ESE VIRUS ROMÁNTICO

Como el sueño de la razón produce monstruos, una buena parte del tiempo que antes de la cuarentena dedicaba a corromper el cuerpo entre vicios disolutos, ahora me da por emplearlo en pensar, lo que, si no fuese porque también la ha contraído Johnson o Torra, podría llegar a considerar un indicador de la enfermedad producida por el Covid-19. En estas, he llegado a la conclusión de que el mundo alumbra otra de imprevisibles consecuencias, una redición del Romanticismo, nada menos. Como lo oís. Quizá debería ser más cauto al comunicarlo, pero es lo que hay.

Construido en su primera expresión decimonónica sobre el antirracionalismo de Rousseau, la épica altruista de la poesía inglesa, el idealismo de los filósofos alemanes, el exotismo de lo externo y el despertar de los nacionalismos, el nuevo Romanticismo encuentra ahora sus pares: ¿hay algo más irracional que ese virus destructor del orden global, más altruista que la lucha entre EEUU y China por imponer su alumbradora hegemonía, más idealista que la de Greta Thunberg por salvarnos del cambio climático, más exótico que los grandes éxodos poblacionales, más esclarecedor que las manifestaciones catalanistas de Vic o de los valones de Ronse? Y, sin embargo, es en esos asuntos donde se viene redefiniendo todo en los últimos tiempos, sin que yo quiera ahora hablar de la moralidad de los mismos, me conformo con advertir.


En una Europa destroza por la experiencia napoleónica, la evocación idílica de la naturaleza del paraíso y del amor venial justificó muertes y suicidios y hoy sentimos de nuevo la sinfonía de las tinieblas y “el vértigo del aislamiento” de que habló el poeta Alfred de Vigni. Como este, los grandes artistas de su escuela quedaron ahí para ilustrarnos lo que nos toca, Chopin, Kleist, Leopardi, Puskhin, Espronceda, Byron, por más que nos coja pertrechados con el mensaje romántico de los ministros de Hacienda de la Europa del Norte, los eternos caudillos hispanos que se adueñan de Venezuela o Nicaragua o tientan la suerte de serlo, como en Chile, o el sacrificio de ese Putin dispuesto al sacrificio de gobernar de por vida en beneficio del pueblo ruso, tan soñador el pobre.


Apagamos las luces, como los primeros románticos hicieron rechazando la razón del XVIII. Si lo del coronavirus no es la “guerra”, como mantienen los optimistas, pocos negaran que recorre el terreno baldío de los valores de bienestar, solidaridad universal y respeto al medio ambiente que alumbró la II Guerra Mundial. Con un tercio de la población mundial confinada en su intimidad, en unos pocos días han bajado espectacularmente los macabros índices de contaminación que los dueños del mundo se pasaban cada día por la entrepierna. Entramos en el desconocido mundo de lo fantástico, porque la fantasía es inquietante cuando se hace real. Pero el sufrimiento que conlleva no será inútil. Al fin podremos suicidarnos en medio de una naturaleza pujante y acariciados por un aire tan limpio como nunca nosotros, mortales de la época más avanzada de la Historia, pudimos soñar.


Pues eso, que, parido el monstruo, como un romántico de los de verdad, voy a premiarme con una copa de absenta. O dos, qué coño, si así se tercia.

© Javier Figuero

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Foto: © facebook.com/Teo.Moreno.fotografo/

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