LA GÓNDOLA LÚGUBRE

En Venecia acostumbro a instalarme en la Academia, pequeño hotel en el barrio del mismo nombre. Ambos representan para mí la intimidad de la ciudad, apenas sospechada por los turistas trashumantes entre Rialto y San Marcos. Con el crepúsculo definido y hasta bien avanzada la noche, me gusta pasear a mi albedrío por el dédalo de calles solitarias que rodean el inmueble y por las que me pierdo invariablemente, toda vez que carezco del sentido de orientación, defecto que me valoro con indulgencia, pues, más que pesares, deja en mi memoria un anecdotario divertido y hasta gratificante, referencia también de las experiencias vividas en lugares del mundo por los que discurrió mi existencia.


Con los pasos al albur, aquella caminata la terminé a medianoche, pero en el pequeño y elegante bar del hotel el barman no tuvo inconveniente en prepararme un monkey gland, coctel que en su día prometió una eterna juventud sexual a sus consumidores, elección que decidí para mejor homenajear a Marjatta, mi compañera, que había preferido quedarse en la habitación ordenando nuestras notas sobre la muerte de Wagner en Venecia, encargo de la revista Opera World que nos traía ahora a la capital de la región véneta. Nadie me discutirá que Venecia es una ciudad para amar y, si alguien lo intentara, le retiraría la palabra de inmediato. En estas elucubraciones me ocupaba cuando en la sala entró una joven bellísima con elegante traje negro y pelo largo y rubio que parecía de humo y que quizá lo era. Instalada en la barra, a corta distancia de mí, con el barman dispuesto a atenderla, me atreví a sugerirle que eligiera mi bebida, lo que aceptó con una sonrisa. Al corriente de mi mala orientación, Marjatta me obsequió con la suya cuando irrumpí en la habitación en el momento en que pedía por teléfono el desayuno y tuvo el detalle de agregar a la solicitud el que me correspondía.


En el Teatro de la Fenice mi compañera y yo asistimos en la velada inmediata a la representación de “El Holandés errante”, esa opera en que Wagner, traumado por la infidelidad de Minna, su primera esposa, introduce al siniestro personaje de negro que aparece cada siete años en algún puerto para tratar de liberar su triste y eterno vagar mediante la rigurosa fidelidad de una mujer, que nunca encontrará. El éxito de la representación obligó a la orquesta a despedir al público con los compases de “La góndola lúgubre”, la última composición del maestro alemán, inspirada en el traslado de los restos mortales por los canales de los antiguos venecianos ilustres.


Imbuidos por la teatralidad del acto, nunca ajena a las creaciones del genio de Bayreuth, Marjatta y yo buscamos a la salida del templo operístico el Gran Canal en nuestro inmediato paseo, para detenernos frente al palacio Vendramin, cuya primera planta fue en vida su última morada. Responsable hasta la extenuación, mi compañera tomaba notas para nuestro trabajo en la revista Opera World y, en algún momento, volví yo la vista hacia las aguas, donde transitaban góndolas ocupadas por parejas, que no era aventurado imaginar de enamorados. Y también la vi a ella… Sola, errante, en una barcaza rigurosamente negra, la bellísima mujer que la noche anterior conocí en la Academia. Su larga cabellera rubia resplandecía sobre la elegante vestimenta negra que cubría su cuerpo y que, al pasar delante de mí, comprobé finalmente que era de humo.


Esa noche Marjatta me pidió que hiciéramos el amor, pero yo sentí una imperiosa necesidad de pasear por el dédalo de calles que rodea el hotel y, cuando volví a la habitación, dormía plácidamente.

© Javier Figuero

facebook.com/javier.figuero.autor/

Retoque sobre foto de Pexels: © teomoreno.com

facebook.com/teodosio.moreno.fotografo/

Posts Destacados
Posts Recientes
Busqueda por título
Sígueme en
  • Facebook Classic
  • Twitter Classic
  • Facebook Classic
  • Twitter Classic

¡SÍGUEME! 

© 2023 por Samanta Jones. Creado coh Wix.com