo expresó. La muerte me llegó cuando acababa de recibir la publicación que recogía en portada el trabajo de aquella profesional atenta. El pie de foto destacaba “la belleza herida” de mi rostro, “alegoría de los tiempos convulsos que nos tocaba vivir”; bueno, a mí ya no.


El día de mi muerte nos juntamos ante el crematorio mi ex chica, mi atacante, el juez, la fotógrafo atenta y yo de cuerpo presente. De no haber estado el representante de la Justicia, quizá todo hubiera sido más fácil, pero este no iba a permitir situaciones contra natura, aunque yo sentía un dolor parecido como perjudicado que era. Mientras entraba en el horno crematorio les vi partir por el camino de la felicidad. Formaban dos buenas parejas. Me emocioné, esa es la verdad. Yo les importaba una higa, pero comprendí que la solución del mundo era el amor.


© Javier Figuero

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Foto: © Adrian Markis

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