HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO

No me fue fácil convivir con el secreto. Acorralado por las sospechas de los otros, muchas veces hube de morderme la lengua para no desvelarlo y doy por numerosas aquella en las que se me saltaron las lágrimas de impotencia, consciente de que la revelación hubiera modificado la percepción que se ha tenido de mí. Decisión meditada, de la que me enorgullezco, y también divertimento, no superado por los discursos de los esperpénticos políticos que ejercieron poder en el mundo a lo largo de mi vida o la lectura de textos sagrados, vehículos de historietas con que reí a pierna suelta, cualesquiera fueran ideología y credo bajo el que acontecieran. Sin pretensión de poder en la tierra y el cielo, feligrés de la libertad, la equidad y la naturaleza, displicente a las tentaciones del dinero, mi refugio ha venido siendo la aparente vulgaridad, el “perfil bajo”, que se dice ahora. Insólita actitud en nuestros días. Pero, como renegué, reniego del boato y de la púrpura. Soy un dechado de modestia y la sociedad egoísta de mi tiempo me importa una higa.


Como mis amigos y familiares, Paquita piensa, abreviando, que soy gilipollas y apuesto que, quienes aquí me siguen, abreviarán también: un pobre hombre que se mueve en el rebaño de su especie y al que no se echará de menos cuando desaparezca. Ella cree saberlo todo de mí y, si tras años de relación, me ha permitido seguir a su lado es porque me he venido ocupando de las tareas domésticas y de los niños y, si yo he aceptado seguir al suyo, es porque me ha permitido desaparecer de la escena cuando lo decidí, convencida de que me impulsaba un carácter antisocial y depresivo de imprevisibles consecuencias para mis próximos si se oponían a mi trasnochado discurso “progre y buenista”, como le gusta calificar con displicencia. Carezco de “reconocimiento social”, agrega entonces, enfatizando el drama de convertirse en ama de casa y con el diagnóstico que utiliza recurrentemente mi psicólogo argentino, pero intento hacerles entender a ambos que las determinaciones de las voluntades humanas son siempre contingentes y que honro mi libertad como exijo que se honre mi arbitrariedad. Freudiano, por supuesto, la explicación del profesional es que mi miedo a competir socialmente se explica por “el pavor adolescente a la masturbación” que, “en mi mente enferma, me hubiera acarreado la caída de los dientes y la laxitud de los músculos, obligado como estaba a utilizarlos para matar al padre”.


De mis doce molares, cinco en la actualidad son implantados y tengo cuatro más endodonciados y el resto con empastes de mayor o menor alcance. No quiero imaginar el mal que asolaría mi dentadura de haberme entregado en la adolescencia a mayor intimidad conmigo mismo. También me falla la cadera izquierda por acortamiento del cuadrado lumbar, tengo afonía crónica, colon irritable y halitosis, nada de lo cual es objetivamente concluyente, pero que a Paquita se le antoja suficiente para buscar sexo fuera de casa. Yo, ya, ni lo busco, no sea que lo encuentre y tenga que enseñar mis vergüenzas.


Pero hasta aquí hemos llegado, el negocio de vivir ha dejado de interesarme. Mis grandes causas vitales periclitan en la soberbia de los poderosos: la de los palestinos humillados o de los emigrantes del tercer mundo rechazados por el capitalismo opresor... ¡Esto no hay quien lo aguante! He pedido cita en Dignitad, cuyo servicio, tras el correspondiente barrido de ofertas, se me antoja insuperable. Instalado en la sede de Zurich en el día y hora convenidos y, a petición propia, comenzará a sonar El Vals Triste de Sibelius que me relaja una barbaridad, con lo que el líquido que me inyecten apenas encontrará en mi cuerpo resistencia para completar su efecto. Antes de todo eso, entregaré a un notario el sobre donde se desvelará el gran secreto que decidió mi existencia y que espero sepa respetar hasta que quede de cuerpo presente: Yo soy Banksy. Sí, como lo sabrán a su debido tiempo. Vivo todavía, me descojono de la risa… ¡se van a quedar de piedra!


Javier Figuero

Foto: © teomoreno.com

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