POKER

08.11.2017

García dudaba en responder a la apuesta de Bassols, que Williams había cubierto, pero quizá solo era una estrategia. La que quedaba en la mesa había sido fuerte, quinientos dólares de apertura; la partida parecía estar en ese punto en que el carácter de los jugadores pudiera marcar su resolución definitiva. Recreándose en el movimiento de sus manos, García dejó finalmente lo establecido en el centro de la mesa y replicó con otros mil, que Bassols elevó enseguida a cinco mil. Williams cerró el envite con menos entusiasmo.

 

García repartió cartas: una para Bassols, tres a Williams y las mismas para él. Bassols bebió de su cava con parsimonia antes de llevar diez mil al monto y Williams igualó sin más, mientras que García elevó a cien mil sin dilación.

 

Aquello eran palabras mayores, pero no las mayores que iban a escucharse en el lance. Las siguientes de Bassols sonaron como un latigazo cuando anunció que iba a su resto de quinientos mil dólares, que Williams cubrió tras pegarse un lingotazo de whisky, con lo que las miradas se centraron de nuevo en García.

 

Pasaron varios segundos que los contrincantes contaron en horas y, tras depositar el dinero donde debía, este dijo sin levantar la mirada del tapete: “Eres un hijo de puta”… Sabiéndose aludido, Bassols respondió: “Fascista de mierda”… A lo que el primero replicó tras beber de su copa de vino tinto: “Nazi asesino”… Y el imprecado le anunció: “Ayer me folle a tu mujer”… Hubo otros intercambios dialécticos, que, en el papel de cronista, me avergüenzo de relatar, hasta que, para mi sorpresa, ambos combatientes desenfundaron sus pistolas al tiempo y la escena se llenó de olor a pólvora.

 

Sobre la mesa de juego manaba la sangre del agujero que lucía la cabeza de Bassols. Al descubierto por el rigor mortis, sus cartas mostraban una escalera  de picas al As. A su lado, la silla de García estaba ocupada ahora por su cadáver, mientras la ropa que lo cubría se iba tiñendo de rojo con la sangre que evacuaba alguna vena del cuello, la carótida probablemente. Las cartas habían caído poco antes sobre la mesa enseñando una escalera de diamantes al As.

 

Williams se abanicó con las suyas delante de su nariz para tratar de eludir aquel desagradable olor a chamusquina y muerte, cogió con ambas manos el dinero de la apuesta y dejó sus cartas sobre el tapete. No se tienen noticias de que una pareja de sietes fuera nunca tan rentable en la larga historia del poker.

 

© Javier Figuero

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Foto: © teomoreno.com

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