LAS GOLONDRINAS

Pese a lo anecdótico de nuestra relación inicial, Gisela nunca me olvidó. Y no dudo que fuera amor lo que le llevó a matrimoniar con Leandro, pero, para entonces, sabía bien que una parte de su ser se sentía ligada a mí y que, solo reconociéndome su dueño, podría ser definitivamente feliz. En fin, no soy de los que vocean sus méritos, es que ella me lo decía con regularidad desde el otro lado del teléfono, apenas iniciada la andadura marital: “Me quiere y yo le correspondo”, admitía. “Leandro me da todo lo que pudiera desear, pero nunca me recitará al oído, como hiciste tu aquella noche, eso de ‘Volverán las oscuras golondrinas…’. A veces pienso que tu voz habita mi cuerpo y que los deliciosos pajaritos revolotean mi interior al marchamo de tu voluntad”... Comprenderán si les digo que sus palabras me enternecían y que, tras transitar el auricular para alojarse en mis oídos, conformaban un nudo de cuidado en mi garganta, pese a lo cual acababa invariablemente la conversación dando continuidad a los versos de Gustavo Adolfo Bécquer que nos unieran: “… de tu balcón sus nidos a colgar / y otra vez con el ala a tus cristales…”. Entonces, mi interlocutora daba rienda suelta a la emoción y dejaba volar la imaginación para ser parte de la bandada protagonistas del poema.


Gisela y yo nos habíamos conocido cuando estaba comprometida con Leandro. De viaje él por razón de negocios, coincidimos con amigos comunes en la terraza de un bar una tarde avanzada de estío y me produjo una gratísima impresión. Sobre todo, desnuda. Antes de tal intimidad, ordené la aproximación con sutileza y, tras falsear que estaba sin coche, se ofreció a llevarme a casa. Fue una noche inolvidable, al cabo de la cual entoné los versos que quemaban mi garganta: “… jugando llamarán. / Pero aquellas que el vuelo refrenaban/ tu hermosura y mi dicha a contemplar…”. “Sabrás”, agregué al despedirla, “que la golondrina solo tiene una pareja a lo largo de su existencia. Es símbolo de fidelidad”. No contestó, pero pareció afectada por la precisión.


Reitero que Gisela quería a Leandro; es más, le admiraba también, y no era para menos. Desde el garaje de su casa familiar, había conseguido crear de joven una startup, consolidada ahora en el mercado internacional y ejemplo de un modelo escalable que se estudiaba en Harvard University y otros centros del saber de alta capacidad empresarial. Eso le llevaba a viajar por las grandes capitales del mundo y a conectar con los que son algo en el mismo, pero no le impedía preocuparse por satisfacer los caprichos de la pareja, que le acompañaba en muchos de sus desplazamientos. Cualquier mujer hubiera envidiado la situación de Gisela al lado de aquel hombre excepcional y, cuando, en nuestros contactos telefónicos, tenía a bien contarme alguna de sus experiencias, avergonzado de mi condición de simple becado por Biología en el zoo de la Casa de Campo de Madrid, sección Ornitología, creía morir, consciente de que nunca la tendría, de que las golondrinas, “… aquellas que aprendieron nuestros nombres, / esas no volverán”…


Pecaba de pesimista. Una noche de estío, aniversario precisamente de aquella otra en que nos conocimos, Gisela me telefoneó para decirme que, incapaz de superar mi recuerdo, había decidido abandonar al marido, volver a mí, como hacen las golondrinas a sus espacios habituales tras el tiempo de aventura. Yo pensé que era un ataque de nostalgia al que se sobrepondría, pero, cuando me pidió con emoción incontrolada que le recitara esos versos que siempre fueron nuestros, supe que estaba hablando en serio. Leandro también debió de pensar lo mismo porque al día siguiente se disparó un tiro en la sien. Al lado del cadáver, la esposa encontró una carta en la que el suicida le pedía perdón por su baja formación poética; ocupado desde muy joven en consolidarse en el mundo empresarial, nada sabía de lo que daba alimento al espíritu. Aunque no llegaron a tener hijos, le legaba toda su fortuna. La noticia, me impresionó.


Para Gisela y para mí, como para esas legiones de románticos de ambos sexos que le idolatraron, la poesía de Bécquer fue argamasa de amor. Por supuesto, la casa en la que ella conviviera con Leandro me gustó una barbaridad y nunca eché en falta mi estudio del extrarradio con un baño a compartir con otros inquilinos. Contaba, claro, que no quería erradicar a mi enamorada de su ambiente, por más que ella se brindó a otras soluciones para evitarme “malos rollos”. Además, la vivienda tenía pista de tenis, unos hoyos de golf privados y piscina de agua climatizada, lo que me vino muy bien para cuidar las contracturas que en ocasiones perjudican mi espalda. A punto de cumplir, y para mayor compromiso con mi amada, renuncié a la beca en el zoo de la Casa de Campo de Madrid, sección Ornitología, sacrificio que ella palió con sus mimos. En justa correspondencia, y tras un periodo de reciclaje, afronté la dirección de la startup que en su día creara Leandro. Hubiera sido una locura arriesgar el patrimonio dejándola en manos de cualquiera.


Reconozco que Gisela me ha dado mucho, pero yo no dejo pasar un solo aniversario de nuestro primer encuentro sin recitarle esos versos que son parte ya de nuestra identidad: “… como yo te he querido, desengáñate, / así no te querrán”… Se lo digo siempre a los jóvenes cuando diserto en Harvard University sobre el modelo empresarial escalable. “Cada toro, tiene su lidia”, que comprenden muy bien los compatriotas que admiran a Hemingway, aunque, como nunca faltan en la audiencia los antitaurinos dispuestos a reventarle a uno la faena, compenso con la frase de William Shakespeare en el acto V del Ricardo III: “True hope is swift and files whit swallow’s wings” (La verdadera esperanza es veloz y vuela con alas de golondrinas). Sin unas ciertas nociones de Ornitología, estoy convencido de que Bécquer, Shakespeare y yo mismo no hubiéramos llegado donde llegamos.


© Javier Figuero

facebook.com/javier.figuero.autor/

Foto: © teomoreno.com

facebook.com/teodosio.moreno.fotografo/


Posts Destacados
Posts Recientes
Busqueda por título
Sígueme en
  • Facebook Classic
  • Twitter Classic
  • Facebook Classic
  • Twitter Classic

¡SÍGUEME! 

© 2023 por Samanta Jones. Creado coh Wix.com