LA REPUTACIÓN DE MADRID

La reputación de las ciudades es asunto delicado: Las manchas que caen sobre ellas pueden quedar para siempre. Más que el centro de la cristiandad, Roma es para muchos la ciudad impía que arrasó Carlos V, la de los clérigos lascivos del Arcipreste de Talavera, la de los Papas priápicos que marchan en el cortejo de las Danzas de la Muerte. Kavafis hizo loables esfuerzos por perpetuar una Alejandría puritana que sufría en delicados versos, pero los admiramos sin creerlos, pues algún uso debía de tener aún en su tiempo los baños públicos y las casas de lenocinio que hicieron de ella faro de la sensualidad antigua. Paris no es necesariamente el lugar que valía una misa sino, también, la gran catin (puta) de Baudelaire, el espacio naturalista de la Nana de Zola. Antes de sentar la cabeza en Megan, también el príncipe Harry hizo lo que pudo por convertir Londres en un prostíbulo nazi digno de la cámara de Tinto Brass, pero nunca dejará de ser asimismo el aglomerado victoriano que enjuiciaba a los maricones antes de mandarlos a la cárcel de Reading.

“De Madrid al cielo”, ironizó con el eslogan en Twitter la eurodiputada fugada catalana Ponsati hace unos días, y soló ella y otros cuatro memos se descojonaron de la risa cuando la ciudad volvía a ser “la del dolor”. Diana favorita, de más a más en España, de la nueva peste, las cenizas de cientos de muertos vuelan desde aquí a no se dónde, mientras la cara de esa Tonta-sí se embarra con su propio hollín de malnacida. Hace unos años, el cardenal Rouco describió Madrid como la ciudad donde se “peca” masivamente; y yo le digo ahora que peca él y los ensotanados que dan crédito a palabras como esas al no pisar los hospitales rebosantes de enfermos para ayudar a los sanitarios, pues no sé qué misión más sagrada podría motivarlos. Lo sagrado asusta a algunos con su magnificencia, pero la completa desacralización nos produce a otros tiritonas.

Madrid es hoy un inmenso hospital de campaña, un gigante solitario donde todos los árboles se han vuelto cipreses y, cuando llueve, como en estos días pasados, sube todavía del mismísimo corazón del “paisaje velazqueño” un polvo de soledad donde cabalga el jinete del absentismo y de la fiebre, de las toses y de la muerte. La postal de Madrid es otra vez negra como la boina con que Baroja recorría las traseras vergonzantes de la iglesia de San Francisco para escribir La Busca, como la sotana de los jesuitas contra los que se paseó a hombros a Galdos.

El verbo apocalíptico que evoco de Rouco es de nuevo la risa de esa payasa trágica. Desde su nube de privilegio lanzan lenguas de fuego contra el Madrid que nos arde. Por ellos no quedaría ni el apuntador, pongan sus razones en el infierno o en el cielo. “Esto pasará”, dicen sin embargo los que se implican en la responsabilidad de salvarla, como en salvar otras ciudades afectadas por el mal. Quedará el apuntador, no hay duda, y hablará por el tiempo a los visitantes de estos tristes días en sus pertinaces recorridos.

© Javier Figuero

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Foto: © facebook.com/Teo.Moreno.fotografo/

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