GATO

Cuando noté que el animal hacía las primeras marcas a lo que consideraba su territorio, dije: “Habrá que castrar al gato” … Pero Leandra, que amaba mucho a los animales y lo había traído a la casa recién nacido, mostró su desacuerdo. Sería “un crimen” y no estaba dispuesta a consentirlo.

En los días siguientes seguí quejándome del “olor infernal” que el minino provocaba en la vivienda y, aunque Leandra fregaba incansablemente con lejías y detergentes y rociaba ambientadores por todos los rincones, un imprevisible capricho de la bestia convertía en inútiles todos sus esfuerzos.

Mientras a ella se le escapa por las mejillas alguna que otra lágrima, una mañana empaqueté mis pertenencias y puse los bultos dentro del maletero del coche y partí hacia un apartamento que había alquilado poco antes por teléfono. Tumbado en la cama del que iba a ser mi nuevo hogar, lloré un buen rato, después de haber distribuido mis cosas por aquel espacio sin referencias. Enseguida me quedé dormido y, al despertarme de madrugada, miré por la ventana y sentí que la soledad formaba pacientemente un nudo en mi garganta que pronto me ahogaría. Entonces abrí de par en par las hojas y trepé hasta el tejado del edificio.

Encaramado allí, pasé maullando el resto de la noche, pero las gatas de la vecindad notaron que no era uno de los suyos y ninguna se dejó seducir por mis zalamerías.

© Javier Figuero

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