CUENTO DE NAVIDAD

12.12.2017

Acalorado por la intensidad en la entrega al trabajo bien hecho, regresaba esa noche de eso cuando sentí la necesidad de solazarme en un local que creí cualquiera, pues vivo la vocación sin merma, y eso cansa. Y es que soy “muy intenso”, como me dice una amiga, asaz perspicaz... Pero conviene sincerarse ya: milito en un comando anticlerical que, amparado en la nocturnidad y la alevosía, hace pintadas en los templos por la estatalización de los bienes de la Iglesia y contra los privilegios del clero, que ya está bien lo de vivir del cuento; y sé de lo que hablo, pues no renuncio a lograrlo yo mismo, como se deduce de mi insistencia en contarles historietas.

 

Sé que esta confesión pudiera desarrollar animadversión contra mí en personas de conductas lineales, pero estoy harto de caminar entre semáforos que me indican las vías de paso y las prohibidas… En fin, la digresión nada reparará en el lector; por tanto, persisto en el relato.

 

… Entré en aquel local a solazarme, ya digo, y, aunque faltaban fechas para la Navidad, encontré el local engalanado con farolillos y serpentinas; a la derecha, unas figurillas de barro dispuestas sin pretensiones lo aprecié como Nacimiento, pues contenía el caganer de un político catalán. Me asusté, no lo voy a negar… Al frente, sobre una tarima, una pancarta con letras coloreadas saludaba el acontecimiento por venir y  los presentes comían gachas y bebían vino de Canaán. De entre ellos surgió una joven lozana que parecía preñada, por lo que me acojoné cuando se dirigió hacia mí, no son tiempos para fiarse de revelaciones.

 

“¡San José!, exclamó sin embargo arrobada… “Sí, tu eres San José”, insistió ante el escaparate de incredulidad con que yo le retaba a la cordura… “Desvarías, joven”, dije, mas lo tenía muy claro… Ella sería la virgen María en el auto sacramental que se preparaba y nadie como yo daría en el papel aludido. En mi ignorancia, me había metido en la sede de una asociación católica, aunque reconozco que se estaba calentito… “Pero si yo milito en un comando anticlerical que, amparado en la nocturnidad y la alevosía, hace pintadas en los templos por la estatalización de los bienes de la Iglesia y contra los privilegios del clero, que ya está bien lo de vivir del cuento”, dije sin respirar, por cierto sin ningún éxito.

 

Virgen o no, soy incapaz de negarle nada a una mujer. Secundo sus iniciativas sin condiciones, por más que eso pueda llevarme a eludir responsabilidades posteriores, no todas son siempre como Dios manda y tampoco yo soy siempre lo que parezco. Al respecto, y a punto de dar por terminada la narración, me cuestiono si he hablado aquí de mí o, por el contrario, lo he hecho de mí. No es fácil dilucidar, no crean… Para ustedes, lectores, todo será más simple y, en sus comentarios, pontificarán del personaje, sin que yo llegue a saber si se refieren a mí o a mí. Todos tenemos el derecho a calificar a los demás y hasta los más atrevidos lo ejercemos con nosotros mismos. Hagan pues lo que tengan que hacer, pero, por si les faltan claves, les diré que bordé el papel en el Auto. “A la altura de Victor Mature en La Túnica Sagrada o de Robert Taylor en ¿Quo Vadis?”, dijo un entendido entre los asistentes, ya les he dicho que soy “muy intenso”, como dice mi amiga, asaz perspicaz... Reconozco que mi personalidad es dudosa, ahora esto, luego aquello. Pero lo hice por devoción. A las mujeres, claro… Ahora entiendo mejor a San José, espero que los compañeros del comando anticlerical no me lo tomen en cuenta.

 

Por cierto, fue niño. La joven lozana dice que tiene mi misma cara. No sé…

 

© Javier Figuero

 

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Foto: © del autor

 

 

 

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