AEROPUERTO PEDRO SÁNCHEZ

La mayoría de los españoles desconfía de la viabilidad de la nueva legislatura, lastrada de inicio por dos enormes escollos, el independentismo catalán y la extrema izquierda, que se coaligará con los socialistas en el gobierno de su líder Pedro Sánchez, a quien muchos compatriotas ven carnaza fácil para ambos dragones. Yo pienso contra esa mayoría y creo que “el guapo” dominará a las fieras.


Con una sesión de investidura bronca, como nunca hubo, se ha metido este en su jaula pertrechado con innegable arrojo y una dosis de relativismo en vena de caballo, pues “la patria se debe defender siempre con ignominia o con gloria”, que escribiera Maquiavelo en sus “Discursos sobre la primera década de Tito Livio”, y cada cual entienda a su riesgo el camino elegido por el líder. Sánchez podía haber optado por alinearse con los autonombrados “constitucionalistas”, la pertinaz “derecha” para otros, pero parece haber considerado que, contaminados por el extremismo de su signo, a su lado, el inevitable enfrentamiento con los dragones sería gasolina en sus lenguas de fuego y que la solución exige una doma individualizada de estos.


Coincido con la mayoría de los analistas políticos en que el Rubicón del proyecto Sánchez está en la aprobación de los Presupuestos y que, hasta entonces, tendrá que hacer gala de “finezza”, evitando al tiempo que las bestias le muerdan la mano de las caricias. Los podemitas, a los que metió en su abrazo hasta hacerles creer que lo suyo era “amor”, saben ya lo que duelen sus hostias: primero, tienen que meterse la lengua donde les quepa porque el aparato de la propaganda, quizá su mayor capital, ha quedado nacionalizado por el Estado y el Estado es Sánchez y, segundo, su líder, que se creyó el alter ego, solo será un cuartillo de lo secundario, un vicepresidente junto a otras tres colegas de distinción, sin duda más próximas a la confianza del Rey Sol.


El independentismo catalán es otra cuestión y sus representantes, que le facilitaron la investidura, son menos crédulos, sin duda que porque la gobernabilidad de España les importa “un comino” o sus casas están liberadas de hipotecas. Por eso, han forzado una mesa de negociación con inusual premura, donde exigirán logros claramente inconstitucionales que Sánchez no tendrá otro remedio que ceder “de palabra” para llegar a los Presupuestos, aunque, superados, la iniciativa será solo suya. Prueba de fuego, porque, si alguno de los previsibles se consuma (un referéndum ilegal) su carrera política acabaría sin remedio, sin que pueda yo aventurar el procedimiento. A mi entender, el único caramelo que le sea posible entregar finalmente será la amnistía de los presos del “procès”, medida por la que personalmente abogué desde la publicación de la sentencia y que hubiera ahorrado muchos sinsabores, entre otros el cuestionamiento de la justicia española en Europa. Ojalá sirva. Medida valiente, para algunos temeraria en el estado de crispación actual, que, no sin intención, me evoca la que decidió en su día el presidente Adolfo Suárez al legalizar al Partido Comunista de España.


Yo encuentro muchos paralelismos entre Sánchez y Suárez, los políticos más determinados a alcanzar el poder político en España desde la muerte de Franco. Conocí al segundo como periodista y le estudié mejor hasta dejar constancia de todo ello en el libro “UCD, la empresa que creó Adolfo Suárez” (Editorial Grijalbo, 1981). No es el momento de explayarme en recordar ciertas etapas de la lucha por ser y permanecer que dio sentido a su vida, pero no dudo en afirmar que los místicos no tenían mayor motivación en su camino a Dios. El beneficio de su Via Crucis para los españoles fue la democracia, y eso no es cuestionable. Sinceramente, espero que el ansia de poder de Sánchez deje beneficios en este país brutal y fatal y que su arriesgada gestión supere el tremendismo goyesco del garrote que amenaza el paisaje.


¿Qué importará entonces si Sánchez ha mentido a los electores para alcanzar su exigua mayoría parlamentaria? Sin ánimo de embarrar su figura, recuerdo al Suarez inmediatamente anterior a su sorpresiva designación como presidente del gobierno de España involucrado con José Antonio Girón de Velasco, cofre de las esencias del franquismo más ultra, en una de aquellas Asociaciones Políticas inventada por Carlos Arias Navarro para tratar de salvar la dictadura cuando ya estaba muerta. ¿Un falsario el tal Suárez, como piensan hoy ciertos españoles de Sánchez? No seré yo quien compre el argumento. Observador vocacional de la vida pública, estudioso en su día de esa ciencia en la universidad de la que provienen algunos de los formantes en el nuevo gobierno, vuelvo otra vez mi mirada hacia ese clásico ya citado que puso la suya en Tito Livio para decir que: “en las deliberaciones en que está en juego la salvación de la patria, no se debe guardar ninguna consideración a lo justo o lo injusto, lo piadoso o lo cruel, lo laudable o lo vergonzoso, sino que, dejando de lado cualquier otro respeto, se ha de seguir aquel camino que salve la vida de la patria y mantenga su libertad”. Pero si Maquiavelo es un clásico para los estudiosos de la Ciencia Política, la adjetivación de su nombre no tiene “buena prensa” y, por la volatilidad de sus promesas, hoy se habla de “sanchismo” como forma de “maquiavelismo”. Repito y alargo la cuestión: ¿Qué importaría si Sánchez ha mentido a los electores para alcanzar su exigua mayoría parlamentaria o si Suárez jugo a una cosa y a la contraria, si el tiempo les concediera razón? Y llego, una vez más, a Maquiavelo, alentado por la necesidad de alcanzar un Estado moderno en la Florencia de su tiempo, empeño que debe ser el de cualquier gobernante con relación a su país: “Desde hace un tiempo a esta parte, yo no digo nunca lo que creo, ni creo nunca lo que digo, y si se me escapa alguna verdad de vez en cuando, la escondo entre tantas mentiras, que es difícil reconocerla” (Carta al historiador florentino Francesco Guicciardini). ¿Cinismo, deshonestidad…? Responda cada cual.


Parece que Suárez era buen practicante en los juegos de envite y no me extrañaría que Sánchez sea también “un buen punto”. A mí me gusta el juego; se le ha sacado mucho partido literario. Ojalá gané este, como ganó el otro y algún día haya en España un aeropuerto llamado de Pedro Sánchez.

© Javier Figuero

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