¿ORDEÑÁIS ALTEZA?

En cierta ocasión entrevisté para El País a Irene, hermana de la reina Sofía, a quien se acaba de conceder la nacionalidad española “por carta de naturaleza”, razón denunciada por quienes lo consideran privilegio. Por entonces se movía por Europa buscando vacas y, ya con ellas, por Madrás, en La India, para entregarlas en cooperativas de desarraigados. Princesa con educación de princesa, había estudiado antropología, música, filosofía y religiones comparadas, pero, si bien en el curso de nuestra conversación se desvió algo del objetivo, lo que quería aquel día era hablar de vacas. Fundadora y presidenta de la Fundación Mundo en Armonía, organización filantrópica, aprovechaba que las cuotas lecheras de la Unión Europea anunciaban en la época el sacrificio de muchas cabezas de ganado, con las que soñaba paliar desarreglos en otros países y el de los drogadictos marginales en España. Sin particular contacto, yo la había conocido años antes en el mismo Madrás y, como el pasado es un grado, me atreví, como colofón del encuentro profesional en Madrid, a formularle la pregunta que podría cambiar la percepción de la realeza para siempre: “¿Ordeñáis, alteza?”. Y ella me dijo con la inocencia de una princesa con educación de princesa: “No. Lo intenté una vez de pequeña y no salía nada. Ordeñar es un arte. Sencillamente, no sé hacerlo, aunque me gustaría” (El País Dominical, 3/4/1988).


Soltera y sin hijos, Irene pasa de antiguo largas temporadas en España dando compañía a la reina emérita Sofía, porque el rey correspondiente tiene las suyas propias y no le importa enseñarse con amigos o amiga, bien sea en la Costa Azul, en Irlanda, en un restaurante de exquisito yantar (las vacas las prefiere él en entrecot), en cosos taurinos o en la cubierta de un barco deportivo, aunque sea lo menos deportivo del conjunto. Parca en apariencia, Sofía hace vida institucional y de abuela y se engatusa con la música culta y sus ambientes, a veces en la Barcelona levantisca, donde el exclusivo club privado del Círculo del Liceo, en que hace poco se pedía libertad para los presos del independentismo, la homenajeó con Medalla de Oro; galardón que recibieron antes Montserrat Caballé, Plácido Domingo o Vargas Llosa, wagneriano confeso, lo que no consta sea la emérita y que, posiblemente, fuera su desaparecida madre, la reina Federica de Grecia, princesa de Hannover, antigua militante de las Juventudes Hitlerianas, que, con música de Wagner, parecieron nibelungas.


Republicano como soy, valoro en el guirigay de la familia real española el papel discreto de Sofía, siempre que lo sea. No lo fue antaño en conversaciones con la periodista Pilar Urbano, pero, advertida de que había mostrado la patita, supo retornar a su papel autista, que es lo que mejor hace la realeza. Toquen otros la música que ella aplaude y, para dar el cante, ya está el marido, siempre tras un sarao en el lugar que sea. ¡Hay que joderse, vaya último verano que se pasó el tío! O el yerno, “el Urdanga”, que campa por las calles del mundo como si fuera bueno, aunque los jueces dijeron que no lo es, pero no lo dijeron tan alto como para impedírselo. En esta red le dediqué “El soneto del duque empalmado”, todavía en mi muro y en mi web, una tarde en que me puse los quevedos en la nariz y “miré los muros de la patria mía”.


Más complicado que los eméritos lo tiene su hijo Felipe, imprecado en Cataluña por los plebeyos antisistema que le llenan las fotografías de chamusquina, como las de su esposa Letizia, con quien coincidí en Televisión Española cuando pasaba por republicana, condición que bien podría ser salvoconducto ante los insurgentes, pero que, en todo caso, lo sigue pareciendo cuando muestra en público su desafecto con los mayores del marido, como ha hecho recientemente en El Escorial en un acto de homenaje al abuelo de este. La patita de Letizia es alargada y algún familiar político así lo ha significado.


Con medio siglo de exilio de Grecia a sus espaldas, la tita Irene, española ahora, puede ser un consuelo para los matrimonios regios, eméritos o no, cuando haya que consolarse. Se dice de ella que es budista y, conmigo, en la ocasión contada, hizo gala de templanza. En la entrevista de marras, recordaba yo con esta noble, siempre griega, de tan amplios mundos como Alejandro Magno, que la iconografía hindú enseña a las princesas rodeadas de flores, de lianas, de mariposas, de animalillos varios… La recurrencia nos sirvió incluso en nuestra lejana charla para las descripciones físicas: por la forma, el rostro es huevo de gallina u hoja de betel; el ojo es mirlo o pez; el torso es hocico de vaca y los hombros y brazos forman la testuz del elefante…


¿Elefante?.. Bueno, ese animal ya es como de la familia.

© Javier Figuero

facebook.com/javier.figuero.autor/

Foto: © teomoreno.com

facebook.com/teodosio.moreno.fotografo/

Posts Destacados
Posts Recientes
Busqueda por título
Sígueme en
  • Facebook Classic
  • Twitter Classic
  • Facebook Classic
  • Twitter Classic

¡SÍGUEME! 

© 2023 por Samanta Jones. Creado coh Wix.com