OTRA RAZÓN PARA SER UN CUENTISTA

Desde adolescente soñé figurar un día como autor en el Índice de Libros Prohibidos de la Iglesia Católica, por más que, al modo que me sucede, quizá lo reconoceréis como Index Librorum Prohibitorum; ¡otro caché! ... Y, si la amistad progresa con la confianza, desnudo aún más ahora ante vosotros mi yo onírico, sin que satanice por ello otras modalidades de exhibicionismo. Ya os conté hace días “Una razón por la que devine cuentista” (en este blog), pero no es la que desvelé la única que me llevó a interesarme por el género de la narrativa corta y a escribir mi ya reputadísimo libro, SI SUPIERAS LOS QUE HACÍA ENTONCES.


No es por presumir, pero yo descubrí a Boccaccio con la agitada inquietud que anuncia la adolescencia varonil y así supe que Florencia era en realidad mi origen, aunque los papeles pusieran que había nacido en Valladolid (con el tiempo, en mi corazón, ya no hay diferencia entre una ciudad y otra). Aquellas siete mujeres que salían allí de la iglesia de Santa María Novella en los balbuceos del Renacimiento y se marchaban con tres hombres al campo de Fiesole a contarse los cuentos mundanos del Decamerón para huir de la peste bubónica, conformaron una imagen tan poderosa que, en cada principio del otoño, sueño con repetirla, favorecido por la puntual epidemia de gripe que nos asalta. Crédulo como soy con la suerte, no os extrañará pues que, con el tiempo, decidiera pertrecharme del bagaje con que afrontar la posible contingencia, siempre descreído de que pudiera llegar a significar algo ante tanta mujer solo con recitarles los editoriales de El País, no siempre pensados para asuntos de amor. Pero, ahora sí… Ahora estoy en condiciones de pasearme con mi libro de cuentos SI SUPIERAS LO QUE HACÍA ENTONCES por el exterior de las iglesias de cualquier localidad en busca de feligresas, género preferido del maestro Boccaccio, aunque tampoco le hago ascos al de los campos de futbol o de los edificios oficiales de las administraciones, por más que se hayan llenado de profanas, a las que dudo que mi referente florentino hiciera ascos. Pura consecuencia, pues mis historias forman parte ya del patrimonio nacional (pronto internacional, me han pedido traducirlas al chino) y las gentes se las podrán contar los unos a los otros en los entornos que apetezcan, para gozar, también, como apetezcan.


No busco honores ni comisiones, no banalicéis mis ideales, los que apetecí quedaron superados con los años y la escritura es ya solo un acto de generosidad con que apunto a vuestro espíritu, tras las muchas riquezas materiales con que me compensara. Pero, respecto al sueño que anunciase en las primeras líneas de este documento, a veces pienso que tuve mala suerte. Tras cuatro siglos de persistencia y más de cuarenta ediciones, la Iglesia católica dejó en 1968 de actualizarlas, con lo que puedo haberme quedado para siempre fuera del Índice de Libros Prohibidos, por más que, al modo que me sucede, quizá lo reconoceréis como Index Librorum Prohibitorum; ¡otro caché! ... Junto al del gran Boccaccio, en sus páginas figuraron los nombres de Rabelais, Zola, Balzac, Hugo, Montaigne, Kant, Nietzsche, Gide, Sartre y tantos otros coleguillas con los que todavía me entiendo. Por supuesto, estas cosas están siempre sometidas a revisión y, por respeto a la actualidad, nunca hay que dar por muerto a Savonarola, al que cada vez votan más los españoles en las urnas. Tal vez os parezca un acto de soberbia, pero quiero creer que, si renaciera de sus cenizas, el dominico florentino se acordaría de mí. A él, como a vosotros, le/ os dejo aquí los datos apropiados, por si acaso. Nunca se saben las oscuras motivaciones de cada cual:

SI SUPIERAS LO QUE HACÍA ENTONCES / Javier Figuero / pedidos: editorialmaluma.com/producto/supieras-lo-hacia/

© Javier Figuero

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