EL SUEÑO DE LA RANA

Si bien todo es interpretable, entiendo que la razón del éxito de mi web paseosprecavidos.com radica en que abordo ahí los itinerarios aconsejados a los followers con precaución y modestia. Lejos de lanzarlos a aventuras absurdas, les pido que fijen en todo momento los puntos de referencia para desandar lo andado cuando convenga o se haga necesario. Ejercicio sí, pero con cautela. Las personas atractivas y con posibles estamos permanentemente expuestas a la concupiscencia y la codicia de los otros y, tenerlo presente, es la mejor manera de evitarlas. Insto, además, a desconfiar de añagazas tendidas en el camino para sublimar nuestro ego, pues todos sabemos lo que nos es apropiado y lo que nos excede.


Mas confieso que aquella mañana estaba yo harto hasta de mis propios consejos. Cuando menos lo esperaba, divisé el rayo equívoco de la primavera y me dejé ir tras él como un locuelo atolondrado. Lo seguí, lo seguí sin prestar atención a los referentes, como si nunca tuviera que desandar lo andado, como si ignorara la concupiscencia animal de algunas mujeres que, en el camino, pudieran incomodarme con sus insinuaciones. Era tal el deslumbramiento que tardé en apreciar la nueva realidad en que se adentraba el camino, recubierto ahora de alfombra de flores con franjas rojas, amarillas y rojas y una señalización que remitía a palacios financiados con nuestro esfuerzo, pero ocultos siempre bajo la bruma de los telediarios. Ojo avizor ante el cambio que se presagiaba y, en medio de un paraje verde y fresco por la existencia inmediata de una lagunilla, me pareció vislumbrar de lejos una rana despatarrada en la hierba, figurilla caprichosa, propia de la estación en que nos adentrábamos.


Incapaz de premeditar consecuencias, me fui acercando a ella, de modo que pronto estuve en condiciones de burlarme de la engañosa visión que sufriera. La figurilla era una mujer bellísima que permanecía acurrucada y dormida sobre el césped y, como el desgaire de la posición dejaba concluirlo, diré que contaba con unos atributos físicos que no describiré por no compartirlos, extraordinarios. Si diré que, arrobado por la composición o, simplemente, porque me entró la confusión de ser quien no era, aproxime mis labios a la mejilla que quedaba más a mano entre las suyas, donde deposité un ósculo de sutil elegancia que le hizo abrir los ojos entre nacarada sonrisa de satisfacción… Pero que, de pronto, se transformó en una mueca horrible que vino a justificar con esta imprecación harto confusa: “¡Gilipollas!.. Pero, ¿quién coño es usted?”… “Por favor, joven, moderación”, pedí. Para agregar enseguida: “Estaba obligado a besarla, todo el mundo sabe que estos cuentos no pueden tener otro final… ¡Lo malo de ustedes los jóvenes es que no leen lo suficiente!”…


Y así, entre la sinfonía de sonidos naturales que inundaba el ambiente, empezaron a significarse las notas del himno oportuno cada vez más diáfano. Con la mirada puesta en el camino, la muchacha y yo vimos allí una comitiva que se movía al ritmo renqueante de la dignidad emérita. A ella se le nublaron los ojos de lágrimas. Estaba bellísima: “Lo tenía todo pensado”, dijo. “¡Qué importa la edad!.. ¡Su beso hubiera hecho de mí una princesa!”, agregó mientras, ya en pie, estiraba su falda recogida y abrochaba los botones de su blusa, todo sin dejar de mirar a la comitiva. “¡Siempre deseé cazar elefantes¡”, lamentó todavía…


Sugerí que le vendría bien una coca-cola para subir el ánimo, pero me mandó a hacer puñetas. ¡Mujeres!..

© Javier Figuero

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Foto: © teomoreno.com

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