LA PESTE

20.02.2020

Rechazada aún como pandemia por la OMS, el mal del coronavirus se extiende ya por numerosos países, lo que la define de tal modo en nuestro diccionario. No es la primera gran amenaza de este tipo en las últimas décadas y, lejos de ser un problema exclusivo de salud pública, no podrán obviarse sus efectos sociopolíticos. Herida China, la hegemonía bifronte del mundo puede perder una de sus cabezas, mientras una gran parte del mismo pagará las consecuencias en su economía. Al tiempo, en Occidente aumentan las discriminaciones de raza que, oficializándolas contra la amarilla (el caso de Rusia es paradigmático), acabarán por ampliar su gama de colores a otras asociadas con la pobreza, pues la pandemia lo es de siempre en el imaginario de los acomodados.

 

En los últimos días he vuelto a leer La Peste (Gallimard. Junio, 1947), de Camus, autor al que, en su día, dediqué un ensayo publicado en España y en Francia. Pese a su enorme éxito, no es una novela que me guste, quizá por mi falta de afición al género moral (salvo Moby Dick de Melville), pero me sigue interesando su metáfora. Provocada quizá por la última guerra civil española, por la mundial que la siguió; sin duda por el auge de las ideologías totalitarias en el escenario europeo, la peste es el gran enemigo de la humanidad, el peor de los males, el autoritarismo en todas sus formas, la humillación definitiva de la sociedad, la ausencia de libertad, la muerte de la civilización. Ciertos analistas vieron en La Peste “la irrupción de la fraternidad” en la literatura de Albert Camus, quien, años antes de publicar la novela había anunciado el gran mal en los Carnets: “El reino de las bestias ha comenzado”. Ahora, de las cloacas de Orán, la ciudad “sin alma”, salían “las ratas”. Sin embargo, tras declarar su odio a “la muerte y el mal”, el descreído Rieux, uno de los grandes héroes camusianos, anuncia al interlocutor que, “lo quiera o no, estamos juntos” para sufrir y combatir el mal que les afecta y el fatalismo de la historia es el mayor aglutinante en la acción conjunta de los personajes.

 

Crisis económicas, guerras, religiones asesinas, amenazas al ecosistema, sociedades excluyentes, egoísmos nacionales, pandemias, ideologías autoritarias, nacionalismos aldeanos…Nuestra realidad, no muy alejada de la que fue. Pero en la novela la situación concluye de manera feliz, lo que supone un mensaje de esperanza para los republicanos de dentro y fuera de España, si se escribió por ellos; de la Europa arrasada por las guerras, si fue por eso… Frente al nihilismo de El Extranjero, La Peste es un canto al compromiso con la colectividad, al respeto del hombre. Tras la rebelión contra el absurdo de la existencia, el ser humano descubre nuevas necesidades. Con independencia de ideologías, de credos, la debilidad de los hombres ante la desgracia les obliga a la respuesta colectiva. Literariamente yo prefiero aquella novela de Camus a esta, pero también la metáfora de esta a aquella. Veremos si de nuevo el hombre está en el absurdo, como parece, o en la solidaridad, como no parece.

 

© Javier Figuero

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