NARCOLEPSIA

Comprendo que ella no había pasado nunca por una experiencia así, pero hay actividades sociales inagotables, por mucho que practiques. En nuestro primer encuentro, caí dormido mientras hacía el amor con Marcela, pero no pasó mucho tiempo antes de que me despertaran sus gritos y me puse de muy mala leche, porque me cuesta salir forzado del sueño. Además, Marcela arañaba frenética mi cuerpo para entonces y, como yo nunca levantaría la mano a una mujer, estuve a punto de ponerme los pantalones y, si te he visto, no me acuerdo. Los tenía en la mano, cuando, trémula aún de placer, me dijo: "Me habían hablado del método zen, pero jamás hubiera imaginado esta delicia"… Sonreí con suficiencia, exonerado de explicaciones con su reflexión, y ella siguió mostrándome reconocimiento. "Pensé que los intelectuales no teníais recorrido, pero también en la cama se distingue al hombre instruido"…


La cosa funcionó en los diez o doce primeros encuentros, pero la escena se repetía en cada uno y no hay nada más aburrido que ver siempre la misma película. De considerarlas estrategia para el placer, Marcela se quejó de pronto de mis “evasiones”, término delicado en sí mismo, pero que me hizo sospechar. Sobre todo porque se sinceró en estos términos: "Estoy hasta los ovarios del amor zen"… Reconozco que tenía motivos; profesional responsable, yo asumía más y más trabajo cada día en la redacción de la agencia y llegaba rendido al tálamo. Pero, lejos de dejarme humillar, quise jugar la carta de la imaginación, esa que lleva al contrario a sospechar que carece del atributo. Después de un baño bien calentito, un día de nieve salimos a la terraza en pelotas sin pasar antes por la cama para evitar dormirme una vez más y me dispuse a golpearla con ramas de abedul, como si estuviéramos en una cabaña de los bosques de Finlandia, donde yo presumí de haber vivido experiencias inolvidables. Por desgracia, el primer zurriagazo le cayó en un ojo y me mando a hacer puñetas. Pudo ser el final de nuestra historia, pues todo parecía indicar que el golpe fue de los que duelen, y salí de su casa con el rabo entre las piernas.


El azar nos llevó a coincidir al cabo de un par de años, una tarde sin rastro de nieve en los alrededores. Ahora era feliz con su nueva pareja y no necesitaba fantasías al margen para disfrutar del sexo. Lo practicaba con regularidad y se consideraba satisfecha en su unión, pero, cuando se nos acabó el café con leche que compartíamos con los recuerdos, los dos admitimos que llevábamos una espina entre los mismos y que teníamos que sacarla. Por desgracia, tras intercambiar los primeros besos me quedé dormido en la cama y, cuando desperté, en el lugar que ocupara Marcela había sencillamente nadie.


Traté de localizarla por teléfono. Inútil, acabé dándola por perdida. Pero no la he olvidado. Como tampoco ella me ha olvidado a mí. En el primer aniversario de nuestro último encuentro recibí un paquete remitido con su nombre. Lo abrí ilusionado, era un osito de peluche, un teddy bear delicioso que ahora busco cada noche antes de ir a la cama o cuando pretendo hacer el amor con alguna mujer. Era evidente que todavía me quería.

© Javier Figuero

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Foto: © teomoreno.com

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