DE LA SEDUCCIÓN

No me cansaré de resaltar la importancia de los buenos maestros para la formación de las gentes. No nacemos enseñados y, en la sociedad despersonalizada de hoy, se necesita la voz de la experiencia, de ahí que la inversión en el cuidado de los mayores sea un cheque contra rembolso e interés elevado para el bienestar de la ciudadanía. Pero no, no pienso en Adam Smith; en realidad, me estoy acordando del denostado Woody Allen. En fin, no diré que era un crio cuando vi “Manhattan” por primera vez, pero sí que seguía teniendo problemas para organizar el tiempo de intimidad con las mujeres. Ir al cine, a la discoteca o a comer un besugo a la espalda parecía el camino lógico para llegar a seducir a la pareja ocasional, pero el riesgo de convertir el trayecto en una inquietud que entorpeciera el final idealizado era algo más que una probabilidad. Recuerdo sin embargo al enclenque cineasta proponiéndole a la jovencísima y rotunda Mariel Hemingway en su primera cita la más lúcida solución al conflicto que escuchara jamás: “¿Por qué no nos besamos primero apasionadamente en mi apartamento y, ya relajados, nos vamos a cenar (o algo así, la literalidad nada agregaría)?”. Espabilado como soy, me di cuenta de la importancia de la propuesta; un torpedo contra la forma clásica de seducción. ¿Torpedo?.. ¡La verdad, pasado el tiempo, ya no sé cómo llamarlo!


No tuve que hacer un gran esfuerzo para convencer a Shara de mi plan; con Adam Smith lo hubiera tenido peor, pero, pese a su juventud, Allen también era una autoridad para ella. Mujer joven y agraciada (no iba a ser yo menos que el enclenque) me había abordado un par de días antes en una cafetería, atraída, dijo, por mi atractivo, y hablaba el castellano con un ligero acento del Este europeo, valor añadido de lo exótico. Con todo, lo importante es que, llegado el momento, se me entregó con fruición, actitud que aprecio una barbaridad en la mujer que se me entrega. Pero, como “no todo va a ser follar”, que cantase mi desaparecido amigo Javier Krahe, cuando creí concluido el capítulo, le propuse una cena en cierto restaurante discreto y de refinada oferta gastronómica. Se negó en redondo, la canción y el cantante no figuraban en su repertorio. Tampoco le interesaba el cine ni las discotecas. La pobre, no quería que malgastara mi dinero y había traído unos hojaldres hechos por su mamá.


Los hojaldres estaban cojonudos, con perdón, pero cualquier otro adjetivo no les haría honor. Seguimos en la cama más tiempo del que cabía predecir. Con mucho menos hubiera comprobado que, además de joven y agraciada, aquella mujer estaba animada de un furor uterino inaplazable. Para defenderme de ello, intenté hablar de temas de actualidad, de los hackers rusos, de los sistemas políticos populistas, tan en boga; no hubo manera, para entonces parecía abstraída y miraba con frecuencia su reloj. Era media noche cuando me dijo enigmática mientras mimaba mi sexo: “Este trabajo tiene momentos muy gratificantes”. Acto seguido se oyó un gran estruendo en la casa y aparecieron ante nosotros cuatro tipos con medias en las caras y pistolas en las manos. Comprendí que, en aquel estado de laxitud, eran muchos para mí, otra cosa es que hubieran sido tres. Ella me preguntó por el lugar en que guardaba las joyas, las acciones de las petroleras, esas cosas que todos ponemos a buen recaudo. Al despedirse me dijo que, si alguna vez iba por su país, en el Este de Europa, allí tenía una amiga.


En los últimos días he estado leyendo a Adam Smith, después del quebranto no podría recomponer mi economía sin una base doctrinal sólida. No me cansaré de resaltar la importancia de los buenos maestros para la formación de las gentes, pero, la verdad, hoy por hoy, Woody Allen me parece un cantamañanas, ya no llevo a una mujer a la cama sin previo periodo de conocimiento; no soy un animal sexual, soy un caballero con las necesidades propias de su sexo. Sí, sí… dos o tres años de relación como mínimo. Y con referencias.

© Javier Figuero

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Foto: © teomoreno.com

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