VIGILEMOS EL CIELO

Me resulta tremendamente tranquilizador la decisión que están adoptando determinados gobiernos para protegernos de las amenazas que vengan del espacio. Allí sitúan los creyentes a sus dioses y es urgente cortocircuitar sus designios con los que pasan por representantes de ellos en la Tierra. En términos bíblicos su corrupción es, como lo fue a lo largo de la Historia, la gran metáfora de Sodoma y Gomorra. Quizá les suene el pasaje a los soldados del Cristo. El escándalo de la pederastia en la Iglesia católica de Pensilvania, desvelado ahora, no hace de esta su burdel, un caso extremo, como intentará hacer creer Roma. Los casos de Chile, México, Boston, Australia, Irlanda, España por supuesto, y tantos otros, evidencian ya a las suyas como casas de lenocinio con voluntad de encubrimiento y sin ánimo de rectificación. El goteo de denuncias reciente en el estamento religioso profesionalizado muestra la realidad de una organización supranacional podrida que trafica con el supuesto mandato divino y la causa del más allá. No se trata de hacerse el listo, pero los nuevos casos de corrupción y amoralidad solo pueden sorprender a los ignorantes o a quienes anteponen sus credos (con todo derecho) al que conceden a los intermediarios con la divinidad. No es mi caso, nunca pensé que en el cielo estaba la respuesta a los problemas existenciales del hombre. Pero, la verdad, me tranquiliza que el Ejército español vaya a crear un centro para vigilar las amenazas que vengan del espacio. O que Estados Unidos anuncié la creación de una unidad especial de su Ejército para vigilarlo. Agnóstico, sí; pero, idiota, tampoco. Ya sabemos lo de las meigas.

Imagen: portada de “Si los curas y frailes supieran”. Javier Figuero. Editorial Espasa Calpe.

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