LA SOLEDAD DE UN PAÍS SIN FONDO

Por esas inexplicables razones que se fijan en nuestra memoria, recuerdo al defensa Roberto Carlos expresar ante los periodistas su desilusión por los hinchas que responsabilizaban a los jugadores de una crisis del Real Madrid, pues entendía llegado el momento de “hacer piña”, por utilizar el lenguaje ad hoc. “Estamos solos”, musitaba con gesto compungido. “Ya se lo he dicho a mis compañeros, estamos solos”. Tras lo cual, se alejaba en su potente coche por la triste carretera de la añoranza.


No será necesario con el tiempo un gran esfuerzo de memoria para apreciar que, una vez más, en la mayor crisis social del periodo democrático, España se ve hoy sola de solemnidad. La parte “repugnante” (acertado calificativo del jefe de gobierno de Portugal) y, por desgracia, decisiva de la Comunidad Europea a la que pertenecemos, entiende que los españoles pagamos de nuevo, con nuestra falta de medios para afrontar la tragedia originada por el coronavirus, la proclividad al vino y al cachondeo que nos enferma de siempre el ADN, y, a nuestra petición de ayuda, responde con un corte de mangas, nueva versión, que no menos cruel, de la hoguera que Calvino encendía por allí a los pecadores. Quizá una línea de crédito sin responsabilidad común, y a otra cosa. Por lo que a la OTAN refiere, apenas tres, entre 29 miembros de esa merienda de blancos que se reconoce como Alianza, ha mostrado disponibilidad a atender las peticiones de ayuda oficializadas por el gobierno de Madrid. Y ahí está EEUU, que mantiene una base naval en nuestro suelo, de largo convertido en un hangar más de su material nuclear, un día dispuesto a las mismas puertas de la capital.


Pero no es la soledad internacional algo que pueda sorprender a un país como España, al que, si dio algo a otros, se le escupe por lo que quitó, aunque los que los que lo hagan sean precisamente los descendientes de quienes lo quitaron. Con relativa fortuna, la han intentado interpretar conspicuos filósofos, mientras el único de entre ellos que pergeñó una teoría concluyente fue el filósofo Francisco Franco, que lo achacó a la “confabulación judeo-masónica”. Lo cierto es que la soledad puede causar todavía a España grandes trastornos de depresión o complejo de incapacidad para establecer relación con los otros. Y hasta podría ser entendida como una enfermedad contagiosa o una iluminación espiritual, que no es muy diferente, y cuya atención es el propio mundo. La soledad lleva a la ansiedad, que genera impresión de rechazo. Por eso, el Unamuno cabreado con el mundo que no nos entendía, dijo “¡Qué inventen ellos!” y el filósofo Francisco Franco, Caudillo de España gritó que “¡Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos!”. En línea no menos profunda desde el punto de la razón y la inteligencia, la extrema derecha responde ya a lo del norte de Europa o a lo de la OTAN pidiendo que se les mande “a tomar por el culo”, más o menos como Johnson con el brexit, pero en castellano; al pan, pan.


He estado buscando en Internet los posibles tratamientos a la soledad, pero la mayoría muestran su efectividad a corto plazo o son de difícil aplicación, como la psicoterapia, el ejercicio físico, la terapia de grupo o la administración de antidepresivos. Quizá la terapia asistida por animales me ha dado por un momento esperanzas. Bueno, hasta que he caído en la cuenta de que en eso llevamos siglos. Sin que nada cambie, sin embargo.

© Javier Figuero

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